La libertad de expresión es un derecho muy frágil y en constante disputa. Según Jacob Mchangama, autor de Libertad de expresión. Una historia global desde Sócrates hasta las redes sociales, nunca se gana de forma definitiva. En esta conversación con Daniel Gascón, el abogado y escritor danés repasa la historia de la libertad de expresión y reivindica que no es un derecho exclusivamente occidental.
Daniel Gascón: Hola, bienvenidos a El Salón de Gascón. Es un placer estar hoy con Jacob Mchangama, que es autor de este libro estupendo.
Jacob Mchangama: Es genial estar aquí. Muchas gracias por invitarme.
Daniel Gascón: Este libro, Libertad de expresión. Una historia global desde Sócrates hasta las redes sociales, es una historia global de la libertad de expresión, de sus dificultades y de sus cambios. Creo que una de las ideas principales es que nunca se pierde del todo y nunca se gana por completo. Siempre es una especie de lucha constante.
Jacob Mchangama: Sí, desde luego. Al menos en las democracias, vivimos en una época en la que tenemos un grado de libertad de expresión que habría sido un sueño para las personas que vivían hace doscientos o trescientos años.
Pero también es cierto que constantemente surgen nuevas amenazas para la libertad de expresión y que los seres humanos siempre se ven tentados a comprometerla. Se puede ver en España, donde hay un presidente del Gobierno que quiere prohibir el acceso de los niños a internet y que quiere criminalizar a quienes dirigen las plataformas tecnológicas.
También se ve aquí en Estados Unidos, donde a pesar de tener una sólida Primera Enmienda, hay un gobierno que quiere perseguir a los medios de comunicación y a los periodistas. La libertad de expresión es un principio difícil y contraintuitivo que nunca se puede dar por sentado y que, en última instancia, depende de un compromiso muy firme con la cultura de la libertad de expresión.
Daniel Gascón: Hay algo muy interesante en el libro, porque estamos acostumbrados a leer la historia más o menos estándar de la libertad de expresión, que suele centrarse en algunos países europeos, en la Ilustración, casi siempre en Francia y en el mundo anglosajón. Sin embargo, aquí hablas mucho de Asia y del mundo musulmán, dándole un alcance muy global.
Jacob Mchangama: Sí, como bien has señalado, existe una especie de historia estándar de la libertad de expresión que tal vez comienza con John Milton en Inglaterra, luego pasa a la Ilustración en Francia y de ahí a las revoluciones estadounidense y francesa. Por supuesto, la historia es mucho más complicada, tiene muchos más matices y raíces mucho más profundas.
Yo comienzo mi historia en la democracia ateniense y paso a la República Romana. Pero, como has mencionado, también encuentro contribuciones importantes en el Califato Abasí y en sus territorios circundantes.
Hubo eruditos que contribuyeron traduciendo a Aristóteles y aportando a la filosofía, creando a algunos de los librepensadores más radicales de la Alta Edad Media. Es cierto que el epicentro de la libertad de expresión está en Europa, donde se dan las primeras articulaciones reales de la libertad de expresión como un derecho humano fundamental.
Pero no es una idea ni un fenómeno exclusivamente europeo u occidental.
Daniel Gascón: Mencionas las ideas griegas y romanas. Es muy interesante porque cuentas que los griegos estaban más preocupados por la parresía y por una idea de igualdad en la capacidad de expresar lo que uno piensa, mientras que para los romanos se trataba más de quién tenía derecho a tener voz pública.
Jacob Mchangama: Así es, exploro dos concepciones contrapuestas de la libertad de expresión. Una es la concepción ateniense de la isegoría, que significa igualdad de expresión política en la eclesía, la asamblea pública donde todos los ciudadanos varones nacidos libres tenían voz directa en la democracia ateniense.
Pero también tenían la parresía, que significa libertad de expresión sin inhibiciones, un compromiso cívico con la libertad de palabra para todos. Así, incluso los extranjeros como Aristóteles podían tener voz.
