Colaboraciones
Eduardo Subirats
En 1944, al concluir la Guerra Mundial y un año antes del holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki, 1 C. Wright Mills escribía: “American intellectuals are suffering the tremors of men who face overwhelming defeat”. 2 Hoy, casi un siglo después de esta declaración, y frente al horizonte de nuevas guerras, catástrofes naturales industrialmente inducidas, contaminación masiva del ecosistema y los sucesivos colapsos terminales de naciones enteras, la completa desaparición del intelectual como conciencia independiente y pública ya no mueve a ningún corazón humano, ni levanta la pluma más ligera. El intelectual simplemente ha sido eclipsado. Ha desaparecido con la misma imperceptibilidad que envuelve la extinción de otras mil y una especies de seres vivos e inteligentes a lo largo del progreso de la razón en la historia de la humanidad.
En las sociedades postmodernas el intelectual es una obscena ausencia.
El crecimiento y la expansión de la tecnociencia fundada por Francis Bacon, ayer instrumento de las empresas coloniales europeas y hoy sirviente de las megamáquinas tecnológicas, mediáticas y militares, ha disminuido correspondientemente la intensidad espiritual, la reflexión filosófica y la autonomía ética de la inteligencia humana. ¿Para qué tenemos que pensar si, al fin y al cabo, ya tenemos smartphones, 5G y AI…?
Vivimos progresivamente cercados por sistemas de vigilancia automática. Nuestra sensibilidad estética, nuestra conciencia moral y nuestra inteligencia se subordinan a controles lingüísticos cada día más precisos y eficaces. Nuestras decisiones y acciones, nuestra comprensión de la realidad y nuestros más sublimes valores ideales son predefinidos en nuestras redes sociales de comunicación y manipulación. Día a día nuestra existencia se empequeñece y las culturas intelectuales y artísticas empobrecen.
Las últimas memorias de las grandes civilizaciones de Oriente desaparecen bajo el fuego de los cañones y las corporaciones capitalistas, mientras la conciencia histórica de Occidente ya hace tiempo que ha sucumbido en los archivos electrónicos o se han travestido de fetiches. Tampoco existen espacios públicos de comunicación intelectual y artística que puedan llamarse rigurosamente independientes y libres de los sistemas académicos y mediáticos de vigilancia lingüística y de las normas vigentes en los mercados. En el mundo del espectáculo sólo hay alfombras rojas, stars y mise en scène.
La inteligencia humana ha fallecido. Su de-función ha sido anunciada bajo rutilantes slogans: posthistoria, postpolítica, postfilosofía, postarte, postsujeto, postnaturaleza, posthumano…
Pero no sólo asistimos a la carrera histórica del progreso científico-técnico hacia el reino de una ceguera intelectual y una total impotencia ética: las dos amenazas que Greta Thurnberg reveló en su alocución a las Naciones Unidas, en New York de 2019. Las crisis de nuestro tiempo no pueden definirse solamente en los términos de una Dialektik der Aufklkärung: el reduccionismo instrumental de la razón científica moderna en los sistemas administrativos que sostienen los pentágonos del poder político, las megamáquinas civilizatorias, y el totalitarismo liberal del siglo veintiuno.
Se trata de algo peor: una profunda reducción del conocimiento y la inteligencia a los sucesivos modelos epistemológicos positivistas, estructuralistas y postestructuralistas, y a una creciente segmentación, fragmentación y disolución de la experiencia y la propia existencia humanas; junto a ello, el progreso de las tecnologías electrónicas y automáticas de vigilancia, control y punición.
