Una goma para borrar

“Desde el lugar donde moraba, una ciudadela del silencio, esa célula del alma buscada por los místicos medievales, don Juan hizo un mundo literario intemporal con pocas palabras y un par de libros. Así lo permanente se elabora con lo esencial”.Tomado...

TA MEGALA

Fernando Solana Olivaresw

Las coincidencias superiores llamadas sincronicidad. Cuando estuve dando Juan Rulfo a mis alumnos ayudándome con la inteligente guía hermenéutica de Alberto Vital, su biógrafo y estudioso, éste, antiguo y querido amigo, también mi maestro, me escribió en ocasión del día de San Juan Nepomuceno Rulfo, según el calendario que él sigue y yo comparto.

       Envejecer es ir recordando. Aquel miércoles de hace años el Centro Mexicano de Escritores abrió sus puertas para la habitual reunión de cada semana. Leyó quien esto escribe. Don Juan lo escuchaba. Cuando la lectura terminó el regaño fue directo y sin contemplaciones, rulfiano al fin. Él mismo había seleccionado el proyecto literario del joven escribiente, selección hecha por última vez pues ya dejaba su generosa tarea de tutor literario desempeñada a lo largo de tanto tiempo con tantos escritores en proceso. 

       Había sido una tontería debida a las precipitaciones existenciales de quien leyera esa tarde. Introducir una vieja carta familiar en la novela sin darle ningún tratamiento escritural. Era una ocupación gratuita del espacio narrativo y hasta una cierta provocación literariamente imberbe que don Juan reprobó. Tenía razón, desde luego, y su áspera lección me sería pacientemente explicada después por don Francisco Monterde, decano del Centro y delicado escritor.

       Como los adjetivos en Juan Rulfo: concretos. Regresó después al Centro tres o cuatro veces más. No volví a cometer el error de aquella penosa ocasión. La lacónica e inescrutable presencia de don Juan nimbaba la larga mesa rectangular donde unos cuantos escritores en ciernes presentaban los avances de su obra prometida. En contadas ocasiones tomaba la palabra, la cual valía tanto como los silencios que la sostenían, los intervalos donde se daba y el modo en que era dicha. Al hablar con esa directa sencillez lograba ir más allá de lo que hubiera enunciado, y su infranqueable y elegante reserva significaba un dominio máximo en su literatura que antes existía en él.   

       Tal economía verbal tendría un doble origen: el ejercicio del gusto como capacidad de descartar, un arte de la restricción, y la ascesis del lenguaje, una confianza superior en las palabras: lo que se piensa bien, se dice bien. Lo que bien se siente, también. La estética literaria es la superación de los espejismos del lenguaje. El pensamiento que piensa, igual. Así, aquel día el maestro fue perentorio, después de pedir un par de explicaciones al torpe aprendiz que leyera:

        —Eso que usted trajo no sirve de nada. Déjese de tonterías y póngase a escribir. O reescriba la carta, redúzcala, hágala suya. No ande de ocioso, de transcriptor ancilar. Cómprese una goma, unas tijeritas. ¿Conoce los arbolitos japoneses? Pues así, igual.

       Era una convocatoria para recuperar el sentido. Treinta años después de esa tarde, cuando don Juan ya había muerto, la novela por fin quedó escrita. En ella estaba la carta convertida en otro texto, ahora propio y no ajeno, y también las inmanencias del maestro hasta donde se hubieran podido trasvasar, volver escritura, pues bien se sabe que el problema del conocimiento no radica en lo conocido sino en el conocedor.

       La vida que transcurre y se ve pasar desde el barandal de los recuerdos ofrece refugio algunas veces: ese único tiempo humano que escapa a la contingencia mediante el pasado que se transforma en presente cuando se evoca, que vuelve a estar en el recuerdo habiendo estado en el transcurrir de la biografía. Los estoicos afirman que entonces ya no puede tocarlo la veleidosa fortuna. Así funda la única certeza de la memoria y a la vez plantea otro problema: el recuerdo es aquello que se recordó por última vez. Pero así es la vida, cajas chinas, una cosa que lleva a otra cosa. 

       En literatura se le llama angustia de las influencias a un fenómeno similar: la presencia del predecesor, una compleja relación entre el maestro y el aprendiz, siempre determinada por la superioridad del predecesor y no por el alcance del alumno, quien es elegido por aquél aun cuando ya esté muerto y provoca angustia porque esa desigualdad nunca acabará de ser resuelta. El predecesor tiene un destino concluido, su continuante no. El predecesor tiene logros, su continuante no. Y además se siente en un constante, insuperable peligro estético debido a la densa sombra que proyecta la obra del otro sobre la suya.

       Habría sido imposible decirlo entonces en aquella generosa casa del Centro Mexicano de Escritores en las calles de San Francisco. Ahora puede hacerse: “10. Creo en Juan Lacónico Rulfo, hermano de Kafka, miembro del panteón, padre de todos nosotros, sepulturero. Creo que porque pudo mejor que nadie lo dejó de hacer. El creador de Emma lo hubiera aplaudido”.

       Desde el lugar donde moraba, una ciudadela del silencio, esa célula del alma buscada por los místicos medievales, don Juan hizo un mundo literario intemporal con pocas palabras y un par de libros. Así lo permanente se elabora con lo esencial.

Tomado de https://morfemacero.com/