Por primera vez desde el final de la dictadura, en 1990, el 11 de septiembre no fue objeto en La Moneda de ningún tipo de ceremonia, de recuerdo o de homenaje a los caídos. Antes de 1990, por cierto, el 11 de septiembre se celebraba con pompa y circunstancia. El gobierno de José Antonio Kast, en un acto de contrición que habla bien de su sentido común, no volvió a las celebraciones sin tampoco hacer ningún tipo de lamento por ese día en que el palacio en que el presidente no solo trabaja sino que ahora habita fue bombardeado. Un día normal de una semana normal.
Esta misma semana normal de un día normal se supo que John Malkovich había recibido la Copa Volpi en Venecia por Wild horse nine, una película, segura candidata al Oscar, sobre dos agentes de la CIA que preparan desde la isla de Pascua el golpe militar. Otra película sobre el 11 de septiembre, dirigida por Pablo Larraín, acaba de recibir todo el complejo financiamiento que necesita para rodar. El golpe militar y la dictadura, como sucede con la guerra civil en España, sigue siendo el único momento de nuestra historia que el mundo reconoce como suyo. Lo único que no hay que explicarle al extranjero es qué es y qué no es.
Pasa exactamente lo contrario con el estallido social, ese extraño día que se prolongó por meses, en que todas las estaciones de metro de los extrarradios se quemaron al unísono y en que, sin locomoción, los chilenos, en vez de indignarse con los saqueadores, lo hicieron contra el Estado, que respondió lanzando unos militares que se negaron a reprimir porque “no estaban en guerra con nadie.”
El estallido social y no el 11 de septiembre es la película pendiente que los chilenos no hemos visto todavía, pero que al mundo no le interesa nada financiar. O más bien, en la memoria emotiva de los chilenos cualquier película sobre el 11 de septiembre termina el 18 de octubre, tal como cualquier película sobre el 18 de octubre empieza el 11 de septiembre.
La misma semana en que el gobierno se negó a hacer nada el día en que millones de chilenos perdieron su parlamento, sus diarios, sus partidos políticos, su patria y sus vidas, el embajador de Estados Unidos dijo tener informes sobre los autores de la quema del metro durante el estallido que resultaron ser recortes de prensa chilena.
Curiosa sincronía si uno piensa en la autoría más que intelectual que tuvo Estados Unidos en el golpe y la información a cuentagotas que este ha ido proporcionando desde los archivos de la CIA.
El 11 de septiembre tiene justo esta gracia: a la hora de explicarlo y de entenderlo, pertenece a una guerra mayor, la Guerra Fría, a una cierta manera global de entender los conflictos de cada país. El 18 de octubre, aunque los paralelos con el Bogotazo, los chalecos amarillos, o la misma elección de Trump y Milei en Argentina son evidentes, quiso entenderse a sí mismo como espontáneo, propio e incomparable, quiso verse desnudo de cualquier orden y jerarquía.
Si hubo entre los que agitaron agentes venezolanos, nadie parecía querer que en Chile se instalara nada parecido al chavismo. Si había comunistas, nadie habló nunca de nada parecido al comunismo o el socialismo; las banderas que flotaron sobre las cabezas fueron la bandera mapuche y una bandera chilena en que todos los colores habían sido reemplazados por el negro.
Es fácil acudir a la metáfora de Marx y pensar el estallido social como una parodia de la Unidad Popular. El uso de las canciones y símbolos lleva a pensarlo.
Pero quizás sería más útil pensarlo como la prolongación de los traumas que la dictadura dejó marcados en algo parecido al cuerpo de varias generaciones que solo conocieron la democracia. La leyenda de los abuelos o de los padres con esas canchas de fútbol donde los militares llevaban a todos los pobladores hombres toda la noche solo para castigarlos por vivir ahí.
Los campamentos desplazados de los barrios pudientes para ser realojados todos juntos en ese mismo cinturón urbano en que se quemó el metro. La memoria de la crisis económica del 82, acallada, nunca del todo socializada, que hace que una canción como “Muevan las industrias” de Los Prisioneros siga teniendo sentido para gente que vivió en un país de crecimiento constante y oportunidades inauditas.
Una cierta humillación subyacente a la cultura de la transición que, sumada a las redes sociales y su insistencia en toda suerte de prácticas sadomasoquistas, hizo que la calle sintiera la necesidad de no volver a sus casas y la urgencia de quemarlo todo para que nada volviera a ser igual.
Pero septiembre termina en octubre no solo por esta contradicción abismante de un pueblo que quiere más justicia social obligando a bailar a los automovilistas o quemando tres veces el museo Violeta Parra y todas las iglesias que encontraron a su paso, sino por la manera en que la izquierda asumió ambos eventos.
