La historia oficial quiere hacernos creer que la izquierda mexicana es una sucesión natural, casi dinástica: de Lázaro a Cuauhtémoc y de Cuauhtémoc a López Obrador. Es un relato útil para quien necesita linaje, pero falso en su médula. Cuauhtémoc Cárdenas no es el antecedente de Morena. Es su contradicción.
Hay que recordar qué significó Cárdenas en la historia moderna de México para medir el tamaño de esa contradicción. Su ruptura en 1987 no fue una disputa por una candidatura. Fue una herejía contra la teología del PRI. La Corriente Democrática impugnó el dogma central del sistema: que el presidente es fuente de toda legitimidad, que de él emanan las candidaturas, la disciplina y la historia. El Frente Democrático Nacional de 1988 no solo denunció un fraude, exigió otra cosa más profunda: que el gobierno dejara de ser juez y parte. Que hubiera reglas y árbitro.
De esa obsesión, que era liberal antes que de izquierda, nació la transición. El IFE ciudadano de 1996, la autonomía del Tribunal Electoral, la competencia real, la posibilidad misma de que en 1997 la Ciudad de México eligiera por primera vez a su gobernante, y que ese gobernante fuera él. El cardenismo democrático fue, si se le mira con honestidad, la izquierda que se hizo republicana. La que entendió que sin instituciones que limiten al poder no hay justicia social posible, solo reparto administrado por un caudillo.
Morena es la restauración de aquello contra lo que Cárdenas se rebeló.
Lo es en su idea del poder. Cárdenas quería un presidente acotado. La gran lección que sacó del priismo fue que el presidencialismo imperial era incompatible con la democracia. Morena reinstaló ese presidencialismo y lo dotó de una mística que el PRI jamás se atrevió a darle. Volvió el dedazo, ahora bajo el nombre de encuesta; volvió la disciplina como fe, el gabinete como coro, la idea de que disentir del presidente es traicionar al pueblo. El PRI exigía lealtad. Morena exige creencia.
Lo es en su idea de las instituciones. El cardenismo luchó para que el árbitro no fuera del gobierno. Esa fue su victoria histórica. Morena lucha para que el árbitro sea del gobierno. Su relación con el INE, con el INAI, con la Suprema Corte, con cada órgano autónomo, ha sido la del poder que no tolera el límite. Para Cárdenas, un autónomo fuerte era garantía de que nadie volvería a robarse una elección. Para Morena, un autónomo fuerte es la prueba de que la elección no le pertenece del todo.
Los hechos, que son más tercos que los himnos, lo confirman. Cárdenas renunció al PRD el 25 de noviembre de 2014 denunciando oportunismo y ausencia de autocrítica. Cuando en 2017 se le invitó a Morena, no aceptó. Nunca se afilió. En 2024, a los noventa años, lo zanjó: desde 2014 no está en ningún partido y no volverá a estarlo. Un fundador que no reconoce su supuesta herencia.
No la reconoció porque no la vio como izquierda. Se lo dijo a El País en 2019, con esa sequedad del ingeniero: no veía a Morena ni al gobierno obradorista como izquierda, no sabía dónde se ubicaba ideológicamente y no veía una izquierda organizada en el país. En 2022 lo sistematizó en Por una democracia progresista, un libro incómodo para el obradorismo, donde criticó Dos Bocas, la militarización, la política energética como nostalgia y la revocación de mandato como plebiscito de aclamación. No era la crítica de la derecha. Era la crítica republicana de izquierda.
Y la respuesta del movimiento que dice honrarlo revela la fractura final. El 31 de enero de 2023, López Obrador declaró a Cárdenas su adversario político por su presunta cercanía con Méxicolectivo. El hombre que en 2005 había declinado su propia candidatura para dejarle el camino libre a López Obrador, que nunca avaló plantones ni tomas, fue marcado como enemigo. Cárdenas tuvo que deslindarse, pero la etiqueta quedó. En Morena, como en el viejo PRI, la disidencia no se debate, se excomulga.
Ahí está la clave silva-herzoguiana: el PRD de Cárdenas, con todas sus tribus y sus escándalos, era un partido liberal en el sentido más elemental, un espacio donde se podía perder. Morena es un movimiento antiliberal donde solo se puede acatar. Cárdenas quería crear ciudadanos amparados por instituciones. Morena quiere crear beneficiarios amparados por un líder. Uno imaginó repartir el poder. El otro decidió concentrar el poder para repartir dinero.
Cárdenas murió el 28 de octubre de 2026 sin haber sido nunca morenista, siendo el último fundador vivo del PRD, ese partido que Morena desmanteló para quedarse con su clientela y desechar su idea. Como observó el politólogo Eduardo Sadot, Morena es creación de López Obrador pero fue destrucción del PRD.
Tomó sus símbolos, su 18 de marzo, su 88 mítico, su apellido Cárdenas, pero le extirpó su corazón: la convicción de que el presidente no puede ser dueño del país.
En 1988 Cárdenas dijo: ya no puede haber un presidente que sea el país. Treinta años después, Morena contestó: sí puede, siempre que sea el nuestro.
Nota original publicada en el portal de El Universal el 30 de octubre de 2026: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/maite-azuela/la-antitesis-de-cuauhtemoc-cardenas-es-morena/.
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