Fuente de la imagen, Cortesía de la Familia Jáidar
– Autor, Margarita RodríguezTítulo del autor, BBC News Mundo
– Fecha de publicación 17 julio 2026, 12:24 GMT
– Tiempo de lectura: 13 min
– Autor, Margarita Rodríguez
– Título del autor, BBC News Mundo
Fueron lágrimas de alegría las que Alejandra Jáidar derramó cuando atendió esa llamada.
Al otro lado de la línea, en el Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), estaba el físico Eduardo Andrade, quien -conmovido- le contaba que el acelerador de partículas había comenzado a funcionar.
La emoción de la científica «se propagó como fuego» entre quienes se encontraban con ella, cuenta Leonardo Patiño, uno de sus sobrinos, en el documental «Cartas a Alejandra».
Ya estaba anocheciendo y Leonardo y su madre ayudaban a cuidar a Alejandra, que padecía un cáncer.
Para Leonardo, presenciar esa llamada fue atestiguar un momento de «emotividad humana y académica».
No solo era escuchar en la voz de su tía la satisfacción de que un objetivo se había cumplido, sino que quien la llamaba -«tan involucrado como ella para que eso pasara»- le trasmitiera «amor diciéndole: ‘eso es tu obra'».
Esa llamada ocurrió a finales de julio de 1988. En septiembre de ese año, Alejandra moriría. Tenía 51 años.
«En mi familia no somos muy religiosos», le cuenta a BBC News Mundo su hijo Arturo de Alba.
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«Al mausoleo de mi madre he ido poco, pero cada vez que voy a México, voy al Instituto de Física y ahí es donde siento que ella está».
Esta es la historia de una de las científicas más destacadas de México, cuyo legado es muy posible que te haya tocado a ti o a alguien que conoces.
El padre de Alejandra Jáidar Matalobos había llegado a México, junto a su familia, procedente del Líbano.
«Fueron inmigrantes de primera generación. Mi abuelo y sus hermanos eran muy empresariales y desde jóvenes se dedicaron a los negocios», cuenta Arturo.
En Veracruz, José Teodoro Jáidar Jacob conoció a Guadalupe Matalobos de la Flor. Se enamoraron, se casaron y tuvieron cuatro hijos: Alejandra, Julieta, Isabel y Pedro.
«Mi mamá nació en el Puerto de Veracruz y eso influyó en su personalidad. Veracruz es famoso por ser el más caribeño de los estados mexicanos, hay mucha alegría».
Fuente de la imagen, Cortesía de la Familia Jáidar
Le gustaba tocar el piano y cantar. Entre sus compositores favoritos estaba Chopin y, también, Agustín Lara.
«Algo muy formativo para ella fue una mina de mercurio que tuvo mi abuelo en Guerrero. Ella pasó mucho tiempo ahí», recuerda su hijo.
Como la mayor de los hermanos, asumió varias responsabilidades, entre ellas, conducir.
«No solo era su deseo de independencia, sino también porque mi abuelo la mandaba, a los 15, 16 años, con lo que llaman ‘la raya’ a pagarle la nómina a los trabajadores de la mina».
Y en una ocasión hizo lo impensable para algunos de los que trabajaban allí.
«En esa época, en México, decían que la mina se ponía celosa», le cuenta a BBC Mundo Yareli Jáidar, sobrina de Jáidar.
Es decir, si la mina estaba en pleno proceso de producción, ninguna mujer debía entrar a ella porque se creía que, si alguna lo hacía, la mina, por puros celos, dejaría de generar materiales.

Fuente de la imagen, Cortesía de la Familia Jáidar
«Alejandra se disfrazó de hombre para poder entrar y la cacharon. Fueron a buscar a mi abuelo y le dijeron que tenía que salirse».
«Todos la adoraban, para ellos era ‘la señorita Alejandra'».
Para Arturo, su abuelo fue una persona de «muchas contradicciones».
«Mandaba a mi mamá sola por la carretera de Guerrero con dinero, pero no quería que tuviera novio».
