El mundo está hipotecando el futuro. Detrás del enfrentamiento silencioso entre Estados Unidos y China, de su carrera por conquistar la supremacía en inteligencia artificial, de la expansión vertiginosa de las empresas tecnológicas y del consumo cotidiano de millones de familias, se acumula una montaña de obligaciones que ya supera los 365 billones (millones de millones) de dólares.
Es la deuda del planeta entero –pública, privada, financiera y de los hogares–, equivalente al 311% del PIB mundial, que es lo que la humanidad produce en un año. Buena parte se concentra en las grandes economías industrializadas, Estados Unidos y en China.
Nunca se había debido tanto dinero en términos absolutos. Mientras las potencias disputan el control del futuro, la humanidad parece haber construido una parte de su presente sobre una promesa cada vez más difícil de cumplir: que el crecimiento de mañana será suficiente para pagar los compromisos de hoy.
El vértigo no reside únicamente en el tamaño de esa montaña de endeudamiento, sino en su calendario de vencimientos. El mercado mundial de bonos soberanos y corporativos acumula alrededor de 109 billones de dólares en títulos en circulación.
Tan solo en 2026, se prevé que gobiernos y empresas recurran a esos mercados por 29 billones de dólares, una parte considerable no para financiar nuevas inversiones, sino para refinanciar obligaciones anteriores.
En los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), aproximadamente el 78% del endeudamiento soberano previsto para este año se destinará a sustituir deuda existente, mientras que un tercio de sus bonos gubernamentales a tasa fija registrados al cierre de 2025 vencerá entre 2026 y 2028. La nueva Guerra fría no se libra únicamente con semiconductores, algoritmos y centros de datos: también depende de la capacidad de financiar una competencia cada vez más costosa.
El mundo no solo vive de dinero prestado; depende de que sus acreedores sigan creyendo que se pueda pagar.
Cuando la confianza de los acreedores comienza a resquebrajarse, la deuda deja de ser una abstracción financiera y sus consecuencias empiezan a sentirse en las calles. Francia ofrece hoy una imagen inquietante de esa tensión.
Mientras París y otras ciudades se estremecen con protestas por el encarecimiento de la vida y el deterioro de los servicios públicos, el rendimiento de los bonos franceses a diez años se acerca al 5%, niveles no vistos desde 2002. El gobierno necesita reducir su déficit para contener el costo de su deuda, pero una sociedad cada vez más inconforme exige mayores recursos para apoyos sociales, educación, salarios y servicios públicos.
La segunda economía de la zona euro se encuentra así atrapada entre dos fuerzas difíciles de reconciliar: las exigencias de sus acreedores y las demandas de sus ciudadanos. Vuelve el fantasma de la crisis de deuda europea de 2012, con una diferencia preocupante: Francia es una economía mucho mayor que Grecia, y las consecuencias de una crisis financiera podrían extenderse mucho más allá de sus fronteras.
Más allá de los balances de los gobiernos, la inquietud comienza a extenderse entre las empresas que prometen un porvenir idílico. La revolución de la inteligencia artificial exige construir una infraestructura colosal de centros de datos, semiconductores y energía, financiada en buena medida con dinero prestado.
Un botón de muestra reciente es CoreWeave, una empresa estadounidense que alquila capacidad de procesamiento para inteligencia artificial y que acumulaba unos 35,500 millones de dólares en deuda financiera a mediados de 2026. En junio de este año emitió bonos que ofrecían un rendimiento cercano al 9.7% anual.
Apenas cuatro meses después, esos mismos títulos llegaron a negociarse en octubre con rendimientos del 15%. ¿Qué significa esto?
Que los inversionistas comenzaron a venderlos a precios cada vez más bajos ante el temor de que la empresa tenga dificultades para cumplir sus obligaciones.
No es un caso aislado. A mediados de octubre, las acciones de Nebius, otra empresa dedicada a proporcionar infraestructura para inteligencia artificial, llegaron a caer más del 15% en una sola jornada; las de IREN, operadora de centros de datos, casi un 10%; y las de Oracle, uno de los gigantes históricos del software que también ha recurrido al endeudamiento para expandir su infraestructura tecnológica, más del 7%, mientras sus bonos perdían valor.
