“Desaparecer no es una palabra, es un pozo”, afirma Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) en Dónde puedo dejarlo, su más reciente novela, que relata la historia de Mara y Manu, dos amigas que interrumpen su amistad incondicional a causa de la desaparición de una, que podría estar vinculada con algún tipo de crimen o persecución política.
La autora dice a Excélsior que esta ficción —que presentará mañana en la librería Casa Tomada, y el miércoles 28 de octubre en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes— explora la delgada línea entre memoria, fantasía y ensoñación.
Y revela que el origen de la trama partió de una escena que la persiguió por años: “Es la imagen de un padre que todos los años celebra el cumpleaños de su hija, quien ha desaparecido, la cual expando y llevo hacia niveles donde la imaginación toma todo el terreno”, explica Costamagna, una de las figuras literarias de su generación.
Y agrega: “A mí me interesaba indagar cómo se le puede dar presencia a la ausencia, cómo mantener ese espacio de los que no están y cómo rearmamos una vida. Y se trata de romper un poco la idea de quien no está, porque sigue habitando a través del recuerdo (de amigos y familiares), de la especulación, la conjetura y el afecto”.

Memoria circular, política y la complicidad del lenguaje¿Su novela se interna en la debacle que propician los desaparecidos? “Esta ficción cuenta la historia de una amistad desarmada, en el borde de esas democracias craqueladas de los años 90, en América Latina, la cual es recuperada a través del lenguaje, la escritura y la posibilidad que ofrece la literatura, es decir, mediante palabras que crean un universo paralelo”.
Además, asegura que este relato se centra en el cruce de la historia personal y de la Historia, con mayúscula, a partir de una temporalidad circular.
Estamos acostumbrados, quizás, a acercarnos a las historias, con mayúsculas y con minúsculas, como un continuo, como una flecha o una relación progresiva en el tiempo… pero cuando vemos la realidad, nos damos cuenta de que hay cosas que se repiten, que hay una especie de narrativa o de temporalidad circular.Entonces, de alguna forma en esta historia hay una reminiscencia de un tiempo oscuro, un tiempo dictatorial, en el que vuelven convertidas en retazos de un presente dizque democrático”.¿Su novela es también una reflexión sobre la complicidad del lenguaje?
Hay mucho paño de donde cortar respecto de las palabras y el lenguaje en esta novela. Yo creo que en este libro el lenguaje pasa a ser un personaje principal, y es una historia que también tiene que ver con identidades torcidas, identidades cruzadas y anuladas, donde la lengua y las palabras tienen un doble filo.Recordemos que las palabras pueden ser un arma o una herramienta que nos permite generar una identidad, pero también podrían ser usadas o manipuladas desde el poder para anularnos.
Entonces, las palabras tienen esa potencia enorme y a mí lo que me interesaba aquí era revivir ciertas palabras ausentes”, destaca.Editorial Almadía suspende promoción del libro "Donde el agua trabaja" ante sospechas de IAEntregarán Premio Xavier Villaurrutia a Alejandro Artega y su 'bestiario' de máquinas“La lectura es un recurso de supervivencia”: Juan Villoro"Cuarto 412": el último acto de memoria y rebeldía de Arnoldo KrausIan McEwan alerta por la pérdida de privacidad y el arte de la soledad¿Es el caso de cafuné, marétalo, chamullo? “Sí, así es, y como hablamos de la ausencia, en las mismas palabras me interesa hacerlas presentes y de alguna forma, frente a esa pérdida de identidad en la vida clandestina de una de las personajes, mantener esa identidad que flota en las palabras.

Micromemorias e inquietudes ante la inteligencia artificial¿Por qué su novela se concentra en la memoria? “Hacer ejercicios de memoria es lo que nos permite reflexionar e intentar no repetir los traumas que hemos experimentado para tener esa conciencia e intentar construir algo distinto.
La memoria es lo es lo que nos permite entender el presente, porque sabemos que algo ocurrió y nos avisa que podemos intentar modificarlo desde el presente. Sin embargo, yo no creo en la memoria como algo petrificado, en el pasado, sino como algo que todo el tiempo está arrojándonos chispas hacia el presente. La memoria es lo más importante para pensar también en el futuro”, advierte.¿Su literatura apuesta por el cruce de la memoria íntima y la histórica? “Yo creo en las pequeñas memorias, que son igualmente importantes que la memoria oficial.
A mí me interesa poner el foco en esas micromemorias que van construyéndose, como pequeños Frankenstein… Si hay algo que ha atravesado mis libros es el vínculo constante y el diálogo entre la intimidad y la historia”.¿Considera que la IA es algo que debe preocupar a los escritores? “Yo creo que sí y la primera inquietud tiene que ver con quiénes son los que están a cargo de esas inteligencias artificiales. Eso me genera una cierta sospecha: ¿quien controla la máquina?
Por otro lado, me parece que también hay un ejercicio muy extractivista para adiestrar a las máquinas (con el conocimiento de los propios autores)”, apunta.¿Cuál es su mayor preocupación? “Sobre todo, el sentido de la escritura, y eso tiene que ver con cómo nos acercamos a las palabras, cómo las masticamos, nos detenemos y ‘perdemos el tiempo’ en ellas.
Así que cuando nos presentan la IA para la eficiencia de ese proceso, me parece que pierde completamente el sentido de lo que es la literatura para mí”, concluye la autora que ha recibido los premios Juegos Literarios Gabriela Mistral 1996; Altazor 2006; Anna Seghers de Literatura 2008, y Atenea 2020.
Nota original publicada en el portal de excelsior.com.mx el 26 de octubre de 2026: https://www.excelsior.com.mx/cultura/alejandra-costamagna-explora-memoria-y-vacio-que-dejan-desaparecidos.
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