«Ella era una mujer muy independiente, era como un torbellino».
Y, además, una apasionada por el conocimiento que encontró su destino en la ciencia.
El padre de Alejandra no quería que estudiara Física porque le parecía que se trataba de una carrera para hombres.
Le dio un automóvil para que se fuera directamente de la casa al estacionamiento de la Facultad de Ciencias de la UNAM.
Y, después de las clases, debía regresarse, también, directamente a la casa.
«Eso, en la mente de mi abuelo, ya era el 80% del peligro», contó entre risas Arturo, en el programa «Vindictas» de TV UNAM.
Fuente de la imagen, Cortesía de la Familia Jáidar
Lo cierto es que Alejandra no solo se abrió su propio camino, sino el de sus hermanas.
Y es que a su padre «tampoco le parecía» que su otra hija estudiara, contó su sobrino Leonardo en el documental «Cartas a Alejandra», realizado por el Instituto de Física de la UNAM (IFUNAM).
«Alejandra, para el desarrollo de mi mamá, se enfrentó a mi abuelo y le dijo: ‘Yo ya luché contigo para poder estudiar, Isabel no va a luchar, si ella quiere estudiar lo que sea, va a estudiar lo que sea'».
Así, las tres hermanas cursaron sus estudios universitarios.

Fueron mujeres que «nunca le pidieron permiso a nadie para hacer nada. Crecí con la imagen titánica de Alejandra, de mi mamá, que fueron investigadoras de altísima calidad sin que eso, en ningún momento, comprometiera su calidad como madres, como tías».
Alejandra Jáidar ingresó a la UNAM con 17 años y se graduó en 1961 con una tesis sobre física nuclear experimental.
Se convirtió en la primera mujer graduada en Física en México, pero al recibir su título algo llamó su atención: decía «Físico».
«Entre la comunidad académica se recuerda que Jáidar defendió con firmeza, ante las autoridades universitarias, que su título dijera Física y no Físico», le señala a BBC Mundo María de la Paz Ramos Lara, investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM.
Fuente de la imagen, Cortesía de la Familia Jáidar
«Con ello marcó un precedente para otras carreras tradicionalmente masculinas, abriendo camino hacia un reconocimiento más justo de las mujeres en la ciencia».
Alejandra desafió los estereotipos de una época en la que a las mujeres se les encaminaba principalmente para que fueran educadoras, señala la experta.
Realizó estudios en el Laboratorio Chadwick, en Inglaterra, y en la Universidad de Maryland, en Estados Unidos.
«Durante toda su carrera se centró en investigar cómo se podían aplicar los métodos y técnicas de la física nuclear como herramientas de análisis en otros campos de la física», indica TV UNAM.
En la Facultad de Ciencias de esa universidad, Jáidar se convirtió en un referente.
No solo ejerció como profesora, coordinadora de los laboratorios de Física, jefa del departamento de Física Experimental, sino que fue clave para que esa universidad acogiera una máquina que llegó a ser emblemática.
Los aceleradores de partículas son máquinas que, como su nombre lo indica, aceleran e impulsan partículas subatómicas y, eso, les permiten a los científicos analizar fenómenos físicos.
La UNAM ha contado, desde 1954, con seis aceleradores de bajas energías.
Ese tipo de aceleradores, que fueron fundamentales en los estudios experimentales sobre el núcleo atómico, se usan para, por ejemplo, análisis de materiales y aplicaciones en medicina.
Tres de los aceleradores de la UNAM han sido del tipo Van de Graaff (VDG), llamado así en honor a su creador, el físico estadounidense Robert Jemison van de Graaff. Se trata de dispositivos que usan haces de iones para realizar estudios.
En 1984, la Universidad Rice, en Estados Unidos, le ofreció a la UNAM donarle su acelerador Van de Graaff de 5.5 MV (5.5 millones de voltios).
Nota original publicada en el portal de bbc.com el 17 de julio de 2026: https://www.bbc.com/mundo/articles/ckg429098vyo?at_medium=RSS&at_campaign=rss.
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