diciembre 2, 2021

Víctor Erice: «De la experiencia de los hermanos Lumière sólo queda el residuo de la sala de cine»

El director de 'El Sur' reaparece en la presentación del libro que documenta y amplía la videoinstalación que realizara en 2019 'Piedra y cielo. Jorge Oteiza, una evocación' Leer#ExpresionSonoraNoticias Tomado de http://estaticos.elmundo.es/elmundo/rss/cultura...

Actualizado Jueves,
25
noviembre
2021

01:38

El director de ‘El Sur’ reaparece en la presentación del libro que documenta y amplía la videoinstalación que realizara en 2019 ‘Piedra y cielo. Jorge Oteiza, una evocación’

El director Víctor Erice.
El director Víctor Erice.JAVIER BARBANCHOMUNDO

La historia de una cosa es una piedra al lado de otra», dice Víctor Erice citando a Jorge Oteiza. Un cineasta se detiene en la obra de un poeta y escultor, y de su encuentro surge una película que también es lo que él denomina una «cinematización», un libro y, de paso, la reinterpretación desde lo más íntimo de una escultura y de un paisaje único y mítico. Todo eso, como si de un juego de reflejos infinitos se tratara, se presentó ayer en la Fundación BBVA de Madrid. La historia empezó a finales de 2019. O quizá muchas antes. Fue entonces cuando Erice impartió una conferencia. El director de cine explicaba y se explicaba a sí mismo en ella buena parte de lo logrado en Piedra y cielo, la videoinstalación exhibida en el Museo de Bellas de Artes de Bilbao en la que releía a su modo el monumento en la cima del monte Agiña donde Oteiza rinde homenaje al compositor y musicólogo Padre Donostia.

El camino recorrido cumple de este modo tres etapas. Primero, la estela funeraria inaugurada en 1959 que hace coincidir el arte prehistórico con la vanguardia suprematista en un lugar por fuerza sagrado en el cruce exacto de Guipúzcoa con Navarra, entre cada una de las dos orillas del Bidasoa. Segundo, la videoinstalación del realizador que en una habitación oscura replica la imagen de esa escultura de piedra en dos pantallas enfrentadas donde se citan la luz a un lado, la sombra al otro, la noche y el día. Y tercero, el libro convertido en un pieza precisa y ajustada que recoge las palabras de Erice sobre Oteiza y que, a su modo, cierran un círculo no tanto perfecto como vertiginoso. En efecto, un espejo que se mira en un espejo es a la vez una aberración y el principio del infinito.

Cuenta Erice que accedió a hacer la videoinstalación que en buena medida rima con su trabajo Correspondencias en compañía de Abbas Kiarostami de 2005 por sentir que algo le debía al poeta. «Cada uno lleva dentro de sí el Oteiza que le corresponde», comenta para más que aclarar nada simplemente dar pistas. También dice que aunque el libro detalla cómo fue lo que hizo, rodó y se exhibió, no tiene sentido si no se experimenta. «Si el arte no se convierte en una experiencia para los ciudadanos pierde en gran medida su dignidad», añade en un axioma que vale tanto para lo que nos ocupa como para todo lo demás.

Sea como sea, lo que quizá dentro de poco se vea de nuevo en Madrid y Barcelona (quedó prometido en el acto de ayer) coloca al espectador en una sala oscura con dos pantallas. A la derecha, el día, donde Erice narra la relación de la obra de Oteiza con la naturaleza y la historia. «La obra fue víctima de un intento de destrucción y por esas heridas en la piedra discurre la historia… El propio Oteiza se entusiasmó al contemplar las hendiduras del vandalismo convencido de que la obra era así mucho más bella». A la izquierda, la noche iluminada por la luna llena que traslada el monumento a «un espacio metafísico» necesariamente nuevo y más profundo de soledad y misterio.

Erice insiste en que nunca ha dejado de ser cineasta, que ésa es su forma de ver, de sentir, de ser. «Lo que he hecho es introducir la experiencia del cine en el museo. Lo que ocurre es que el museo, como antes que a mí a cineastas como Scorsese, Bela Tarr, Apichatpong, Guerín o Isaki Lacuesta, ofrece ahora una libertad que la industria cinematográfica ya no ofrece», dice y al llegar aquí su reflexión toca ahora la propia médula del cine. «De la experiencia de los hermanos Lumière sólo queda como residuo la sala cinematográfica. La experiencia audiovisual, que no el cine, se consume en las tabletas, en el móvil… En los primeros 80 o 90 años desde su creación, el lugar del espectador estaba exclusivamente en la sala del cine, que amplifica la experiencia», reflexiona, se detiene y sigue: «El espectador ha dejado de ser un espectador para convertirse en un consumidor. El cine es originalmente una experiencia pública. Ahora es una espacio doméstico. Ahora se habla de personas que utilizan herramientas, que consumen, antes de lo que se trataba era de contemplar. No hay que olvidar que el cine empezó siendo un arte contemplativo».

Sea como sea, y pese al tono que adquieren las palabras transcritas, lo de Erice es más diagnóstico que lamento. «No dudo de que se siguen haciendo buenas películas, pero la experiencia ha cambiado. Ni las películas se hacen de la misma manera ni el soporte ni los condicionantes tienen nada que ver. Ya a finales del siglo pasado se hablaba de la muerte del cine porque en general el siglo XX está condicionado por la experiencia de la muerte del arte. Oteiza hablaba de que el arte debe morir para que el hombre nuevo puede renacer». Pausa. «Es difícil saber hacia dónde vamos porque el audiovisual, que ya no es cine, incorpora el lenguaje cinematográfico pero también el publicitario y el de la televisión… Ahora las películas no nacen libres e iguales».

Y dicho lo cual, queda el espejo del espejo, el reflejo de Oteiza en Erice y de los dos como una piedra al lado de otra.

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