Aunque las caídas bursátiles no significan necesariamente que estas compañías enfrenten problemas de solvencia, revelan una duda cada vez más extendida: ¿podrán las inversiones multimillonarias en inteligencia artificial generar suficientes ganancias para justificar su costo? Los mercados comienzan a distinguir entre los gigantes tecnológicos que pueden financiar su expansión con sus propios recursos y las empresas que dependen de préstamos cada vez más costosos.
Incluso las tecnologías más revolucionarias deben someterse a una vieja ley de la economía: las promesas no pagan intereses.
El peligro no reside únicamente en cuánto deben unas cuantas empresas, sino en cómo comienzan a depender financieramente unas de otras. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), los gigantes tecnológicos como Microsoft, Google y Amazon, conocidos como hyperscalers, pasaron de representar menos del 1% de las nuevas emisiones mundiales de bonos corporativos de alta calidad crediticia en 2024 al 10% en 2026.
Detrás de esta expansión se esconde un fenómeno todavía más desestabilizador: el llamado financiamiento circular. Su funcionamiento es relativamente sencillo: una gran empresa tecnológica invierte en una compañía de inteligencia artificial que, a su vez, utiliza esos recursos para comprarle servicios de procesamiento, almacenamiento de datos o semiconductores.
El FMI identificó catorce grandes operaciones de este tipo desde 2023, que involucran alrededor de 300 mil millones de dólares en inversiones de capital, 650 mil millones en deuda y compromisos de ingresos futuros por 1.4 billones de dólares. Estas cifras corresponden a distintas formas de financiamiento y contratación, pero revelan una profunda interdependencia.
Mientras las ganancias crezcan, el engranaje puede seguir girando. Pero si las expectativas no se cumplen, una misma empresa podría perder simultáneamente el valor de sus inversiones y los ingresos de sus clientes.
La paradoja es perturbadora: quienes prometen construir el futuro comienzan a financiarse mutuamente con las ganancias que esperan obtener de ese mismo futuro.
La deuda de los gobiernos, de las empresas y de los hogares aparece en balances diferentes, aunque todas forman parte de un mismo engranaje económico. Cuando el crédito se encarece, las familias destinan una mayor proporción de sus ingresos al pago de intereses y reducen su consumo; las empresas venden menos, frenan sus inversiones y pueden recortar empleos; mientras los gobiernos enfrentan una menor recaudación fiscal precisamente cuando necesitan más recursos para atender sus propias obligaciones.
El círculo también puede comenzar en sentido contrario: un gobierno obligado a reducir su gasto puede debilitar la actividad económica, deteriorar los ingresos de las empresas y comprometer las finanzas de millones de familias. La interdependencia no se limita, pues, a la industria tecnológica.
Existe una peligrosa cadena de dependencias en la que las dificultades de unos pueden convertirse en las pérdidas de otros. La verdadera amenaza no reside solamente en la magnitud de cada deuda, sino en la posibilidad de que las tres terminen alimentando una misma crisis.
¿Cómo puede una crisis de deuda propagarse de un sector a otro y terminar amenazando a toda la economía? La respuesta está en los vasos comunicantes del sistema financiero.
Los bonos emitidos por gobiernos y empresas terminan en manos de bancos, aseguradoras, fondos de inversión y fondos de pensiones que administran los ahorros de millones de personas. Cuando aumenta la desconfianza y los inversionistas exigen mayores rendimientos, el precio de esos bonos cae y quienes los poseen ven disminuir el valor de sus inversiones.
Si además necesitan recuperar efectivo para atender retiros de sus clientes o cumplir compromisos financieros, pueden verse obligados a vender sus activos, provocando nuevas caídas y alimentando una espiral de pérdidas. El problema puede extenderse entonces a los bancos, que restringen el crédito, y a las empresas y familias, que encuentran cada vez más difícil financiarse.
Así, lo que comienza como una sacudida en los mercados de bonos puede terminar convertido en una crisis de la economía real. Las crisis financieras rara vez conocen fronteras: viajan por los hilos invisibles que conectan las deudas de unos con los ahorros de otros.
El costo más peligroso de esta montaña de deuda quizá no aparezca en los balances financieros, sino en la creciente fractura del contrato social. En muchas democracias capitalistas, había una crisis de legitimidad mucho antes de que los mercados encendieran las alarmas.
