Tras rubricar su derrota estratégica ante Irán con la amenaza de una “operación económica devastadora” contra ese país, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, resucitó la hostilidad hacia Canadá al imponer aranceles generalizados de 50 por ciento a las importaciones de su vecino del norte, luego de que fracasó su empeño por obtener ventajas excesivas en el comercio bilateral.
La respuesta del primer ministro Mark Carney no se hizo esperar: puso fin a las negociaciones y advirtió que su país “igualará los nuevos aranceles de Washington dólar por dólar, con el fin de proteger a los trabajadores, agricultores, familias y empresas canadienses”.
Asimismo, reveló que “a principios de esta semana creíamos que avanzábamos hacia un acuerdo mutuamente beneficioso”, pero que a última hora “el equipo estadunidense propuso nuevas condiciones económicamente inviables e injustas” e intentó restringir “nuestra capacidad de firmar nuevos acuerdos comerciales”.
Ambas partes emplean ya abiertamente la expresión “guerra comercial” y en su más reciente réplica, el gobierno de Trump amagó ayer, por boca de su secretario de Transporte, Sean Duffy, con provocar un “impacto devastador” en la economía canadiense y con el pronóstico de que Ottawa volverá “muy, muy pronto” a la mesa de negociaciones. El mercurial ocupante de la Casa Blanca, de su lado, no dudó en recurrir de nuevo a la ofensiva idea de que Canadá debe convertirse en el estado 51 de su país. “Quiere los beneficios de ser un estado sin serlo”, escribió en su red Truth Social.
Tanto Canadá como México han señalado la necesidad de renovar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) “lo antes posible” a fin de dar certidumbre a empresas y trabajadores de Norteamérica, como lo acordaron en una llamada telefónica el jueves pasado. Sin embargo, Washington se ha empecinado en mantener negociaciones bilaterales separadas con sus socios del norte y del sur, y en el caso canadiense las tratativas fracasaron y derivaron en una confrontación arancelaria que, de mantenerse, significará el fin del libre comercio entre esos dos países y, por ende, del T-MEC.
Es ya proverbial la tendencia de Trump a elevar el tono de sus amenazas y su inclinación por la violencia –no sólo la verbal– cuando se encuentra acorralado, y en el momento actual ciertamente tiene motivos para estarlo: al desastre militar que él mismo provocó en el golfo Pérsico se suman el mal desempeño de la economía y, de la mano de ambos asuntos, la caída en picada de su popularidad, justo en vísperas de las elecciones legislativas de noviembre, por no mencionar los reveses políticos y judiciales que ha venido experimentando.
Por otra parte, a ojos de socios, aliados y adversarios por igual, el gobierno de Estados Unidos ha dejado de ser un interlocutor confiable, propenso a poner sobre la mesa exigencias de última hora para luego dar una patada al tablero y acusar a la contraparte del fracaso del diálogo; en ese sentido, lo ocurrido en el ámbito comercial entre Ottawa y Washington no difiere en mucho de los fallidos intentos para lograr un alto el fuego definitivo y estable entre Washington y Teherán.
Lo cierto es que para México no es una buena noticia la guerra de aranceles entre Estados Unidos y Canadá, no sólo porque ello significaría la muerte del T-MEC, que tan beneficioso ha sido para los tres países que lo integran, sino porque el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum tendría que hacer frente a una negociación en solitario con un socio voluble, tramposo y dado a practicar la extorsión y a jugar con la incertidumbre. Pero si ese es el escenario inevitable, será preciso afrontarlo con serenidad, con espíritu constructivo y, sobre todo, con cohesión y unidad nacional.
Nota original publicada en el portal de La Jornada el 24 de agosto de 2026: https://www.jornada.com.mx/2026/08/24/opinion/002a1edi?partner=rss.
#ExpresionSonoraNoticias #Sonora #Hermosillo #RedesSociales #ESN #Siguenos #NoticiasSonora #HermosilloInforma #SonoraMX #MexicoInforma #NoticiasMexico
