El ultraderechista Abelardo de la Espriella tomó posesión ayer como presidente de Colombia para el periodo 2026-2030. Su investidura y sus primeras horas como mandatario fueron un aviso de lo que puede esperarse en su gobierno: después de ser juramentado por el Congreso, dejó plantados a los legisladores y a sus invitados internacionales para pronunciar su discurso inaugural en un cuartel, de frente a la tropa y no a los poderes civiles. Su primer acto de gobierno fue someter a Colombia al Escudo de las Américas, la alianza de gobiernos latinoamericanos subordinados a Donald Trump.
Su mensaje a la nación desde el Batallón Pichincha se caracterizó por el estilo meticulosamente planificado, que lo distingue de líderes ultras caóticos como el estadunidense o el argentino Javier Milei, con declaraciones que bajo una mirada superficial parecen institucionales y hasta conciliatorias. Sin embargo, no dejó de lado los gestos exagerados, los insultos y las amenazas que ya son imprescindibles en el repertorio de la escenificación del poder entre los líderes de esta corriente que arrasa en la región.
Vale la pena contrastar los dichos del abogado con sus antecedentes y su contexto. “El Tigre ha llegado y sabrán lo duro que muerde cuando se trata de defender al pueblo colombiano”, gritó ayer. Una declaración grandilocuente en boca de alguien que no dijo una sola palabra sobre el asesinato del colombiano Joan Sebastián Durán Guerrero a manos del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) de Estados Unidos el pasado 13 de julio. Y cerró con un “Firmes por la patria, que viva Cristo Rey”, firmeza que no parece propia de alguien que antes descartó participar en política “en un país como éste, que no agradece nada. Yo no voy a sacrificar a mi familia por este país de desagradecidos, desleales y cafres”. En Colombia, un cafre es una persona bárbara, incivilizada.
Durante su campaña electoral, aseguró que formaría el gobierno de “los nunca”, de la sociedad olvidada por los políticos tradicionales. Sin embargo, recibió los apoyos de todos los partidos de la derecha, de los grandes cacicazgos regionales, de la práctica totalidad de los medios de comunicación y de todo el gran empresariado. Nadie lo puede acusar de desagradecido: su gabinete está conformado por miembros de la oligarquía que por dos siglos se repartió el país, por familiares o peones de los clanes que le dieron su respaldo, ex funcionarios del uribismo y representantes de los dueños de los capitales. Por ejemplo, la ministra de Deporte es hermana del poderoso alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, y carece de experiencia en el ámbito. La ministra de Salud es la dirigente del gremio que agrupa a las aseguradoras que han saqueado al país y que niegan servicios a los ciudadanos como herramienta de extorsión para exigir más dinero al Estado. Aunque aseguró que “la educación no puede ser un instrumento de adoctrinamiento ideológico” y “las aulas pertenecen al conocimiento, la ciencia, nunca a la propaganda política”, su ministra de Educación es una ultraconservadora que representa a movimientos cristianos. En lo que ha sido honesto es en su intención de reactivar la economía del despojo dando vía libre a petroleras y mineras.
En su discurso citó al dirigente histórico del Partido Conservador Álvaro Gómez Hurtado –cuyo hijo es ahora ministro de Hacienda–, sobre quien dijo: “Tenía razón: la violencia no ha solucionado ningún problema de Colombia, sólo ha multiplicado nuestras tragedias”. Sin embargo, todo su programa de seguridad consiste en desatar el terrorismo de Estado y traer de vuelta el paramilitarismo. Este fenómeno alcanzó su clímax durante el gobierno del genocida Álvaro Uribe (2002-2010), cuando el ejército dio apoyo activo a los escuadrones de la muerte formados por latifundistas para aniquilar toda resistencia campesina. Ésa es la política de seguridad que De la Espriella ha elogiado, que defendió en tribunales y que promete revivir. Ésta incluye fumigaciones con glifosato sobre plantaciones de coca, que fueron un programa estrella del uribismo, el cual destruyó indiscriminadamente cultivos lícitos e ilícitos, envenenó la tierra, dejó a decenas de miles de campesinos sin sustento y asesinó por intoxicación a un número incuantificado de personas, en su mayoría indígenas.
Como todos los ultraderechistas, De la Espriella vocifera en nombre de la libertad, pero como litigante persiguió a más de 100 periodistas mediante demandas civiles dirigidas a intimidar cualquier voz crítica con sus actividades y llevar a la bancarrota a quienes denunciaron sus relaciones con paramilitares, políticos corruptos y empresarios inescrupulosos. Esos periodistas saben bien lo que espera a cualquiera que exprese disenso ahora que el abogado de narcos cuenta no sólo con el poder económico, sino con toda la fuerza del Estado y la complicidad de los medios de comunicación.
Son tiempos oscuros los que aguardan a Colombia, la mitad de cuyos electores se dejó arrastrar por el espejismo de un nacionalismo de oropel, un discurso de mano dura en materia de seguridad y la promesa de una restauración de valores ultramontanos que no tienen cabida en una sociedad democrática y plural.
Nota original publicada en el portal de La Jornada el 8 de agosto de 2026: https://www.jornada.com.mx/2026/08/08/opinion/002a1edi?partner=rss.
#ExpresionSonoraNoticias #Sonora #Hermosillo #RedesSociales #ESN #Siguenos #NoticiasSonora #HermosilloInforma #SonoraMX #MexicoInforma #NoticiasMexico