Era una concepción de discurso libre e igualitario, aunque para nuestros estándares no lo fuera del todo, ya que las mujeres y los esclavos no tenían una voz prominente. La concepción romana es una libertad de expresión más elitista y vertical.
Se reservaba a la clase adinerada y bien educada, como Cicerón o Catón, quienes valoraban la libertad de expresión pero la consideraban algo que debían ejercer los mejores. Creían que las clases bajas eran demasiado irresponsables y carecían de la educación necesaria para que se les confiara una voz en los asuntos públicos.
Si ibas a una asamblea romana, los ciudadanos de a pie no tenían voz; podían votar a favor o en contra, pero no se les daba el derecho a hablar. Por tanto, tenemos dos concepciones de la libertad de expresión que seguimos viendo hoy en día: la concepción igualitaria de abajo hacia arriba y una concepción elitista de arriba hacia abajo, en la que se necesitan guardianes institucionales que filtren la opinión responsable y establezcan los límites de lo que se puede decir.
Daniel Gascón: Esa es otra área importante porque ahora vives en Estados Unidos, pero eres de Copenhague y Justitia, el grupo del que eras director ejecutivo, también tenía su sede en Dinamarca. Es muy interesante lo que escribes sobre la historia de la libertad de expresión en los países escandinavos, un área tal vez menos conocida en España, con debates que a veces eran muy avanzados y otras veces tenían claroscuros.
Jacob Mchangama: Sí, en muchos sentidos Suecia se convirtió en el primer país del mundo en tener una protección legal explícita de la libertad de prensa. Dinamarca, en 1770, se convirtió en el primer país del mundo en abolir por decreto toda censura.
Fueron experimentos de libertad de expresión de vida bastante corta que tal vez fracasaron, pero sigue siendo algo que no es tan conocido. También puede sorprender porque Dinamarca era un país luterano muy estricto, un estado confesional con una rígida censura vertical.
De la noche a la mañana la censura se relajó gracias al médico del rey danés de la época. El rey padecía una enfermedad mental, por lo que este médico, empapado de los principios de la Ilustración, se convirtió esencialmente en el gobernante del reino y abolió la censura junto con otras reformas ilustradas.
De repente, todos los habitantes de Dinamarca podían publicar lo que quisieran y, muy rápidamente, se volvieron muy críticos con este médico. No solo gobernaba el país, sino que se acostaba con la reina y ni siquiera hablaba el idioma porque era alemán.
Lo derrocaron y se volvió a imponer la censura, aunque nunca se instituyó formalmente en el mismo grado que antes.
Daniel Gascón: Esa es una dinámica que se ve con frecuencia en el libro. Hablas de lo que se conoce como la maldición de Milton. Lo que cuentas casi podría ser un ejemplo de ello: empiezas como un defensor de la libertad de expresión, pero luego vas en contra de ella cuando sufres las consecuencias o te atacan.
Jacob Mchangama: Sí, ese es un fenómeno muy recurrente a lo largo de la historia y recibe su nombre del famoso poeta inglés John Milton. Él escribió la Areopagítica en 1644, que fue una protesta contra la reintroducción de la censura por parte del Parlamento inglés.
Es un texto muy elocuente con argumentos que son atemporales y siguen siendo relevantes hoy en día. Sin embargo, cuando lo lees con más atención, ves que John Milton no estaba a favor de la libertad de prensa para los católicos ni para las personas sediciosas; la defendía sobre todo para las principales corrientes protestantes.
La máxima ironía es que John Milton terminó trabajando como censor durante la dictadura militar de Cromwell. Esto lo vemos mucho a lo largo de la historia.
Alguien como Voltaire tampoco era un defensor de la libertad de expresión por principios. John Adams, tras el éxito de la revolución y la adopción de la Constitución estadounidense y la Primera Enmienda, estuvo dispuesto a comprometer la libertad de expresión.
Lo vemos una y otra vez.