El encarecimiento de la vivienda, los alimentos y los servicios esenciales ha erosionado el poder adquisitivo de millones de familias. Para una generación que creció creyendo que estudiar, trabajar y esforzarse garantizaría una vida mejor que la de sus padres, incluso un título universitario ha dejado de ser suficiente para comprar una casa, alcanzar la independencia económica o formar una familia sin angustias financieras.
La promesa de prosperidad compartida sobre la que descansó buena parte del capitalismo democrático comienza a resquebrajarse. Una nueva crisis financiera podría profundizar la frustración hasta convertirla en una ruptura política.
Cuando una democracia deja de ofrecer una perspectiva creíble de progreso, el descontento puede dejar de dirigirse contra un gobierno para volverse contra el propio sistema. Ese vacío no sería necesariamente ocupado por un modelo más justo, sino quizá por nuevas formas de autoritarismo que prometan orden, seguridad y prosperidad a cambio de libertades.
Los Estados pueden refinanciar sus deudas, pero las democracias no pueden hacer lo mismo con la confianza de sus ciudadanos.
El desenlace, sin embargo, no está escrito. Refinanciar una deuda no equivale necesariamente a estar en quiebra: la diferencia está en poder atenderla sin exigir sacrificios económicos y sociales imposibles de cumplir.
La alarma aparece cuando los intereses absorben una proporción creciente de los ingresos y renovar los préstamos resulta cada vez más caro, mientras la capacidad de pagarlos apenas mejora. Francia e Italia enfrentan la presión del envejecimiento, las obligaciones pensionarias y un crecimiento débil.
México ofrece una advertencia particularmente preocupante: después de registrar un déficit fiscal equivalente al 5.8% del PIB en 2024, todavía arrastra uno estimado en 4.2% para 2026, mientras el crecimiento económico permanece anémico.
El gobierno acumula compromisos por pensiones, programas sociales y subsidios improductivos, al tiempo que destina cuantiosos recursos al rescate recurrente de Pemex, sin generar una expansión equivalente de la inversión productiva ni de los ingresos necesarios para sostener esas obligaciones. La deuda amenaza así con convertirse en un mecanismo para financiar compromisos presentes, en lugar de construir las fuentes de riqueza que permitirían pagarlos mañana.
Pero hay ejemplos a seguir. Portugal ha reducido considerablemente el peso de su deuda combinando crecimiento y disciplina presupuestaria. Dinamarca demuestra que un Estado de bienestar amplio puede coexistir con una deuda pública baja. La frontera no pasa simplemente entre gobiernos de izquierda y de derecha, ni entre gasto social e inversión. Pasa entre compromisos respaldados por una economía capaz de sostenerlos y promesas que crecen más deprisa que los recursos para cumplirlas. En pocas palabras: primero hay que generar riqueza para después distribuirla; no se puede repartir lo que todavía no existe.
Alemania intenta fortalecer esa base con un fondo de 500 mil millones de euros, financiado mediante endeudamiento, para modernizar su infraestructura: una apuesta cuyo resultado dependerá de que las obras eleven realmente la productividad, no de que el presupuesto las bautice como inversión. Esa misma prueba decidirá buena parte de la nueva Guerra fría.
Estados Unidos conserva ventajas importantes en inversión privada y centros de datos; China, sin embargo, ya disputa el liderazgo en el desempeño de sus modelos de inteligencia artificial y encabeza la instalación de robots industriales. Son fortalezas diferentes, no un veredicto sobre quién ganará.
Tampoco existe inmunidad financiera: Washington arrastra una trayectoria fiscal insostenible sin cambios en su política fiscal, mientras Beijing carga con los excesos inmobiliarios y las deudas de sus gobiernos locales, recordatorio de que construir mucho no siempre significa construir riqueza. Tendrá mejores posibilidades quien convierta el capital en productividad, la productividad en ingresos y esos ingresos en una prosperidad suficientemente compartida para preservar la estabilidad social.
La crisis no es inevitable, pero tampoco bastará con invocar la revolución tecnológica para conjurarla por decreto. El mundo ha hipotecado el mañana; ahora debe demostrar que está construyendo algo más que los intereses de su próxima deuda. ~
El autor es fundador de News Sensei, un brief diario con todo lo que necesitas para empezar tu día. Engloba inteligencia geopolítica, trends bursátiles y futurología. ¡Suscríbete gratis aquí!
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 21 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/economia/el-mundo-al-filo-de-la-deuda/21/10/2026/.
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