enero 17, 2022

Distopías en tiempos distópicos: series y libros después del apocalipsis

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Actualizado Miércoles,
12
enero
2022

01:32

Varias novedades desafían la fatiga pandémica con nuevas vueltas de tuerca al género postapocalíptico

Gael García Bernal, en 'Estación Once'.
Gael García Bernal, en ‘Estación Once’.

«Si hay algo más aterrador que una novela distópica sobre el futuro, es una novela distópica sobre el futuro que se escribió en el pasado y que ya ha empezado a hacerse realidad». La frase de Gloria Steinem en el prólogo de La parábola del sembrador de Octavia E. Butler (Capitán Swing) es de lo más pertinente en este mundo post covid en el que seguimos buscando darle un sentido y un final que quizá no existan.

La capacidad profética de Dean R. Koontz, que anticipó la pandemia de manera en Los ojos de la oscuridad (1981), es sólo un ejemplo del poder de la ficción para plantear futuros tan verosímiles que acaban por ser reales. En su papel de augures, escritores y guionistas tienen la capacidad de iluminar, desafiar o deconstruir nuestro pandémico presente.

Así lo demuestran series y libros como Estación Once, Anna o MaddAddam, el cierre de la trilogía homónima de Margaret Atwood. En todas estas miradas oblicuas a nuestro presente escritas años antes del covid, la causante de distintos tipos de futuros distópicos es ¡una pandemia!

«La supervivencia no es suficiente» es el lema explícito de Estación Once, la serie de HBO Max basada en la novela de Emily St. John Mandel que ganó el premio Arthur C. Clarke y fue finalista del National Book Award en 2015. Tanto es así, que libro y serie renuncian al ya clásico relato de supervivientes repetido hasta la náusea zombi por The walking dead y similares. La narración no está exenta de dramatismo, pero un cálido aliento humanista acoge al espectador/lector desde los primeros compases de esta historia de esperanza y redención.

Detrás de esa sensación de ternura, melancolía y, por momentos, comicidad que atraviesa la serie está Patrick Sommerville. El responsable de The Leftovers, Maniac y esta ejemplar adaptación en fondo y forma, narra con ayuda de directores como Hiro Murai o Jeremy Podeswa las vicisitudes de un grupo de personajes interconectados entre sí antes y después del cataclismo pandémico.

El reloj del fin del mundo no ha dado aún la última hora, y los escasos supervivientes han tenido que aprender a valérselas por sí mismos en un mundo sin tecnología, agrupándose en pequeñas comunidades como la Sinfonía Viajera. Este grupo itinerante de actores y músicos se dedica a girar sin descanso por la zona de los Grandes Lagos, en pleno corazón de Estados Unidos, representando obras de Shakespeare como si les fuera la vida en ello. Y, de alguna manera, así es: los comediantes son un último reducto de vitalismo. En último término, Estación Once no es si no una reflexión, a ratos enigmática, a ratos conmovedora, sobre lo que da verdadero sentido a las vidas humanas, lo que elegiríamos salvar si lo perdiéramos todo.

Fotograma de la serie 'Anna'
Fotograma de la serie ‘Anna’

Por su parte, la miniserie Anna, una coproducción franco-italiana disponible desde diciembre en Disney+, parte de un inquietante planteamiento: un virus llamado «la roja», por las manchas en la piel de quien lo contrae, ha acabado con todos los adultos. La enfermedad está latente en los niños hasta que llegan a la adolescencia, así que el caos se ha apoderado de lo que ya no son más que las decadentes ruinas del pasado reciente.

Niccolò Ammaniti, director de la serie y autor del libro de 2015 en el que se basa, convierte los imponentes paisajes sicilianos en los que transcurre la historia en un país de las pesadillas visto desde el punto de vista de un niño: una mezcla de carnaval, delirio onírico y basura. Por momentos, Ammaniti se recrea en una violencia realista y macabra, más desagradable aún al tratar de inocencias truncadas. Pero a veces también se deja llevar por la tradición de lo fantástico en el cine italiano. Anna parece a veces en El señor de las moscas pasado por Fellini y Sorrentino.

Pocos pueden hablar de profecías cumplidas y certeras distopías con la autoridad de Margaret Atwood. La autora de El cuento de la criada aún no tiene toda su obra disponible en castellano, una laguna que Ediciones Salamandra pretende subsanar con la publicación de la trilogía MaddAddam. La entrega homónima, tercera y última parte de esta sátira en clave ecologista, continúa lo narrado en Oryx y Crake y El año del diluvio, ambientadas en un mundo post apocalíptico que explora las implicaciones sociales de la biociencia y extrapola los horrores de nuestra actual trayectoria medioambiental.

Atwood ya sabía en 2003, cuando se publicó la primera entrega, que íbamos directos hacia el desastre, sin volante y sin frenos, y de ahí esta divertida y mordaz ficción especulativa en la que también queda sitio para el afecto.

Es probable que, como ha sucedido con Utopía, la nueva adaptación televisiva de Apocalipsis de Stephen King o la versión de Y: El último hombre, Estación Once, Anna y MaddAddam sean víctimas de la fatiga pandémica. Sería un error. Ya que iniciamos este viaje con una cita, pongamos el broche con otra, cosecha de Atwood: «La gente necesita historias porque por muy oscura que sea, una oscuridad con voces en ella es mejor que un silencioso vacío».

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