Nuevos reportes periodísticos dieron cuenta este fin de semana de las deplorables y desesperantes condiciones que los 5 mil marinos a bordo del portaviones Abraham Lincoln han venido padeciendo durante el despliegue de ese buque y de su grupo de ataque en las proximidades del golfo Pérsico: militares asignados a esa embarcación declararon a un corresponsal de MS Now en Tailandia –donde hicieron escala después de 286 días de permanecer en alta mar– que el actual fue “el peor despliegue que jamás habían experimentado” y compartieron sus temores de que maniobras como ésa –prolongadas y sin escalas– se vuelvan habituales debido a la situación creada por la agresión estadunidense contra Irán.
Informes previos ya hablaban de una crisis de intentos de suicidio entre los marinos a bordo de ese portaviones, de comida escasa y descompuesta, de falta de agua y de productos de higiene personal y de descomposturas permanentes de los sanitarios a bordo. Condiciones semejantes habían sido reportadas en marzo por la tripulación del USS Gerald R. Ford, el portaviones más grande del mundo, tras nueve meses de permanecer en el mar Rojo; esa embarcación sufrió además un incendio que dejó 200 marineros lesionados y a más de 600 sin litera para descansar.
Estas realidades a bordo de los barcos de guerra más poderosos del mundo son difícilmente compatibles con el discurso triunfalista de la Casa Blanca, que pregona la derrota de Irán, la victoria de Estados Unidos y un dominio militar regional más que dudoso. No sorprende, en consecuencia, que el secretario de Defensa Pete Hegseth haya impuesto una política de total opacidad, gestionado el despido de editores y colaboradores del periódico especializado en temas militares Stars and Stripes y establecido restricciones adicionales a la información disponible en la red interna del Pentágono.
Según una investigación de The New York Times, las tribulaciones de los marinos se deben principalmente a la crisis logística causada por la destrucción de una base militar estadunidense en Bahréin que servía como principal punto de aprovisionamiento logístico de la Quinta Flota y que fue atacada por Irán con misiles y drones en respuesta a los primeros bombardeos en su contra lanzados por Washington y por Tel Aviv.
Desde entonces, los barcos de Estados Unidos desplegados en la región dependen de la base militar de la isla de Diego García, mucho más alejada del teatro de operaciones, lo que causa un cuello de botella en las líneas de suministro.
Por lo demás, y a pesar de las aseveraciones de Trump, múltiples medios internacionales señalan que la Marina estadunidense no está en posibilidad de desplazar libremente sus unidades por el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz y que éstas se ven forzadas a operar en mar abierto, a fin de evitar los ataques misilísticos y las maniobras en enjambre de las lanchas rápidas iraníes, armadas con cohetes, torpedos y misiles antiaéreos y antibuque.
En suma, siete meses después de iniciada la agresión estadunidense-israelí contra la República Islámica, la que solía ser la armada más poderosa del planeta no ha sido capaz de anotarse una victoria en la guerra marítima asimétrica que le ha impuesto Irán con recursos bélicos infinitamente menores, y no hay perspectivas de que lo logre. Y ese solo hecho, aunado a la imposibilidad de derrotar a Irán después de una “furia épica” que le ha costado a los contribuyentes de la superpotencia decenas de miles de millones de dólares, bien puede ser calificado de derrota.
Nota original publicada en el portal de La Jornada el 7 de septiembre de 2026: https://www.jornada.com.mx/2026/09/07/opinion/002a1edi?partner=rss.
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