Janeth sabe que su hermano Gerardo ya está muerto, pero lo sigue buscando.
El joven salió de su casa en Jalisco el 18 de febrero de 2026 para realizar una entrevista de trabajo. Le prometieron un buen empleo en la construcción en el estado de Colima, con la posibilidad de regresar a casa los fines de semana, pero todo fue un engaño. En realidad, un grupo criminal lo trasladó a la sierra de Zacatecas para someterlo a un adiestramiento forzado.
Gerardo tenía 27 años, era albañil y vivía en Tlajomulco de Zúñiga, municipio que forma parte del área metropolitana de Guadalajara.
Su hermana Janeth denunció la desaparición y, a mediados de abril, Gerardo logró comunicarse con ella por primera vez.
“Quita la denuncia, hermana, porque si se enteran que me estás buscando me va a ir peor. Aquí está de la chingada”, soltó.
Para entonces, Gerardo ya estaba en la zona serrana del sur de Sinaloa, a cientos de kilómetros de su casa, en medio de la guerra interna del cártel.
Janeth mantuvo la denuncia y, durante meses, insistió ante la fiscalía de Jalisco para que rescataran a su hermano, pero la petición no avanzó. A pesar del cautiverio, Gerardo siguió en contacto con su hermana mediante llamadas y mensajes, al menos una vez por semana. Le decía que no quería estar ahí y que vivía en peligro constante, pero conservaba la esperanza de volver a casa y ver a su hijo.
Cada vez que lograban comunicarse, Janeth intentaba darle ánimo y le pedía que no perdiera la fe; a veces le sugería que escapara o pidiera auxilio a los militares o a la policía, pero Gerardo temía que lo asesinaran si intentaba huir.
El domingo 21 de junio fue Día del Padre y Janeth despertó inquieta; había soñado con Gerardo. Apenas abrió los ojos le envió un mensaje por WhatsApp para felicitarlo, pero no recibió respuesta. Preocupada, insistió durante todo el día con llamadas y mensajes.
Después se abrió una zanja larga de espera hasta que, el viernes 26 de junio, recibió la llamada de un desconocido que aseguró haber sido compañero de Gerardo. Al escucharlo, notó una voz aún infantil que le contó lo que al parecer había ocurrido el domingo pasado: desde el aire, un dron comercial lanzó un explosivo sobre un campamento oculto en las faldas de una montaña del sur de Sinaloa. El artefacto cayó cerca de Gerardo y lo mató al instante.
El muchacho narró entre sollozos que él intentó cargar el cuerpo de Gerardo, pero no pudo porque el grupo armado contrario se acercaba y apenas le quedaba tiempo para salvarse a sí mismo. Tuvo que dejarlo en medio de la montaña.
En aquella llamada, una y otra vez el muchacho le pidió perdón por haber abandonado el cuerpo. También le prometió ayudarla y le dio indicaciones para llegar a los restos de su hermano: nombres de los poblados, una distancia aproximada hacia lo alto de la sierra y la referencia de un barranco.
Desde entonces, Janeth ha seguido esas indicaciones pero no logra encontrarlo. Las lluvias que comenzaron a mediados de julio han hecho crecer el monte y borraron los rastros del camino.
Janeth sabe que su hermano Gerardo ya está muerto, pero lo sigue buscando. Se niega a cesar la búsqueda porque Gerardo tiene un hijo de 10 años que todavía no sabe que su padre falleció, y ella, su tía, no quiere que crezca con la enorme angustia de la incertidumbre.
Por eso hoy, 14 de septiembre, Janeth ha regresado por tercera vez a la sierra del sur de Sinaloa.
Es una persona delgada, de cabello negro y lacio que este día viste unos pantalones vaqueros y una blusa negra de manga larga. El día está dedicado a buscar a su hermano. La acompañan integrantes del colectivo de búsqueda Por las Voces sin Justicia de Mazatlán, la Comisión Estatal de Búsqueda y elementos de seguridad.
Antes de iniciar la revisión, justo a las 10:39 de la mañana, Janeth prende una veladora y coloca a un costado la foto de su hermano. Después camina por las veredas, se abre paso entre la maleza y deja pequeños letreros escritos a mano que pega con cinta transparente sobre los húmedos troncos de los árboles. En ellos anota un número de teléfono y ruega por cualquier pista que permita encontrarlo.
“Mi hermano murió aquí el Día del Padre, solo quiero llevarme su cuerpo, te lo imploro”, escribe en uno de los letreros.
Janeth sabe que su hermano Gerardo ya está muerto, pero lo sigue buscando.
Durante más de dos años, la guerra entre las facciones del Cártel de Sinaloa ha dejado más de 4 mil homicidios y 4 mil 500 desapariciones en la entidad con poco más de 3 millones de habitantes, según datos de la Fiscalía General del Estado de Sinaloa. El conflicto ha desatado una violencia brutal, marcada por el uso de explosivos artesanales lanzados desde drones, cuerpos cercenados expuestos en las calles, así como casas y negocios incendiados.