Esta “dialéctica del esclarecimiento”, que por primera vez definieron Horkheimer y Adorno inmediatamente acabada la Segunda Guerra Mundial, en un intento de redefinir un nuevo concepto de esclarecimiento (Aufklärung) a la altura de nuestro tiempo histórico, no solamente delata hoy la reducción instrumental del esclarecimiento a un aparato de propaganda y violencia de magnitudes extremas. Hoy nos revela, además, las dimensiones de un proceso imparable de automación de la conducta humana, de la robotización de la vigilancia social, y del poder omnímodo de las megamáquinas que regulan la educación, el desarrollo industrial y financiero, y, por encima de todo, las nuevas guerras globales e indefinidas. Y un proceso continuo de regresión mental y ética.
Asistimos a múltiples recortes burocráticos de la inteligencia en las universidades y en los mass media. Nuestra comunicación cotidiana obedece a las vigilancias lingüísticas político-correctas. Nos subordinamos voluntariamente a las epistemologías de la producción corporativa del espectáculo del mundo. No sólo arrojamos un conocimiento, una intuición, una capacidad imaginativa y una inteligencia individuales al basurero de la indiferencia. Y no sólo nos definimos como posthumanos en relación a la constitución filosófica y estética del humanismo de Las Casas, Vives, Paracelsus, Erasmus o Franck. Sobre todo, somos posthumanos porque confrontamos el vacío como el fundamento último de nuestra existencia y nuestra acción. Vivimos una edad neoexistencialista.
En un extremo, las lingüísticas automáticas y las agencias de inteligencia comercial, política y militar; y en el otro, el chantaje sistémico contra la humanidad a lo ancho de las redes y estrategias del holocausto nuclear, biológico y climático del planeta. Frente a esta realidad, cuya monótona repetición la vuelve progresivamente banal e imperceptible, la inteligencia humana y humanizadora no posee ya poder alguno, ni moral, ni político, ni intelectual; impotencia mucho mayor en los escenarios del espectáculo de la política y la guerra. La existencia ha sido despojada de su sentido transcendente y esclarecedor; y la conciencia individual ha sido desposeída de su función reflexiva sobre el pasado, el presente y el futuro. Su acción mental ha sido reemplazada por los lenguajes artificiales y los sistemas computacionales, por su lógica binaria, y su segmentación del conocimiento y la conducta humana.
Lejos de los ideales de desarrollo y libertad que prometieron emancipar a la existencia humana de las tutelas y censuras eclesiásticas y monárquicas en el siglo de Les Lumières, el pensamiento occidental ha disminuido su envergadura a las dimensiones de un espectáculo político anodino, en última instancia aferrado a las mismas viejas teologías y teleologías imperiales que pretende haber superado. La conciencia occidental, moderna y postmoderna, la conciencia que representan New York, Shanghai o Berlín ha sido incapaz de definir un proyecto humano y global políticamente transparente; y contempla inerme su propia impotencia de concebir y construir una estrategia racional de supervivencia espiritual y material para toda la humanidad.
La consecuencia ética de la retirada del intelectual de la vida pública, y del vaciamiento intelectual de una cultura integralmente administrada es la completa escisión entre la inteligencia humana y la realidad biológica, histórica y social; y es la constitución de un “impersonal power” y una “organized irresponsability” (Mills), es decir, los componentes éticos constituyentes del totalitarismo liberal postmoderno. La muerte del intelectual como conciencia independiente y voz pública, como inteligencia crítica y referente esclarecedor sólo es un síntoma externo de la transformación de la democracia bajo los “Pentagons of Power” (Mumford) en el sistema de la “société du spectacle” (Debord), a lo ancho de las redes administrativas y sus inteligencias artificiales, y a lo largo del progreso de la violencia industrial y militar.
1 La palabra “holocausto” ha sido mediáticamente asociada con la shoah judía, perpetrada por el nacional-socialismo alemán y secundada por otras naciones europeas en el siglo pasado. En este ensayo empleo el concepto de holocausto en su literal sentido etimológico griego: holo-kauston = “incineración total”.
2 C. Wright Mills, Power, Politics and People (New York: Ballantine Books, 1959), p. 292.
Tomado de https://morfemacero.com/



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