Volkswagen XL1, la historia de uno de uno de los híbridos enchufables más raros del mundo que aún puedes comprar

De los híbridos enchufables se está empezando a conocer por el amplio público, como aquel que dice, en los últimos días. No obstante, hay fabricantes que intentaron proyectos bastante interesantes con el principal objetivo de llevar los consumos...

De los híbridos enchufables se está empezando a conocer por el amplio público, como aquel que dice, en los últimos días. No obstante, hay fabricantes que intentaron proyectos bastante interesantes con el principal objetivo de llevar los consumos al mínimo exponente. Es el caso del Volkswagen XL1, un gran desconocido en la industria del automóvil que guarda tras su corta vida una idea brillante.

Un híbrido enchufable, deportivo, biplaza y con un consumo de 0,9 litros a los 100km, bajo el ciclo NEDC, el ciclo más expandido antes de la llegada de WLTP. Un concepto tan extraño que se puso en venta en 2014 con tan solo 250 unidades y, sí, aún puedes hacerte con uno, si tu bolsillo lo permite.

El alma del Scirocco en un híbrido biplaza

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El nacimiento del Volkswagen XL1 se lo debemos a Ferdinand Piëch, la misma persona que ordenó construir el coche de serie más potente de su época: el Bugatti Veyron desarrollado por el fabricante alemán. El plan era radicalmente distinto al Veryon: quería un deportivo que consumiese menos de un litro a los 100 km y sacarlo a producción.

El motor era prácticamente el mítico 1.6 TDI partido por la mitad: poco más de 800 cc y dos cilindros

Se presentó en el Salón de Ginebra de 2013, con un motor bicilíndrico de 830cc, 200 CV, un motor eléctrico de 20 kW, batería de 5.5 kWh y un consumo homologado de 0,9 litros a los 100. La velocidad máxima estaba limitada electrónicamente a 160 km/h, aunque era capaz de superar los 200 km/h sin limitaciones.

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Con un frontal que recordaba al del Scirocco, el resto del vehículo era una auténtica aventura aerodinámica. Las ruedas traseras estaban cubiertas, con una carrocería que se estrechaba por la parte trasera, para minimizar la resistencia al aire. No tenía retrovisores, sino dos pequeñas cámaras, y las puertas se abrían en forma de alas de gaviota.

Pero la joya de la corona era el motor: un bicilíndrico TDI con inyección directa y turbocompresor, con un consumo de menos de 1 litro a los 100. Derivaba del mítico 1.6 TDI diésel de cuatro cilindros que ha alimentado durante generaciones a vehículos como el Golf.

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Ni siquiera los asientos estaban alineados, para hacer el coche lo más estrecho posible.

El motor eléctrico era capaz de recorrer hasta 50 kilómetros en modo eléctrico, cifra que no se aleja demasiado de los híbridos enchufables que conocemos a día de hoy. Pese a montar este pequeño motor eléctrico, el peso del vehículo eran de tan solo 795 kg, menos de la mitad de lo que acostumbramos a ver en los vehículos actuales.

Tan solo se fabricaron 250 unidades y, a día de hoy, puedes encontrar una buscando un poco. Eso sí, el precio medio supera los 100.000 euros y no será nada fácil llevarle al día los mantemientos.

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