El 11 de septiembre es lo que es porque Allende, rechazando la posibilidad de renunciar y exiliarse, se dirigió al pueblo para pedirle que no salga a la calle a defender el gobierno popular sino que espere con paciencia el momento en que se volverán a abrir las grandes alamedas. El pueblo obedeció porque, estructurado en partidos y sindicatos, sabía que solo acumulando poder en las urnas podía derrotar a los dueños de casi todo.
Allende, que coqueteó con la revolución cubana lo que pudo, terminó entregando su vida al civismo republicano. El 18 de octubre el pueblo no tenía partido ni sindicato alguno.
Sus reivindicaciones, o el tono de ellas, eran de izquierda porque el gobierno era de derecha, pero de ser el gobierno de izquierda el movimiento, como en Argentina o Estados Unidos, habría sido de derecha.
En el corazón de él había un ansia de desestabilizar el orden que tenía más que ver con llenar historias de Instagram o con continuar en la calle la orgía que los domingos ya lamentan los estadios. La izquierda política se vio completamente sorprendida por el movimiento y en vez de dirigirlo se dejó dirigir por él. Rivalizaron con la calle en declaraciones incendiarias y no disimularon sus ansias de ver caer el gobierno de Piñera, tan democráticamente elegido como el de Allende.
Esta locura convivió con algo de lucidez y las fuerzas políticas se sentaron a firmar un documento en noviembre que resumió las demandas de las calles, que era imposible de resumir, en un cambio constitucional que era claramente una demanda de la élite. La izquierda había perdido toda mirada social y no pareció ver lo evidente, que las protestas habían nacido de una subida en el coste del pasaje del metro.
El problema de la sobrevivencia mes a mes de una clase media que recibe sueldos latinoamericanos pero compra bienes a precios europeos no rozó el debate. Se prefirió hablar de plurinacionalidad, término que no había salido de los grupos de estudios de ciertas universidades, pero se convirtió en una demanda urgente.
La izquierda política, cuando la pandemia calmó la calle, dirigió la energía del incendio a un proceso constituyente donde su falta de proyecto político e intelectual, o más bien su falta de un proyecto político, que convivía con la pluralidad delirante de sus múltiples y contradictorios proyectos intelectuales, se hizo evidente. Con todo, la izquierda, pagando un alto costo, sí terminó por dirigir hacia la política la protesta.
Perdió el plebiscito constitucional, cerrando por mucho tiempo las grandes alamedas, pero tuvo en Boric un socialdemócrata converso que, queriendo terminar lo que Allende empezó, continuó lo que Lagos entregó a la Bachelet, un país en paz con su memoria que intenta con pragmatismo no ahogarse en las tempestades del mundo.
José Antonio Kast, el primer presidente que votó por el SÍ en el plebiscito del 88, el primero que reivindica abiertamente la dictadura (que él llama “gobierno militar”), no habría sido posible sin el 18 de octubre.
La superioridad moral de la izquierda en Chile no nace de que sus ideas sean más democráticas que la derecha –lo son, en muchos sentidos, menos–, sino de que, ante la tentación de usar la fuerza y prohibir la prensa o la libertad de asociación, Allende prefirió la muerte y sus herederos, pactar con la Democracia Cristiana que apoyó el golpe. La legitimidad democrática de la izquierda no era una idea sino un hecho cierto y palpable que dio nacimiento a la alianza más duradera de la historia política chilena.
La más exitosa en todos los índices sociales y económicos, aunque lastrada por el tema nunca resuelto de la desigualdad y la acumulación del capital. El 18 de octubre, con todo su baile de incoherencia y fuego, acabó con esa superioridad moral y dejó abierta la puerta a todos los extremos.
Muchos de los que votaron por el NO y algunos de los que votaron por Allende o combatieron desde la izquierda a la dictadura no dudaron en votar por Kast, el amigo de Miguel Krassnoff Martchenko, torturador confeso, condenado a más de mil años de cárcel por secuestro, tortura y desaparición de personas.
En Chile, septiembre, que es el comienzo de la primavera, termina en octubre, ese mes en que floreció una forma de delirio en que, de alguna manera, nos reconocemos más de lo que quisiéramos. Es una historia que, sin embargo, nos cuesta contar al mundo porque es complicada y no tiene buenos y malos.
Pero también porque “el mundo”, los grandes bloques divididos por ideologías, ya no existen. La gran fiesta de esa clase media enrabiada consigo misma, es decir, el mundo, se celebró solo de una manera innombrable desde fuera.
No tuvo líder, y apenas se recuerda el nombre de sus mártires; no hay nada que conmemorar ni celebrar en ella, solo grafitis, gritos, imágenes alucinadas de un carnaval que se alargó demasiado.
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 17 de septiembre de 2026: https://letraslibres.com/red-hispana/carta-desde-santiago-septiembre-termina-en-octubre/17/09/2026/.
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