Daniel Gascón: Se podría decir que esto es un caso de falta de coherencia o hipocresía, pero haciendo el argumento inverso, uno podría justificarse diciendo que antes defendía la libertad de expresión porque no era consciente de sus peligros.
Jacob Mchangama: Sí, ese es un argumento muy frecuente. Hoy en día, si le preguntas a cualquier líder democrático, te dirá que la libertad de expresión es muy importante y que está a favor de ella.
Pero luego añadirá que hay ciertos tipos de discurso que son demasiado peligrosos, o que la nueva tecnología nos obliga a pensar en la libertad de expresión de otra manera. Dirán que no podemos permitir que las plataformas tecnológicas estadounidenses socaven la democracia y los valores europeos, o que no podemos permitir que voces extremistas de derecha o de izquierda difundan discursos de odio y desinformación.
Por lo tanto, argumentan que necesitamos restringir ciertos tipos de discurso. Como hemos visto en España, se argumenta que no se puede permitir la glorificación del terrorismo, y alguien podría acabar en prisión por decir algo sobre ETA, incluso si es un rapero o un artista.
Esto es muy común en casi todas las democracias, y la censura suele reflejar la historia y la cultura de esos países. En España puede ser la glorificación del terrorismo, mientras que en Alemania a menudo está relacionado con el pasado nazi.
En Alemania no puedes negar el Holocausto y ser muy crítico con Israel también puede traerte problemas. Desgraciadamente, este es un fenómeno recurrente.
Daniel Gascón: Es interesante el caso de España con todas estas leyes. Quizás tenían sentido cuando había terrorismo activo y existía un vínculo real, pero ahora no tenemos terrorismo y las leyes siguen ahí. Y con las nuevas leyes, algunas dicen que si glorificas el franquismo, eso también debería ser castigado.
Jacob Mchangama: Sí, y de nuevo te pido disculpas porque no soy un experto en historia española. Lamentablemente, no tuve espacio para profundizar demasiado en la historia de la libertad de expresión en España en el libro, aunque sí grabé un podcast previo donde abordo el tema de las colonias españolas en América y hablo un poco de la Inquisición española, pero eso fue hace mucho tiempo.
Siempre encuentro esta dinámica un poco contraintuitiva. Durante el franquismo, la censura fue uno de los principales instrumentos para mantener al régimen en el poder.
Por eso siempre me resulta contradictorio decir que necesitamos usar la censura para mantener a estos regímenes autoritarios lejos del poder. Estás utilizando los mismos instrumentos, aunque no sea en la misma medida.
Daniel Gascón: Antes mencionaste los cambios tecnológicos. Ese es un elemento muy importante en el libro: cómo el cambio tecnológico crea pánico entre las élites. Se pudo ver con la imprenta, con la radio y se puede ver ahora con las redes sociales e internet.
Jacob Mchangama: Sí, este es un patrón muy conocido a lo largo de la historia de la libertad de expresión. Cada vez que la esfera pública se expande a través de una nueva tecnología de la comunicación, los guardianes institucionales tienden a pensar que es demasiado peligroso dar voz a la gente común de forma que se evite el control oficial.
La Reforma es un muy buen ejemplo. Martín Lutero usó la imprenta de manera muy eficiente para difundir las ideas de la Reforma, lo que creó una gran disrupción política y religiosa.
La Iglesia católica y los gobernantes católicos se mostraron muy preocupados por la imprenta e instituyeron regímenes de censura para intentar detener la Reforma. Ese es un patrón que se repite con el telégrafo, la radio, la televisión, las redes sociales y ahora con la inteligencia artificial generativa.
Quienes están en el poder se preocupan por estos desarrollos y quieren crear nuevas formas de imponer un control vertical sobre qué tipos de información e ideas pueden compartir y acceder las personas.
Daniel Gascón: Otra cosa muy interesante en el libro es cuando hablas de la libertad de expresión y el colonialismo, y la importancia de la libertad de expresión para los movimientos de emancipación e independencia en muchas partes del mundo. Eso también va más allá de la narrativa estándar.
