Un magnífico imperio ha prosperado a lo largo de 250 años. Durante el último siglo, ha establecido un imponente orden mundial que se extiende a través de océanos y continentes. En las últimas décadas, ha pacificado este vasto dominio, protegiendo a los estados más pequeños de los agresores, mientras extiende su propia hegemonía en el proceso. Sin embargo, su racha ininterrumpida de victorias trae consigo no solo arrogancia, sino también una carga fiscal sin precedentes. A medida que el orden financiero global cambia, esta carga crece como bola de nieve. El imperio se sumerge en una profunda crisis fiscal.
Comienza una reforma administrativa con la que se busca reducir el gasto gubernamental y militar mediante recortes de personal. Mientras tanto, un puñado de magnates monopoliza la toma de decisiones políticas. Se enriquecen a través de los programas de reforma al mismo tiempo que asfixian aún más a la gente común, cuya subsistencia se vuelven cada vez más precaria. En este contexto, burócratas relegados lideran una revuelta del pueblo enfurecido. Soldados que llevan meses sin cobrar desertan en masa. El imperio colapsa repentinamente desde adentro.
En medio del caos subsecuente, otra entidad política saca provecho: una aparentemente insignificante. Su pueblo pertenece a una nación milenaria, pero había comenzado a construir un nuevo estado propio apenas medio siglo antes. Han enfrentado dificultades extraordinarias en su lucha por la reunificación. En los últimos años, han seguido el juego, mientras esperan el momento oportuno y acumulan fuerzas. Finalmente, con el colapso del imperio, comienzan la ofensiva, conquistan la totalidad del territorio imperial y establecen un orden completamente nuevo.
Para muchos observadores de la actualidad, este escenario podría parecer la descripción de 2026 y de las próximas décadas: el imperio que colapsa es Estados Unidos, y el que se levanta es China. Sin embargo, para muchos entusiastas de la historia, describe los años de 1618 a 1644: el imperio de 250 años es la China de la dinastía Ming; los manchúes, un pueblo que habla un idioma completamente distinto en su frontera nororiental, capturan el orden Ming y construyen un nuevo imperio que dura casi tres siglos.
No obstante, para un grupo en particular, se trata de ambos. Sus ideas, peculiares a primera vista, pueden ofrecer un conjunto de herramientas conceptuales para reflexionar sobre el presente.
A principios de la década de 2010, usuarios anónimos de internet en las versiones chinas de plataformas como Reddit y Quora comenzaron a desarrollar esta teoría, la cual vinculaba 1644 con el presente. No sabemos quiénes son estos escritores.
Pueden ser académicos, trolls o ambos. Pueden ser conocedores de la historia y de la política, o simplemente personas que se dedican a divagar en línea.
En diversos foros de internet, su teoría atrajo rápidamente a una gran cantidad de seguidores –o al menos a una gran audiencia atraída por la curiosidad y el espectáculo– y pasó a conocerse como ruguanismo. Ruguan significa, literalmente, la “doctrina de entrar al paso”, haciendo alusión al cruce que hicieron los manchúes en 1644 por el paso Shanhai, que conecta Manchuria con China.
Una afirmación central y clave del ruguanismo es que el imperio estadounidense está destinado a fracasar, mientras que China está lista para su ascenso. Por ello, algunos comentaristas, incluso en los medios de comunicación de E.U., han calificado al ruguanismo como un forma “combativa” de “nacionalismo chino”.
Tales descalificaciones pasan por alto de qué trata realmente esta doctrina. La académica Chenchen Zhang denomina al ruguanismo “una forma de teorización geopolítica vernácula”; yo sostendría que se trata de una teoría política sobre los sistemas imperiales: su declive, su colapso y su transición.
Extrae ideas de la historia de la China dinástica y las transforma en un marco analítico para comprender la política global.
El ruguanismo parte del supuesto de que la China dinástica y el imperio estadounidense son formaciones políticas comparables, es decir, que pertenecen a la misma categoría. Para los ruguanistas, los imperios hegemónicos como Gran Bretaña y Estados Unidos, y las dinastías de la China premoderna, están sujetos al mismo tipo de análisis histórico-teórico. Entre otras cosas, impusieron un orden mundial a travé de la fuerza militar y de un conjunto de ideologías.
