▲ De pie, Carlos Salinas de Gortari, George Bush y Brian Mulroney, en ese entonces mandatarios de México, Estados Unidos y Canadá, respectivamente en la firma del Tratado de Libre Comercio en 1992.Foto archivo de Presidencia
L
a “modernidad” salinista prometió un “futuro venturoso” por la “integración benéfica, equilibrada, competitiva y complementaria” entre los tres países firmantes del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, que entró en vigor el 1º de enero de 1994; en la misma fecha, México ingresó a la OCDE y aparece públicamente el Ejército Zapatista de Liberación Nacional), con “beneficios compartidos” y “para todos”.
El TLCAN era la “única oportunidad” (la frase es de Diego Fernández de Cevallos, La Ardilla) para que nuestro país “se integrara” productivamente a Estados Unidos y (decía la propaganda) a Canadá, cuando en los hechos sólo profundizó la de por sí creciente dependencia de las economías mexicana y canadiense de los intereses y “necesidades” gringas.
Información de La Jornada publicada 33 años atrás da cuenta de cómo, sin TLCAN, el comercio exterior mexicano ya dependía en grado sumo del vecino del norte. Al inicio de la estancia de Carlos Salinas de Gortari en Los Pinos (diciembre de 1988), 65.87 por ciento del total de exportaciones mexicanas –incluidas las petroleras– tuvieron como destinatario el mercado estadunidense, mientras 68.69 por ciento de las importaciones provinieron de esa zona geográfica. Cinco años después (1993), esa proporción se incrementó a 82.64 y 70.74 por ciento, respectivamente.
Para dar una idea de la dependencia mexicana del mercado estadunidense, las citadas proporciones para 1993 sólo eran comparables con tres periodos distintos del siglo pasado: 1905-1906, en el ejercicio pleno de la dictadura porfirista, cuando 85.67 por ciento del total de productos mexicanos exportables fueron remitidos a su vecino del norte; 1940-1945, en el sexenio de Manuel Ávila Camacho –Segunda Guerra Mundial–, cuando los envíos a Estados Unidos significaron (promedio sexenal) 88.06 por ciento, y 1950 (con Miguel Alemán) 86.35 por ciento.
Eso fue “antes” del TLCAN, pero con la “modernidad” (de Salinas de Gortari a Peña Nieto y como resultado de la “integración benéfica, equilibrada, competitiva y complementaria”), esa proporción, en promedio, más de 85 por ciento de las exportaciones mexicanas se dirigen a Estados Unidos, y de este país el nuestro importa cerca de 34 por ciento (cifras de la Secretaría de Economía).
Y sobre la inversión extranjera directa, el panorama no se modifica, con o sin TLCAN. En 1993, 62.53 por ciento de ese flujo provino de Estados Unidos (en orden de relevancia, le seguía Gran Bretaña, con un lejano 6.38 por ciento; Alemania, 4.88, y Japón, 4.12; Canadá aparecía por allá, con 1.63 por ciento. Para 2025, la proporción gringa se redujo a 39 por ciento y la canadiense se incrementó a 8.5 por ciento (de forma prioritaria, sus dineros se canalizaron a la minería). Capítulo aparte es la voluminosa “exportación” de capital mexicano depositado en el sistema financiero estadunidense.
La “modernidad” teleciana también prometió “crecimiento económico sostenido y abundante empleo”. Bien, en el periodo de referencia, el PIB pasó de una tasa anual de 3.1 por ciento en 1993 a otra de uno por ciento en 2025; es decir, un promedio de 2 por ciento anual a lo largo de los 32 años de TLCAN. Y en materia laboral, sólo hay que recordar que más de 50 por ciento de los mexicanos se ocupa en la informalidad.
Y colorín colorado, este cuento (que ni lejanamente lo es) no ha terminado, porque algunos se aferran a creer que la gruesa cuan pesada cadena de dependencia con el gringo “es la salida” para el “México moderno”.
Las rebanadas del pastel
Con total desvergüenza, el agente de la CIA disfrazado de embajador, Ronald Johnson, dice que las guerras en las que ha participado su país “son parte de una vocación de servicio a otros pueblos, no de expansión imperial; miren hacia atrás, a las vidas estadunidenses perdidas en múltiples guerras, no para conquistar y no para construir un imperio, sino para dar a otros pueblos de este mundo su propia oportunidad de vivir libres de la tiranía; siento orgullo de que, a pesar de cualquier imperfección que podamos tener, en sólo 250 años nos hemos convertido en la nación más grande que el mundo jamás haya conocido”.
Se necesita una calculadora científica para sumar lo que él denomina “imperfecciones” (es decir, dos siglos y medio de expoliación, expansionismo, asesinato, genocidio, invasiones, golpes de Estado, esclavismo, segregación y tantas otras barbaridades cometidas por quienes se dicen “elegidos de Dios”, en cuyo nombre ese país han cometido todo tipo de atrocidades). Y, de pilón, asegura que todo se debe a “la doctrina” Trump, de “América primero”.
Twitter: @cafevega
Tomado de https://www.jornada.com.mx/



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