Jacob Mchangama: Sí, creo que hay una tendencia, especialmente en la izquierda política, a ver a veces la libertad de expresión como un arma utilizada contra las minorías y como un argumento de la derecha. Lo que intento mostrar en el libro es que todos los grupos y minorías oprimidos o perseguidos han dependido de la palabra para promover su causa, a menudo pagando un precio muy alto.
Menciono a los movimientos abolicionistas y al movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. También menciono el movimiento nacionalista y anticolonialista de Gandhi en la India.
Gandhi creía que uno debía tener derecho a hablar y criticar a cualquiera, a menos que incitara a la violencia. Era una idea muy radical en ese momento y los británicos lo condenaron a seis años de prisión.
Nelson Mandela es otro ejemplo.
Daniel Gascón: Y el movimiento feminista también.
Jacob Mchangama: Sí, las mujeres son un ejemplo perfecto. No tenían poder político ni armas.
La única forma que tenían de intentar lograr un cambio político era usar su voz para protestar, disentir, escribir, hacer peticiones, manifestarse y tratar de convencer a los hombres de que merecían una voz igualitaria en los asuntos políticos. Y finalmente lo lograron.
No fue un éxito ganado a través de la guerra, sino esencialmente en la esfera pública. Se podría decir lo mismo de cuestiones como el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Por eso creo que la narrativa que a menudo se ve en la izquierda, de que la libertad de expresión es particularmente peligrosa para las minorías, pasa por alto lo fundamental que ha sido para muchas de las causas progresistas. Pero de nuevo, esto nos lleva a la maldición de Milton.
Muchas personas están a favor de la libertad de expresión cuando ayuda a su causa, pero cuando obtienen poder cultural o político, quieren negar esa libertad a quienes pueden amenazar sus ideas.
Daniel Gascón: Mencionaste la libertad de expresión y la causa abolicionista en los Estados Unidos. Hay una parte muy interesante donde dices que quienes estaban en contra de la abolición de la esclavitud querían prohibir los argumentos a favor, alegando que iban a ser perjudiciales para los habitantes del sur y les darían mala reputación. Y dices que esto se parece mucho al discurso de odio, que ahora es una de las grandes excusas para recortar la libertad de expresión.
Jacob Mchangama: Exactamente. En la década de 1830 hubo una ola de leyes en los estados del sur de Estados Unidos para criminalizar la difusión de ideas abolicionistas.
Muy a menudo se veía el argumento de que las ideas abolicionistas incitaban al odio contra los sureños blancos, incitaban a los esclavos a la violencia y calumniaban a la población blanca del sur. Es muy similar a lo que ocurre hoy con el discurso de odio.
De hecho, más adelante en Sudáfrica bajo el apartheid, hubo leyes explícitas contra el discurso de odio que se utilizaron para proteger a la minoría blanca que se mantenía en el poder mediante esas leyes. Es un buen ejemplo de cómo las leyes contra los discursos de odio siempre son muy subjetivas y pueden ser instrumentalizadas con cualquier propósito.
De hecho, casi siempre reflejarán a quienes están en el poder. Hoy en día, en muchos países europeos, los colectivos LGTB pueden recibir protección bajo las leyes de delitos de odio.
Pero hace cincuenta años, esos mismos grupos podrían haber sido criminalizados mediante leyes de blasfemia. La razón por la que fueron perseguidos hace cincuenta años era porque la homosexualidad no estaba culturalmente aceptada y la mayoría la rechazaba.
Hoy en día, la razón por la que pueden obtener protección legal es porque son mucho más aceptados por la mayoría y tienen suficiente poder político y cultural para persuadir a las mayorías de que adopten esas leyes. Cuando eres capaz de presionar con éxito para obtener protección contra el discurso de odio, en realidad significa que probablemente no la necesitas, porque ya estás suficientemente aceptado.