Además, según el ruguanismo, los imperios están destinados a colapsar, pero su colapso simplemente da paso al surgimiento de órdenes imperiales nuevos, aunque no necesariamente mejores. La mayoría de los ruguanistas también están inmersos en un universo cultural que valoriza la cultura china han –la cultura dominante de la dinastía Ming, para decirlo de forma sencilla– mientras soslaya a los manchúes, quienes fundaron la dinastía Qing, tachándolos de bárbaros.
Desde dicho contexto cultural, estos ruguanistas no consideran que el reemplazo de los Ming por los manchúes sea una forma de progreso histórico, sino meramente el desplazamiento de un orden coercitivo por otro. Al aplicar este modelo para predecir la caída de Estados Unidos y el ascenso de China, los ruguanistas han desarrollado una forma rudimentaria del realismo, rechazando las posturas oficiales del gobierno chino sobre el carácter ascendente de la historia.
Lo más importante es que el ruguanismo enfatiza que la búsqueda de la hegemonía por parte de un imperio termina debilitando sus propios cimientos. Muchos ruguanistas creen que tanto la decisión de la dinastía Ming de ayudar a Corea contra la invasión japonesa en 1592 como la decisión de E.
U. de defender a Kuwait contra la agresión iraquí en 1991 representaron actos justos. Del mismo modo, consideran que el confucianismo promovido por los Ming y el liberalismo propugnado por Estados Unidos son ideologías comparables con aspiraciones progresistas.
Sin embargo, la naturaleza fundamental del imperio es imponer de forma unilateral un orden global sobre otras entidades políticas. El imperio obliga a esos pueblos a aceptar dicho orden por la fuerza o, con el respaldo del poder militar y el poder suave (soft power), los convence para que lo adopten desde dentro.
Una vez que un imperio se embarca en semejante búsqueda, se encamina hacia su propia destrucción.
Es fácil descartar al ruguanismo. Resulta más interesante reflexionar sobre cómo puede ayudarnos a comprender tanto la historia como el presente. Nos enseña que los imperios, por su propia naturaleza, gastan sus recursos en exceso, estiran su ideología y minan sus propios cimientos.
El ruguanismo también nos recuerda que muchas personas ajenas al ámbito académico y no expertas están participando, a su manera, en formas fascinantes de teorización política. Su manera de teorizar es anónima y no sistemática, articulada en sus propios lenguajes, como las variantes del chino que se utilizan en internet.
Sus argumentos no están restringidos por límites disciplinarios, aunque se ponen a prueba en el mercado digital en función de si tienen sentido para sus pares. Dentro de sus propios espacios discursivos –bastante limitados tanto por la censura estatal como por el desdén académico–, estos pensadores han ido afinando sus propias herramientas analíticas basándose en su comprensión de la China dinástica, para luego aplicarlas a la comprensión de la política global.
Su trabajo a menudo entremezcla ideas sumamente creativas con prejuicios profundamente conservadores.
Por lo menos, la agudeza de sus argumentos puede ayudarnos a identificar aquello que los académicos han pasado por alto en medio de la producción de conocimiento académico, cada vez más especializada y fragmentada. Desde mi punto de vista, una de las tareas de los humanistas en esta nueva era debería ser dialogar con estos procesos de pensamiento y ver hasta dónde llevan su trabajo.
Independientemente de cómo entendamos el ruguanismo, este nos da una razón más para leer la historia de la China de 1644, y para leerla en serio. Después de hacerlo, la política del presente global empieza a parecer mucho más interesante. ~
Este artículo se publicó originalmente en Zócalo Public Square, una plataforma de ASU Media Enterprise que conecta a las personas con las ideas y entre sí.
Forma parte de Cruce de ideas: Encuentros a través de la traducción, una colaboración entre Letras Libres y ASU Media Enterprise.
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 30 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/historia/en-el-internet-chino-estamos-en-1644/30/10/2026/.
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