«En la cárcel descubrí que presos y guardias éramos víctimas de una cúpula que mantiene a Cuba secuestrada»: Luis Manuel Otero Alcántara, el artista que pasó 5 años en prisión

– Autor, Atahualpa AmeriseTítulo del autor, BBC News Mundo

– Fecha de publicación 4 minutos

– Tiempo de lectura: 12 min

– Autor, Atahualpa Amerise

– Título del autor, BBC News Mundo

Luis Manuel Otero Alcántara camina por las calles de Miami con una sensación extraña: nadie lo retiene ni lo vigila.

El artista cubano de 38 años, una de las principales figuras de la disidencia de la isla, acaba de comenzar su vida en el exilio tras cumplir en su país una condena de cinco años de cárcel por ultraje a los símbolos patrios, desacato y desórdenes públicos.

Pero llevaba mucho más tiempo sin sentirse realmente libre.

Cuando en 2021 entró en la prisión de máxima seguridad de Guanajay (unos 30 km al oeste de La Habana) ya acumulaba años de vigilancia permanente, decenas de arrestos y noches de calabozo por sus acciones artísticas contra el régimen.

Cofundador del Movimiento San Isidro, un colectivo de artistas y activistas opositores al gobierno cubano, Otero Alcántara convirtió el arte del performance en un arma para desafiar al poder.

Desde convivir un mes con la bandera cubana como parte de una obra hasta crear un Museo de la Disidencia o protagonizar huelgas de hambre, sus acciones lo transformaron en la principal figura no partidista de la oposición cubana y uno de los mayores dolores de cabeza para el gobierno de Miguel Díaz-Canel.

Su último arresto durante las históricas protestas antigubernamentales de julio de 2021, el juicio a puerta cerrada un año después y las huelgas de hambre que protagonizó en sus cinco años entre rejas llamaron la atención de organizaciones de derechos humanos, artistas, intelectuales y gobiernos democráticos.

Amnistía Internacional lo declaró preso de conciencia y la revista Time lo incluyó en su lista anual de las 100 personas más influyentes del mundo.

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Tras cumplir su condena, las autoridades cubanas condicionaron su liberación al exilio: Estados Unidos le concedió un permiso humanitario y su embajada en La Habana facilitó el viaje a Miami.

Otero Alcántara nos recibe en camiseta y bañador en el hotel donde se hospeda temporalmente, cerca del popular barrio de la Pequeña Habana.

Se muestra efusivo, locuaz, con el brillo en la mirada que delata su estrenada libertad; impaciente por compartir sus anécdotas y reflexiones sobre los largos días en prisión y anunciar sus próximos pasos como artista y activista en el exilio.

A continuación la entrevista de BBC Mundo a Luis Manuel Otero Alcántara, editada y recortada para mayor claridad y concisión.

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¿Por qué estuviste cinco años en prisión?

Estuve cinco años en la cárcel por ejercer la libertad de expresión e intentar que los cubanos tengan libertades.

Soy artista visual, artista pástico, y puse el arte al servicio de los cambios que necesita Cuba, pero allí hay una dictadura que no permite que el arte sea crítico ni proponga cambios sociales.

Hubo un momento en que todo lo que hacía terminaba en un calabozo. Estuve más de 90 veces en un calabozo en tres o cuatro años.

Éramos artistas del barrio e inspirábamos a la gente a decir: «Si él puede, yo también». Todo aquello fue construyendo un espacio cívico que terminó desembocando en el 11 de julio de 2021.

Y ahí ellos dijeron: «No, ya». Y me metieron cinco años preso.

Una de las obras que utilizaron para encarcelarme fue la de la bandera cubana. Durante un mes anduve con ella a todas partes: me bañé con ella en la playa, fui a los carnavales y entré con ella al baño. Quería generar una discusión sobre la patria y los símbolos. Me condenaron por ultraje a los símbolos patrios, desacato y escándalo público.

Fue horrible, una especie de circo, un montaje. La fiscal, los abogados y todo el mundo sabían que serían cinco años y que ninguno de ellos había tomado la decisión.

El momento más difícil fue cuando entró mi familia. Mi tía dijo: «Yo no sé por qué mi sobrino está aquí, si es un buen muchacho». Se me encogió el corazón y empecé a llorar. Intentaba aguantar para no demostrarle a la dictadura que me quebraba, pero somos seres humanos: lloramos, sufrimos y tenemos familia.

Mi abogado recordó que habían intentado construirme un juicio decenas de veces sin poder probarme nada.

¿Qué sentiste cuando te comunicaron la condena?

La prisión, para mí, también fue como un bastión de lucha: el símbolo de la lucha, el símbolo de la resistencia, el símbolo de la injusticia. Sabía que mis amigos la convertirían en una bandera para mostrarle al mundo aquella injusticia.

Pero no deja de ser difícil cuando te dicen cinco años. Tu cabeza empieza a calcular: «Tengo 32 o 33 años; saldré con 38». Piensas en la juventud y en quién eres.

Nunca dejé de luchar en la cárcel. Si estuve cinco años, podía haber estado veinte.