Probablemente los judíos en la España de 1492 no habrían conseguido leyes de protección contra el odio para evitar ser expulsados cuando más las necesitaban. Creo que esa es otra falacia detrás de las ideas de estas leyes sobre el discurso de odio.
Daniel Gascón: Es curioso porque a veces parece que tenemos leyes fósiles, como los restos de las leyes contra la blasfemia, incluso en las democracias, y al mismo tiempo tenemos el avance de las leyes sobre el discurso de odio, las regulaciones o incluso las herramientas gubernamentales para monitorizarlas.
Jacob Mchangama: Sí, y muy a menudo son el mismo tipo de argumentos que simplemente se reciclan para diferentes propósitos. Por eso creo que a veces estas leyes se promueven como algo muy progresista y vanguardista, pero cuando las miras con una perspectiva histórica, ves que muy a menudo solo se repiten los mismos argumentos aunque el objetivo subyacente sea diferente. ¿Realmente es un progreso pasar de una ley de blasfemia que dice que no puedes criticar a la religión, a una ley de discurso de odio que prohíbe a una persona religiosa expresar sus puntos de vista sobre la moralidad? Para mí, eso no es realmente un progreso.
Daniel Gascón: En tu libro también mencionas la falacia de Weimar, argumentando contra la idea de que hubo demasiada libertad de expresión y por eso llegaron el nazismo o el extremismo.
Jacob Mchangama: Sí, obviamente la historia de la caída de la República de Weimar y el ascenso de los nazis al poder es compleja y no se puede reducir a una cuestión de libertad de expresión y censura. Pero uno de los principales argumentos para las leyes de discurso de odio en Europa es que el ascenso de los sistemas totalitarios y del nazismo demuestra que las democracias no pueden permitir que sus enemigos utilicen las libertades para derrocar la propia democracia.
Lo que intento mostrar en el libro es que, aunque la República de Weimar tenía protecciones constitucionales de la libertad de expresión mucho más sólidas que antes, seguía habiendo límites. Y esas restricciones a menudo se usaban contra los nazis.
Se utilizaban con más frecuencia contra los comunistas, pero también contra los nazis. Adolf Hitler tenía prohibido hablar en muchos estados alemanes, se censuraron muchos periódicos nazis y varios líderes nazis fueron encarcelados por sus escritos antisemitas.
Esas leyes de emergencia que se aprobaron en la República de Weimar jugaron finalmente a favor de los nazis, quienes pudieron usarlas para justificar las leyes de emergencia que acabaron matando a la República. Por tanto, mi argumento es que la falacia de Weimar demuestra que no fue el absolutismo de la libertad de expresión lo que llevó a los nazis al poder.
Afirmar que se necesitan fuertes restricciones a la libertad de expresión para evitar que futuros nazis o fascistas lleguen al poder se basa, en mi opinión, en unos cimientos históricos muy inestables.
Daniel Gascón: Mencionas la frase “absolutismo de la libertad de expresión”, que era muy común hace un par de años, sobre todo en movimientos asociados a la derecha y en la crítica al punto de vista woke. Pero cuando llegó Trump, pareció que este absolutismo de la libertad de expresión también fue víctima de la maldición de Milton.
Jacob Mchangama: Sí, muy rápidamente. Lo hemos visto en varios casos, como cuando Elon Musk asumió el control de X y dijo que era un absolutista de la libertad de expresión, pero muy pronto resultó que él también tenía sus excepciones y perseguía a las personas que decían cosas que no le gustaban.
Trump llegó al poder y el primer día firmó una orden ejecutiva prometiendo restaurar la libertad de expresión. Pero lo que ha pasado desde entonces es que la administración Trump probablemente haya sido más hostil a la libertad de expresión que cualquier otra administración estadounidense desde el Temor Rojo, cuando se persiguió duramente al comunismo.
Afortunadamente para Estados Unidos, la Primera Enmienda ofrece una protección legal muy fuerte que ha ayudado a algunos de los que han sido blanco del gobierno. Pero es un muy buen ejemplo de la maldición de Milton.
