Demócratas rompen bastión republicano en Texas y ganan gubernatura

La política no obedece exactamente a las leyes de Newton, pero el martes Donald Trump comprobó que a veces se le parece demasiado.

Texas llevaba más de treinta años como bastión republicano, quizá la expresión más clara del conservadurismo estadounidense. Era difícil imaginar que cambiara. Al menos, hasta el martes.

Los demócratas ganaron la gubernatura, la senaduría federal, recuperaron los condados fronterizos con México y ganaron la Cámara de Representantes estatal, además de otros cargos estatales relevantes.

La misma marea les permitió recuperar ambas cámaras del Congreso federal y ganar en estados dominados por Trump hace apenas dos años. Sí, hubo una gran ola azul. Algo que probablemente termine recordándose como el “bluenami” de 2026.

Los republicanos justificaron su derrota con una verdad histórica. El partido del presidente en turno suele perder las elecciones intermedias. Cierto, pero no así.

Texas no se volvió California y quienes apoyaron a Trump en 2024 tampoco cambiaron necesariamente de ideología. Hicieron algo mucho más sencillo. Sacaron cuentas.

Casi nueve de cada diez electores señalaron el costo de vida como factor importante para decidir su voto. Responsabilizaron las políticas económicas de Trump, sus aranceles y su guerra con Irán.

Trump 2.0 prometió que los extranjeros pagarían los aranceles, regresarían los empleos y los estadounidenses terminarían “cansándose de tanto ganar”. Dos años después, se cansaron, pero de tanto gastar.

Los demócratas aprendieron esa lección a la mala en 2024, cuando pagaron por una economía que presumía buenos indicadores mientras millones sentían que todo costaba más. Esta vez dejaron de explicarles por qué deberían sentirse bien y reconocieron por qué se sentían mal.

Texas resume la historia. Los demócratas presentaron candidatos competitivos, mientras Trump metió el “dedazo” en candidaturas republicanas que terminaron perdiendo. A eso se sumó un esfuerzo demócrata de años, trabajando en territorio donde antes daban por hecha la derrota.

Elon Musk gastó alrededor de 446 millones de dólares en estas elecciones, de los cuales casi 230 millones se destinaron a respaldar la campaña del republicano Ken Paxton por el escaño tejano en el Senado. Se trató de la mayor aportación individual en una elección no presidencial en la historia moderna de Estados Unidos y de la contienda por el Senado más cara de la historia. El demócrata James Talarico ganó de todas formas.

Trump tampoco puede decir que no lo intentó

En los últimos 32 días de campaña realizó 30 actos en 20 estados y encabezó 21 eventos. Una y otra vez pidió votar como si su propio nombre estuviera en la boleta.

Ahora, los demócratas tendrán que demostrar que pueden resolver los problemas y que ganar una ola no garantiza su permanencia.

Para México, el resultado no cambia tanto como algunos podrían imaginar. Trump sigue en la Casa Blanca y conserva amplias facultades ejecutivas en comercio, migración, seguridad y política exterior. Un Congreso demócrata podrá ponerle contrapesos, pero no sustituirlo.

Las grandes victorias producen la ilusión de que las mayorías son eternas. Los votantes no abandonaron a Trump porque se enamoraran de los demócratas.

Muchos simplemente se cansaron de las mentiras, del populismo, de los escándalos de corrupción, del amiguismo, de los intocables, de la concentración del poder, del debilitamiento de los contrapesos y de una lógica donde la lealtad pesa más que la capacidad.


Nota original publicada en el portal de El Universal el 7 de noviembre de 2026: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/amador-narcia/todo-lo-que-sube-tiene-que-bajar/.

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