– Autor, Eve LivingstonTítulo del autor, BBC Future*
– Fecha de publicación 4 horas
– Tiempo de lectura: 13 min
– Autor, Eve Livingston
– Título del autor, BBC Future*
A principios de la década de 2000, la probabilidad de sufrir una agresión en Escocia era más de tres veces mayor que en Estados Unidos. Sin embargo, cuando las autoridades escocesas comenzaron a abordar los delitos violentos como un problema de salud pública, las cifras se desplomaron y la nación figura ahora entre las más seguras del mundo.
El 24 de octubre de 2008, en el Tribunal del Sheriff de Glasgow (el principal órgano judicial local en Escocia para casos civiles y penales) no había jurado, ni testigos, ni acusados en el banquillo.
En su lugar, frente al juez —que vestía su indumentaria oficial completa—, se encontraban 85 miembros de bandas rivales procedentes del East End de Glasgow, la ciudad más grande de Escocia.
Durante décadas, la zona estuvo azotada por bandas juveniles que se disputaban el territorio, por el crimen organizado y los enfrentamientos por drogas y armas, que convertían los ataques con arma blanca en algo casi cotidiano.
A pesar de sus constantes rencillas, los miembros de las bandas guardaron silencio mientras escuchaban, uno tras otro, a diversos oradores.
Una madre relató cómo vio el rostro irreconocible de su hijo tras sufrir, a los 13 años, un ataque con machete vinculado a las bandas.
Un jugador de baloncesto estadounidense recordó cómo perdió a su hermano a causa de la violencia armada. Médicos y cirujanos describieron laceraciones brutales y deformaciones permanentes.
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El mensaje era claro: la violencia tenía que parar.
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«Si yo hubiera sido la jefa de policía [de la Policía de Strathclyde], probablemente no habría permitido que hiciéramos eso», reflexiona Karyn McCluskey, cofundadora y exdirectora de la Unidad Escocesa de Reducción de la Violencia (SVRU).
Este grupo especializado creado por la policía en 2005 y ampliado a iniciativa nacional al año siguiente por el gobierno escocés fue el responsable de la insólita escena de aquel día.
«Debió de pensar que estábamos locos», comenta. «Ese día tuvimos caballos de la policía en el tribunal y barcos navegando arriba y abajo por el río Clyde, porque era una iniciativa realmente arriesgada. Pero existía cierta permisividad a la hora de intentar hacer algo».
Algo que pareció funcionar. A los miembros de bandas presentes se les facilitó un número de teléfono al que podían llamar posteriormente para recibir apoyo si deseaban abandonar la violencia; después de diez sesiones similares a las que asistieron 473 jóvenes, casi 400 de ellos realizaron la llamada.
La intervención en el tribunal fue la primera de las llamadas «sesiones de derivación voluntaria» de Escocia, parte de los esfuerzos del país para frenar las cifras récord de violencia que azotaban a la nación, y especialmente a Glasgow.
Entre 2003 y 2005, la ciudad registró la tasa de homicidios más alta de Europa.
Naciones Unidas declaró a Escocia el país más violento del mundo desarrollado: los escoceses tenían casi tres veces más probabilidades de sufrir una agresión que los estadounidenses.
Los periódicos informaban constantemente sobre asesinatos macabros y sangrientas peleas entre bandas.
En la década siguiente, la tasa de homicidios cayó un 56% en Glasgow y un 38% en el conjunto de Escocia.
Los delitos violentos en general disminuyeron casi un tercio en todo el país entre 2006 y 2015.
Hoy en día, el número de homicidios en Escocia se encuentra en su nivel más bajo en más de 20 años.
Las cifras de agresiones graves e intentos de asesinato han experimentado un descenso similar.
Si bien las estadísticas ocultan las historias individuales de tragedia y horror que conlleva cualquier delito violento, se trata de un cambio radical y notable.
Actualmente, Escocia ocupa una posición intermedia entre los países europeos en cuanto a homicidios, con tasas per cápita inferiores a las de países como Suecia, Francia o Inglaterra y Gales.
¿Cómo logró una nación, antaño azotada por el uso de armas blancas, las bandas y los asesinatos, un cambio tan decisivo?
En resumen, cambió su forma de percibir la violencia como un problema: dejó de considerarla exclusivamente una cuestión de justicia penal para abordarla también desde la perspectiva de la salud pública.
«Escocia tenía [a principios de la década de 2000] la imagen del hombre duro y bebedor, así como una reputación específica de actividad de bandas y delitos con arma blanca que se remontaba a generaciones atrás, hasta las bandas armadas con navajas del siglo XVIII», explica Will Linden, subdirector de la SVRU y uno de sus primeros empleados.
En 2003, Linden trabajaba como analista policial a las órdenes de McCluskey —entonces jefa de Análisis de Inteligencia de la Policía de Strathclyde— cuando se le solicitó a su departamento que elaborara un informe sobre cómo reducir las cifras de homicidios.
«Al analizar los datos, nos dimos cuenta de que la mayoría de los homicidios ocurrían casi por azar», comenta Linden.