También ilustra algo que menciono a menudo: que las élites con frecuencia encuentran problemática la libertad de expresión y quieren tener algún tipo de control vertical sobre ella, lo que a menudo genera una reacción violenta. Sin embargo, estas reacciones populistas que usan la libertad de expresión como grito de guerra no son necesariamente verdaderos creyentes en ella; suelen ser más antiélites que pro-libertad de expresión.
Por eso, la reacción populista puede resultar en restricciones aún peores. Esto demuestra que en cada país probablemente haya un grupo muy limitado de personas verdaderamente comprometidas con una libertad de expresión por principios para todos.
Y eso es problemático en una época de polarización, donde cada vez es más difícil encontrar puntos en común. Existe el incentivo de que quien llega al poder lo use para limitar el discurso de los demás, convirtiéndose en un círculo vicioso.
Si sabes que si pierdes las elecciones tus oponentes harán todo lo posible por limitar tu libertad de expresión, intentarás hacer lo mismo para evitar que lleguen al poder.
Daniel Gascón: A veces hablamos de las limitaciones a la libertad de expresión que provienen del Estado o de las iglesias. Pero aquí también tenemos el poder de las grandes empresas tecnológicas, porque a veces parece que les externalizamos la moderación de contenidos. ¿Te preocupa esto?
Jacob Mchangama: Sí, me preocupa. Creo que es absolutamente innegable que las empresas tecnológicas tienen una enorme influencia en el ejercicio práctico de la libertad de expresión hoy en día.
Sus políticas y decisiones de moderación de contenido moldean hasta cierto punto lo que puedes decir y a lo que puedes acceder. Con la inteligencia artificial generativa, esto ha adquirido una dimensión potencialmente aún más aterradora.
La inteligencia artificial generativa está integrada en las búsquedas y en el procesamiento de textos; se ha convertido en la interfaz de todo el ecosistema de ideas e información en internet. Si una o dos empresas pueden filtrar esencialmente esa interfaz, eso tendrá enormes consecuencias no solo para la libertad de expresión y el acceso a la información, sino potencialmente incluso para la libertad de pensamiento.
Desde la perspectiva de la libertad de expresión, necesitamos un ecosistema de actores privados lo más descentralizado posible, en el que los usuarios comunes tengan el mayor poder posible para decidir qué tipo de contenido desean, en lugar de tener empresas tomando esas decisiones, a veces trabajando de la mano o bajo el control de los gobiernos.
Daniel Gascón: Durante estos últimos años hemos estado hablando mucho sobre Twitter y el extremismo en ese tipo de espacios. Pero ahora tenemos la inteligencia artificial e imagino que esto plantea un tipo de amenaza diferente para la libertad de expresión y de pensamiento.
Jacob Mchangama: Sí, sin duda. China es un muy buen ejemplo.
China tiene regulaciones muy estrictas que las empresas de IA deben cumplir; deben asegurarse de que sus productos no generen resultados que violen los llamados “valores socialistas fundamentales”. Básicamente, eso significa no violar lo que crea el Partido Comunista Chino bajo el mandato de Xi Jinping.
Esto significa que los sistemas de IA chinos están fuertemente censurados y filtrados. Obviamente es un gran problema dentro de China, no solo porque la tecnología permite censurar las redes sociales a gran escala y de forma casi inmediata, sino también porque si eres un usuario de un chatbot o motor de búsqueda chino, este reflejará las ideas aprobadas por el Partido Comunista.
Ahora bien, muchos de los modelos chinos son de pesos abiertos, por lo que cuando se accede a ellos en Occidente, son bastante buenos hasta que empiezas a hacer preguntas sobre Taiwán y temas similares. Pero al ser de pesos abiertos, si tienes los conocimientos suficientes, puedes eliminar esa capa de censura.
