Voltaire contra Rousseau

Voltaire contra Rousseau

Tomado de Ethic.es

¿Es el hombre bueno por naturaleza y la sociedad lo pervierte o es la civilización la que nos eleva sobre nuestra condición primitiva? ¿Es mejor una democracia directa o un despotismo ilustrado? ¿Debemos confiar plenamente en la razón o también en nuestra intuición moral? ¿Son las artes señales de progreso o una fuente de vanidad? Voltaire y Rousseau son, probablemente, las dos figuras más conocidas de la Ilustración francesa, pero, aunque compartían muchos valores ideológicos, fueron más evidentes sus diferencias, que condujeron no solo a un antagonismo intelectual, sino también a una notoria rivalidad personal.

Jean-Jacques Rousseau era 14 años más joven que Voltaire (seudónimo escogido por François Marie Arouet), y cuando el primero empezó a escribir, el segundo era ya un autor famoso, polémico pero respetado, conocido por su ingenio satírico y por sus conflictos con la autoridad. No es de extrañar que el joven Rousseau le admirase y, por eso, le envió una carta presentándose y pidiéndole consejo. Pero, aunque la relación comenzó de forma cortés, pronto surgieron tensiones.

Cuando en 1755 Rousseau le mandó una copia de su Discurso sobre el origen de la desigualdad, Voltaire le respondió con una sarcástica carta donde afirmaba que «nunca se usó tanto talento en querer hacernos bestias. Dan ganas de caminar a cuatro patas cuando se lee su obra». Al año siguiente, Voltaire publicó un poema sobre el terremoto de Lisboa preguntándose cómo era posible que Dios permitiera tal desastre. Rousseau le respondió con su célebre Carta sobre la providencia, criticando el pesimismo voltairiano.

Las respuestas, directas e indirectas, continuaron con los años a propósito de diversos temas: si Rousseau criticaba el teatro como una forma de corrupción moral, Voltaire se ofendía. Si Voltaire se burlaba del sentimentalismo de la obra de Rousseau, este contraatacaba. Uno consideraba al otro un ingenuo. El otro consideraba al primero un cínico.

Hasta que en 1764 una traición mutua hizo la reconciliación imposible: en sus Cartas escritas desde la montaña, Rousseau insinúa que el Sermón de los cincuenta, una obra profundamente anticristiana, atribuida por el autor a «un gran príncipe muy instruido», había sido escrita en realidad por Voltaire, lo que podría acarrearle importantes consecuencias legales. En venganza, Voltaire publicó de forma anónima un durísimo libelo contra Rousseau titulado El sentimiento de los ciudadanos, en el que revelaba que Rousseau había abandonado a sus cinco hijos en un orfanato, demostrando las contradicciones entre sus ideas y sus acciones.

Esta animadversión personal era probablemente fruto tanto de sus diferencias de carácter (uno sociable, burlón, pragmático y seguro de sí mismo; el otro introspectivo, sensible, idealista y desconfiado) como ideológicas. Y es que, aunque ambos creían en la razón y en la ciencia y buscaban la felicidad del ser humano, lo hacían desde enfoques muy distintos. Tal como explica Roberto Sánchez Benítez, doctor en Filosofía por la UNAM, en un artículo: Voltaire atacó el fanatismo y la intolerancia, mientras que Rousseau denunció las instituciones que pervierten la naturaleza pura del ser humano.

Una de las grandes diferencias radicaba en si la civilización eleva al ser humano o lo corrompe

Esa es una de las principales diferencias entre ambos: su percepción sobre la naturaleza humana y la labor de la civilización. El famoso concepto del «buen salvaje» de Rousseau, que remitía a un estado natural en el que todos éramos libres y felices hasta que la civilización nos cubrió de vicios y desigualdad, choca frontalmente con la visión de Voltaire, quien juzgaba la condición primitiva como brutal y creía que era la civilización la que nos había permitido elevarnos sobre nuestra naturaleza básica.

Voltaire celebraba las artes, las ciencias y el refinamiento cultural como parte del progreso, mientras que para Rousseau eran un lujo sofisticado y vacío que alejaba al hombre de su autenticidad.

Otra discrepancia radical se daba en sus ideas políticas. Rousseau abogaba por una democracia directa, donde el pueblo pudiera participar activamente en las decisiones colectivas, mientras que Voltaire prefería un modelo más elitista, donde monarcas educados, aconsejados por filósofos y sabios, impulsaran las reformas desde arriba. Ambos querían acabar con las estructuras opresivas de poder,  buscando la justicia social, pero desde vías muy alejadas. Al fin y al cabo, uno era un burgués que creía que «la canalla» debía ser guiada por una élite ilustrada, mientras que el otro consideraba que la raíz de los males modernos estaba en la desigualdad social y económica. Rousseau, en El contrato social, plantea la soberanía del pueblo, que sería responsable de legislar, pero también de obedecer las leyes creadas por él mismo, lo que tendría posteriormente una gran influencia durante las primeras fases de la Revolución Francesa.

También diferían en su visión de la religión. Los dos eran deístas, pero Voltaire odiaba el cristianismo, mientras que para Rousseau este era compatible con la esencia religiosa del ser humano y con sus propias creencias íntimas. Voltaire veía a Dios como un relojero que se había desentendido del mecanismo creado; rechazaba los milagros, la providencia divina, la resurrección y cualquier intervención sobrenatural en los asuntos humanos, despreciaba a la Iglesia como institución y veía la religión como una fuente de fanatismo. Rousseau, por su parte, defendía una providencia divina benevolente, y aunque era crítico con las iglesias, buscaba atajar las supersticiones sin destruir la religión como sostén moral de la sociedad.

No hay que perder de vista que, a pesar de todo esto, ambos compartían muchos valores comunes como pensadores ilustrados: la lucha contra el dogmatismo religioso, la defensa de la libertad, la crítica a la injusticia social… simplemente encontraron caminos diferentes para lograrlo. Su pensamiento fue clave en la Revolución Francesa (en el caso de Voltaire a través del anticlericalismo y la defensa de la libertad de pensamiento; en el de Rousseau, a través del propio discurso político), y su influencia llegó con fuerza hasta nuestros días, estando aún presente en la cultura política moderna y en nuestros debates sobre temas como la libertad, la igualdad o la educación.

Tomado de Ethic.es