«No estaban planificados ni vinculados al crimen organizado; por lo general, se trataba simplemente de un par de personas que se veían envueltas en una pelea en la que una sacaba un cuchillo y apuñalaba a la otra.
«Empezamos a ver que no se podía diseñar una estrategia para abordar los homicidios sin analizar la violencia en su conjunto, yendo más allá de la mera actuación policial».
La crisis en Glasgow era de tal magnitud que el jefe de policía de aquel entonces, William Rae, les dio a McCluskey y a su colega John Carnochan —subjefe del Departamento de Investigación Criminal— prácticamente vía libre para intentar solucionar el problema.
Rae creó el equipo que acabaría convirtiéndose en la Unidad de Reducción de la Violencia (SVRU) dentro del cuerpo policial, aunque operando en sus márgenes; esto le permitía a la policía atribuirse los éxitos y, al mismo tiempo, desvincularse de los fracasos.
«Tuvimos cierto margen de maniobra y se nos permitió fracasar», señala McCluskey.
«Existía la convicción de que, ante una situación tan terrible, es necesario reinventarlo todo».
Desde sus inicios, la SVRU adoptó un enfoque de salud pública frente a la violencia, caracterizándola más como una enfermedad que como un delito.
Optaron por centrarse en la prevención y la intervención en lugar de limitarse a reaccionar una vez ocurrido el hecho.
McCluskey compara este enfoque con el abordaje del sarampión: tratar a los ya infectados, vacunar a los grupos de mayor riesgo y trabajar para prevenir el contagio en el conjunto de la comunidad.
Fue una decisión clave para el éxito posterior.
En su forma más sencilla, un enfoque de salud pública para abordar la violencia comienza con la recopilación de datos para identificar y comprender el problema, antes de examinar los factores que ponen a las personas en riesgo y aquellos que las protegen.
Casi dos tercios de todos los actos violentos afectan a tan solo el 1% de la población de Escocia.
Entre los factores de riesgo figuran ser un hombre joven residente en una zona socialmente desfavorecida, así como el desempleo, la pobreza y el hecho de crecer en un entorno familiar inestable.
Por otro lado, factores que parecen proteger frente a la violencia incluyen la continuidad en los estudios y el mantenimiento de relaciones sólidas con los padres.
Después, se desarrollan intervenciones —que abarcan desde iniciativas como la del Tribunal del Sheriff de Glasgow hasta grupos de apoyo entre iguales, programas educativos y colaboraciones con trabajadores sociales, médicos y docentes— para reducir el riesgo y aumentar la protección.
Estas medidas se ponen a prueba, se implementan y se amplían cuando tienen éxito; y entonces, el ciclo vuelve a comenzar.
Sin embargo, muchas de las ideas implementadas por la SVRU se tomaron de otras partes del mundo.
La idea de abordar la violencia como un problema de salud pública surgió en Estados Unidos en la década de 1970.
Posteriormente, fue adoptada por la Organización Mundial de la Salud en 1996, cuando esta declaró la violencia como un grave problema de salud pública a escala mundial.
Un aspecto clave del enfoque de la SVRU fue tomar lo aprendido en otros lugares y adaptarlo a la situación particular de Escocia.
Sus sesiones de derivación voluntaria —mencionadas al principio de este artículo— se inspiraron en un programa contra la violencia de pandillas de Cincinnati (Ohio), el cual, a su vez, surgió del Proyecto de Chicago para la Prevención de la Violencia.
Este último también adoptó un enfoque de salud pública frente a la violencia en una ciudad que había experimentado un aumento drástico de los homicidios, más de la mitad de los cuales estaban relacionados con la actividad de las pandillas.
«En lo que realmente nos volvimos expertos fue en la implementación de otras ideas dentro del contexto específico de Escocia», afirma Linden.
«No se puede simplemente tomar algo que funciona en Chicago o Finlandia y aplicarlo tal cual en Glasgow, ni algo que funciona en Glasgow y trasladarlo a Edimburgo. Hay que comprender la escala y la naturaleza del propio problema para lograr que funcione».
Para la SVRU, esto supuso salir de las comisarías y adentrarse en hospitales, escuelas, departamentos de servicios sociales, programas de atención a jóvenes y comunidades.
Se le dio formación a dentistas para intervenir: aprendieron a reconocer lesiones derivadas de la violencia, a documentarlas como tales y a orientar a los pacientes hacia recursos de ayuda sin que tuvieran siquiera que levantarse del sillón.
Asimismo, se logró convencer a los responsables educativos de que dejaran de expulsar a los alumnos: en el curso 2022-2023 se registraron menos de 12.000 expulsiones en Escocia, frente al máximo de casi 45.000 alcanzado en 2006-2007.
A medida que la iniciativa ganaba difusión, otras personas se sumaron a ella.
En 2008, la cirujana oral Christine Goodall y dos colegas fundaron la organización benéfica Médicos contra la Violencia.
Nota original publicada en el portal de bbc.com el 12 de julio de 2026: https://www.bbc.com/mundo/articles/cm20jgjd8e1o?at_medium=RSS&at_campaign=rss.
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