No obstante, te puedes imaginar que si los modelos chinos, por ser baratos y abiertos, se convierten en la opción predeterminada para gran parte del mundo, muchas personas estarán interactuando con sistemas altamente capaces que están filtrados según una visión del mundo china, que evidentemente es mucho menos pluralista que la de una empresa tecnológica estadounidense. Aunque las empresas estadounidenses también tienen sus límites.
Ayer estaba usando ChatGPT y Claude, a los que recurro mucho para leer libros antiguos griegos y hacer preguntas. Estaba leyendo un texto del ateniense Jenofonte, y en una escena, esencialmente se le perdona la vida a un niño porque a un soldado griego le gustan los chicos jóvenes.
Le pregunté a ChatGPT si debíamos asumir que se salvó al chico para la gratificación sexual del soldado griego. Mi pregunta fue censurada inmediatamente por ChatGPT, indicando que el contenido fue eliminado por violar sus políticas.
En realidad me dio la respuesta, pero ya no podías ver la pregunta. Evidentemente, esto no tenía nada que ver con un intento de involucrarse en la explotación sexual infantil; era una pregunta histórica interesante porque los antiguos griegos tenían ideas muy distintas a las nuestras sobre el comportamiento apropiado entre adultos y jóvenes.
Pero eso fue demasiado para ChatGPT.
Daniel Gascón: Es curioso, porque parece que las redes sociales recompensan la polarización y los puntos de vista muy diferentes, mientras que la inteligencia artificial parece buscar más el consenso.
Jacob Mchangama: Sí, creo que definitivamente en las redes sociales, y dependiendo de la plataforma, el modelo está optimizado para generar interacción. Y una forma eficaz de conseguir interacción es polarizando, como se puede ver en X, por ejemplo.
Diría que, a pesar de la mala reputación que tienen las redes sociales, creo que si tienes cuidado con tu feed, sigues a personas interesantes con puntos de vista diferentes y le envías señales al algoritmo sobre el tipo de contenido que deseas y el que no, en realidad puedes tener conversaciones y acceder a información muy significativa. Pero es cierto que esa misma dinámica no está presente en la IA.
En parte porque no se basa en publicidad, sino en un modelo de suscripción. Sin embargo, pueden existir otros peligros en términos de con qué tipo de información se ha entrenado o si existe algún sesgo.
¿Y cómo filtras la información? ¿Dónde trazas la línea de qué contenido puede mostrarse y cuál no?
Hay investigaciones que han demostrado que la IA puede ayudar a combatir la desinformación y las teorías de la conspiración, pero probablemente no será la panacea. Al igual que la imprenta ha sido responsable de la difusión de la gran literatura y la ciencia, también lo ha sido de las teorías de la conspiración o el antisemitismo.
Esa es simplemente la naturaleza de la tecnología de las comunicaciones.
Daniel Gascón: Tengo algunos amigos juristas que dicen que la línea argumental de John Stuart Mill ya no es aplicable porque la tecnología ha cambiado. Y argumentan que ahora el racismo o las teorías de conspiración pueden propagarse muy rápido. ¿Cuál sería tu respuesta a eso?
Jacob Mchangama: Bueno, yo preguntaría si hace cien años la gente era más o menos propensa a ser racista, o a creer en teorías de conspiración y en ideas que hoy han sido falsadas. Yo diría que hace cien años era mucho más probable que la gente fuera racista y estuviera desinformada que hoy en día.
Pero otra cuestión que aborda el eterno debate de la libertad de expresión es: ¿quién decide? Supongamos que crees que el argumento de Mill ya no es relevante, aunque yo discrepo profundamente.
¿En quién confías para que sea el árbitro de lo que es desinformación o racismo? Supongo que en España, dependiendo de si gobierna el partido actual o uno más de derechas, tendrían ideas muy diferentes sobre qué tipo de ideas son peligrosas y cuáles son las correctas.
Esa misma dinámica se vería en muchos otros países. Lo vimos aquí mismo en Estados Unidos con la administración Trump declarando que las elecciones de 2020 habían sido fraudulentas.