Estaba en el área de máxima seguridad de Guanajay, donde había personas condenadas a cadena perpetua. Había cámaras en cada esquina. Vivíamos cuatro personas en una celda de unos cuatro metros por tres, con cuatro literas de cemento y un baño sin puerta. Tú mismo colocabas una cortina, pero la intimidad estaba completamente rota.

Tenías que convivir con el calor, el frío, el humo, los olores y los caracteres de los demás. A veces sentías que no entraba aire por la ansiedad, la depresión y el encierro.

¿Cómo continuaste creando y protestando desde la prisión?

El régimen juega con el tiempo de la gente. Desde niño te obliga a dedicarle tu tiempo: tienes que ir a sus marchas y actos porque, si no, te señalan. En prisión comprendí que mi tiempo y mi narrativa tenían que ser míos.

Creé una obra en la que vendía cada día de mis cinco años preso. Quien compraba uno recibía un fragmento de almanaque y una especie de contrato. El arte me ayudaba a mantenerme activo. No era solamente un preso mirando el techo mientras sus amigos trabajaban fuera.

Cuando intentaban presionarme, protestaba. Hice alrededor de seis o siete huelgas de hambre. Una vez estuve unos 48 días en huelga de hambre.

También me enviaban a una celda de castigo, a veces durante un mes. La última vez había muy poca luz, pero pinté una serie de militares frustrados y rotos. Me decomisaron las obras, pero nunca volvieron a llevarme allí. Quizá comprendieron que no conseguirían quebrarme.

Nada más llegar a prisión me dijeron que la única manera de salir era abandonar Cuba. Me dijeron que nunca más pisaría las calles de Cuba. Durante el primer año y medio me negué. No entendía por qué tenía que marcharme expulsado y sin poder regresar.

Con el tiempo comprendí que la Seguridad del Estado no permitiría que volviera a caminar por la calle y que yo tendría más posibilidades de cambiar las cosas desde fuera.

Dentro de una dictadura gastas el 70% u 80% del tiempo lidiando con la represión: detenciones, vigilancia, cortes de internet, teléfonos confiscados y registros de tu casa. Queda muy poco espacio para crear.

Llegó un momento en que sentí que mi misión dentro de Cuba ya se había cumplido. Ir preso allí es fácil, pero me pregunté qué podía producir ahora mi encarcelamiento. Desde fuera puedo dedicar mucho más tiempo a crear y a buscar nuevas formas de fracturar la dictadura.

Pero no es un regalo. El exilio es sumamente cruel. Ya empiezo a sufrirlo: no puedo ver a mi hijo ni participar en su vida, y también dejé a mis sobrinos. El exilio es otra forma de violencia política. No me salvé; salí hacia otro tipo de violencia.

¿Cómo es la alimentación en una cárcel cubana?

Si quieren saber cómo está la comida en la prisión, miren cómo está la comida en Cuba.

Un país colapsado, que no puede dar leche a los niños ni atender a los ancianos, tampoco alimenta bien a sus presos.

Yo me alimenté en la cárcel gracias a lo que me mandaban mis amigos.

Ellos, mi familia y las mujeres de Bauta se organizaban para llevarme comida, medicinas y todo lo necesario.

Mi familia recorría 30, 40 o 50 kilómetros sin transporte y cargando sacos.

En la cárcel, la comida enviada por una familia tenía algo especial. Aunque fuera arroz con huevo, llevaba un condimento extra: el amor. Cuando la abuela de algún compañero le enviaba comida y él compartía conmigo, yo la prefería a cualquier paquete de galletas.

La comida también era un símbolo de resistencia.

¿Recibías un trato diferente por ser un preso conocido?

En mi pasillo daban algo más de comida porque estaban los condenados a cadena perpetua, que no tienen nada que perder y si no les das suficiente comida, protestan. Como no pueden castigarlos mucho más, intentan mantenerlos relativamente calmados.

Y porque la Seguridad del Estado quería mantenerme relativamente tranquilo, pintando y sin protestar. Sabían que algún día podía salir y contarlo.

Mi visibilidad también ayudó a evitar algunos abusos contra otros presos, porque una denuncia telefónica tenía impacto.

Pero no recibí las rebajas de condena habituales y durante una etapa no podía hablar con nadie: apartaban a quienes se acercaban a mí. Llegaron a cerrar todo el penal cuando me sacaban al patio.

Yo tenía a un preso vigilándome durante todo el día, además de los guardias y las cámaras. Ese preso dormía en mi celda, controlaba qué hacía y se comunicaba directamente con la Seguridad del Estado.

En todo caso, eso demuestra que la prensa y la presión internacional sí funcionan: el régimen sabía que sus acciones podían tener consecuencias.

Lo más fuerte de la prisión es estar preso, el encierro. Podría contar episodios de violencia, pero también existe una violencia constante y menos visible: el aislamiento.

Durante cinco años, en las visitas solamente veía a mi novia, a mi hijo y a mi tía.

Hubo una etapa en que, si hablaba con otro preso o empezaba a sentir afecto por alguien, lo trasladaban. La gente terminó teniendo miedo de acercarse a mí.


Nota original publicada en el portal de bbc.com el 28 de julio de 2026: https://www.bbc.com/mundo/articles/cgew1n5l8plo?at_medium=RSS&at_campaign=rss.

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