Para sostener esta batalla, los grupos en disputa han extendido sus redes de reclutamiento a otros estados del país, donde adolescentes y jóvenes son atraídos con falsas ofertas de empleo y promesas de sueldos elevados. A unos los reclutan con engaños, a otros les dicen la verdad. Después son trasladados a campamentos de entrenamiento y enviados a las zonas de batalla.
Nadie conoce la cifra real del reclutamiento de jóvenes y menores en México, pero en esta investigación periodística se documentó un incremento en el número de personas foráneas desaparecidas en Sinaloa a partir de septiembre de 2024, justo cuando se desató la violencia. De 142 casos registrados en 2023, la cifra pasó a 208 en 2024, y alcanzó 231 reportes en 2025, un aumento del 63% respecto al año previo al conflicto.
Entre septiembre de 2024 y junio de 2026, en medio de la guerra interna del cártel, las personas desaparecidas en Sinaloa llegaron a 536; la cifra representa más de la mitad de todos los casos registrados en los cinco años previos, entre 2019 y 2023.
El incremento de las desapariciones coincide con una estrategia de reclutamiento forzado utilizada por grupos criminales para sostener la guerra, según los testimonios de víctimas y especialistas entrevistados. A partir de sus relatos se lograron reconstruir dos rutas de reclutamiento que conectan los estados de Jalisco y Durango con Sinaloa. Durango, Jalisco, Sonora y Chihuahua concentran el 44% de las personas originarias de otras entidades que fueron reportadas como desaparecidas en Sinaloa.
Estos datos se construyeron a partir de decenas de solicitudes de información a comisiones estatales de búsqueda y fiscalías locales. Las instituciones proporcionaron reportes de desaparición y carpetas de investigación en las que Sinaloa aparece como el último lugar donde las personas fueron vistas. En total, los datos permiten identificar a 944 personas originarias de 29 entidades del país que desaparecieron en Sinaloa, entre enero de 2019 y junio de 2026, un periodo de análisis que comprende el sexenio de Andrés Manuel López Obrador y los primeros años del gobierno de Claudia Sheinbaum.
En esta investigación también se documentan los obstáculos que enfrentan las personas para buscar a sus familiares desaparecidos en otro estado. Colectivos de Sonora, Jalisco y Durango afirman que las carpetas de investigación pueden tardar hasta tres meses en transferirse entre fiscalías, mientras que las autorizaciones para realizar búsquedas en campo en Sinaloa demoran entre seis meses y un año.
A estas dificultades se suma la falta de apoyo económico para los traslados. Familias de Jalisco y Durango aseguran que las Comisiones Ejecutivas de Atención a Víctimas de sus estados les han negado recursos con el argumento de que corresponde a Sinaloa proporcionarlos, mientras que en esa entidad las autoridades rechazan apoyar a personas foráneas.
La responsabilidad de buscar no debería de ser de las familias, sino de las autoridades, pero en México, esa es una batalla prácticamente perdida.
La guerra interna del Cártel de Sinaloa ha disparado las desapariciones de personas provenientes de otros
estados del
país. Durango, Jalisco, Sonora y Chihuahua concentran el 44% de los casos registrados entre septiembre
de 2024 y junio
de 2026.
Explora el mapa para conocer los estados de origen y las desapariciones por año.
Fuente: Carpetas de investigación de fiscalías locales y reportes de las
Comisiones Estatales de Búsqueda que señalan a Sinaloa
como el último lugar de desaparición o localización, con o sin vida.
Notas: Los datos de 2026 llegan hasta junio. La fuente Wee People es
creación de ProPublica.
Notas: Los datos de 2026 llegan hasta junio. La fuente Wee People es
creación de ProPublica.
La tarde del primero de enero, Kevin, de 19 años, salió de su casa para trabajar en una fiesta de Año Nuevo en un rancho cercano a la capital de Durango. El joven se empleaba en el montaje de mobiliario para bodas y bailes en rancherías: cargaba tablones de madera y acomodaba manteles blancos sobre las mesas. La noche anterior había despedido el 2024 en casa, junto a su madre, Manuela, y sus dos hermanas; pero después de aquella jornada de trabajo, ya no volvió.
Durante dos días nadie supo de él, algo inusual porque Kevin acostumbraba llamar a su madre cada vez que salía. Si no tenía teléfono, se comunicaba desde el celular de su patrón para avisarle en qué pueblo estaba y a qué hora pensaba regresar, aunque esta vez no lo hizo.
Al tercer día, el teléfono por fin sonó y era Kevin, que intentaba tranquilizar a su madre. Le contó que le habían prometido un sueldo de 20 mil pesos al mes y trabajo seguro durante tres meses, dinero que pensaba utilizar para ayudar con los gastos de la casa. En realidad lo habían llevado a las “pecheras”, como se conoce a las células de jóvenes armados que portan chalecos antibalas.
Nota original publicada en el portal de El Universal el 4 de noviembre de 2026: https://www.eluniversal.com.mx/grafico/periodismo-de-investigacion/voragine-insaciable-reclutan-a-cientos-de-jovenes-para-sostener-la-guerra-en-sinaloa/.
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