¿De verdad queremos que un gobierno pueda convertir eso en ley o en políticas de estado? En cierto modo, debido al desarrollo tecnológico, el discurso se ha vuelto más caótico simplemente porque hay más voces.
Todos tienen voz, lo que significa que de repente tienes a miles de millones de personas participando en debates al mismo tiempo. Y aunque sigues teniendo a los medios tradicionales, gran parte de la comunicación se da sin filtros.
Sigo pensando que, en última instancia, esto es una fortaleza. Solo que, como consumidores de noticias e ideas, debemos apreciar una cierta división del trabajo cuando se trata de la producción y difusión del conocimiento.
Necesitamos buenos periodistas que verifiquen los datos y aporten fuentes. Necesitamos académicos rigurosos que hagan ese trabajo.
Pero también necesitamos la información rápida e instantánea que se obtiene en las redes sociales. Entonces creo que, más que nada, es cuestión de que la gente desarrolle una mirada escéptica y aprenda a distinguir entre una fuente confiable, donde es más probable obtener una versión correcta de los hechos, y lo que es solo una primera impresión ante la que hay que esperar antes de formarse una opinión.
También veremos cómo los medios cambian y se desarrollan. Habrá quienes desarrollen medios digitales que creen una estructura de incentivos para una información más confiable que vaya más allá del puro engagement, y eso será valorado por la gente.
Y todo eso dependerá, en última instancia, de la libertad de expresión. No podrá sobrevivir si depende de un dictado gubernamental de Pedro Sánchez diciendo qué información es falsa y cuál es la verdad.
La gente no va a aceptar eso.
Daniel Gascón: Y además, como ocurre con muchas personas en el libro, él dice que las noticias que no le gustan o que no le convienen son fake news. Para terminar, tal vez debí preguntarte esto al principio, pero creo que ahora también es interesante. Llevas mucho tiempo trabajando en el tema de la libertad de expresión. ¿Cómo empezaste a dedicarte a esto? Y, ¿podrías mencionar un par de textos u obras que admires, que tal vez no sean tan conocidos pero que fueron importantes en tu trayectoria?
Jacob Mchangama: Aunque vivo en Estados Unidos, nací y crecí en Copenhague, Dinamarca. En Dinamarca, la libertad de expresión era algo que se daba por sentado.
Era algo en lo que nadie pensaba mucho hasta hace veintiún años, cuando un periódico danés publicó las caricaturas del profeta Mahoma. De repente, Dinamarca se convirtió en el epicentro mundial de una batalla de valores sobre la relación entre la libertad de expresión y la religión.
Hubo periodistas que tuvieron que esconderse porque los yihadistas intentaban asesinar a editores y dibujantes. Eso fue realmente lo que me hizo empezar a pensar en la libertad de expresión y lo que despertó mi interés en ella.
En cuanto a lecturas, creo que es bueno volver a los orígenes: leer la oración fúnebre de Pericles en La guerra del Peloponeso de Tucídides es muy inspirador, así como algunos discursos de Demóstenes.
Si nos acercamos más a la actualidad, creo que A Plea for Free Speech in Boston (“Un alegato por la libertad de expresión en Boston”) de Frederick Douglass, de 1860, es un texto muy breve que resume algunos de los argumentos más sólidos a favor de la libertad de expresión que siguen vigentes hoy en día; es un excelente punto de partida. George Orwell escribió muchos ensayos muy acertados y relevantes hoy en día que también serían una buena lectura.
Y bueno, tal vez leer mi libro.
Daniel Gascón: Sí, creo que es una muy buena idea porque es realmente útil y esclarecedor. Ha sido genial hablar contigo. Muchas gracias.
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 16 de septiembre de 2026: https://letraslibres.com/cultura/el-salon-de-gascon-las-paradojas-de-la-libertad-de-expresion-con-jacob-mchangama/16/09/2026/.
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