Las preguntas y respuestas han sido los pilares y desarrollo de la sociedad desde que los griegos levantaron la mirada al cielo y comenzaron a cuestionarse el mundo físico. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Cuánto? Pocas preguntas existen en el mundo que sean un tabú. En las relaciones sociales, establecemos un sistema de empatía e intimidad donde las confesiones más ocultas salen a flote en un entorno de confianza. Sean cuestiones sobre tema familiar, amoroso, laboral, ocio o planes de futuro secretos. Pero hay una que siempre pensamos dos veces antes de verbalizar. Por mucho que sea un amigo y amiga de toda la vida, alguien con el que los lazos empáticos y afectivos sean fuertes, nos cuesta mucho hablar de dinero. Concretamente del sueldo, del salario laboral que recibe cada persona a final de mes. Nos da vergüenza hablar de cuánto ganamos, hasta miedo por estar por debajo de la persona que tenemos cara a cara, o viceversa.
Según datos del INE, el salario más frecuente en España en 2022 fue de 14.586 euros brutos, inferior al de otros años como consecuencia de la subida del SMI. De hecho, entre 2018 y 2012, el salario bruto anual superó los 18.000 euros. Sin embargo, no tenemos que esperar al INE como termómetro cuantitativo, porque también las personas que nos rodean son un buen indicador humano.
Cuando se publican datos como el del BBVA Research de que el PIB crecerá en un 3% en España en 2025, las noticias hablan de bienestar económico. Si es así, ¿por qué no notamos ese bienestar en nuestra cotidianidad? ¿Es el PIB un indicador representativo o falla? Nos preguntamos: ¿es que a todo el mundo le va bien excepto a mí? Son cuestiones que uno puede hacerse llegando a poner en duda la propia valía personal, afectando, directa o indirectamente, a la salud mental.
Preguntar al que tenemos enfrente cuánto cobra parece un ataque frontal, una exposición de su intimidad bancaria que, en muchos casos, no es del interés del interlocutor. En ese momento, se genera una atmósfera de desconfianza, incredulidad y a veces de competitividad. Yo más, tú menos. Una rejilla a través de la que observar quién está por encima y quien está por debajo en poder adquisitivo.
Pero debemos tener claro que salario no define a nadie, ni nos hace mejor ni peor persona. Los derechos son (o deberían) ser los mismos independientemente de la nómina, al igual que las obligaciones. Estamos inmersos en una era en la que impera el individualismo, en muchos casos, disfrazado de un salvaje «autocuidado». Hemos caído en una espiral donde generar comunidad es una quimera y nos lleva a pensar que la nómina es un rango piramidal, una clasificación en términos de bienestar.
Conocer el salario de la otra persona te permitirá ver los puntos de mejora a reclamar
Esto nos lleva a una segunda derivada, que es el problema de no hablar abiertamente de ello. No hablar en muchos casos, sobre todo en el acervo cultural y el debate público, genera la inexistencia e irrelevancia residual del tema. Hay que preguntar por el salario por distintas razones, gran parte de ellas beneficiosas para la sociedad. Igual que decimos cuánto pagamos al mes de alquiler, nos quejamos de la desorbitada factura de la electricidad, el no incentivar por preguntar cuánto gana la otra persona genera un sistema de opacidad salarial que impide la empatía para generar una consciencia activa, movilización y comunidad que mejore dichos ingresos. Es decir, conocer el salario de la otra persona te permitirá ver los desvíos, las causas y los puntos de mejora a reclamar, sea a sindicatos o con propuestas políticas, para mejorarlo. Por tanto, ponerlo en común es casi un acto de rebeldía, un gesto diario de lucha para garantizar un salario digno para todos los trabajadores.
Así mismo, hablar abiertamente del sueldo puede generar un sistema colaborativo que genere y mejore los vínculos con la otra persona, mejorando la comprensión de otros problemas que pueden derivarse de un salario bajo y no correspondiente al esfuerzo real y desempeño laboral de esa persona. Deshacerse de ese medio y comunicarse permite un mayor entendimiento del entorno, saber si se está por debajo de mercado, por encima o en la escala salarial correspondiente según el convenio que aplique. La movilización social empieza desde abajo y desde el adecuado conocimiento de los derechos y obligaciones del trabajador, siendo conscientes qué categoría figura en nuestro contrato y si se corresponde con la actividad desarrollada. Si al conocimiento le sumamos conversaciones genuinas en búsqueda de respuesta, puede ser el principio de una mejora en tu calidad de vida.
«No man is an island», «ningún hombre es una isla», dijo el poeta inglés John Donne. Tampoco somos islas dentro de la oficina, en nuestro entorno laboral. No hay preguntas tabú. Solo respuestas que merecen la pena.
Tomado de Ethic.es



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