Tu vida a través de una pantalla

Tu vida a través de una pantalla

Tomado de Ethic.es

El otro día me crucé en Instagram con un vídeo –otro más de tantos– de una pareja que descubre que está embarazada. Entran en el baño, ella pone el móvil a grabar. Saca el test de embarazo. Ve que es positivo. Se lo enseña a su marido. Hay risas y lágrimas y abrazos, y conforme pasan los segundos se compone una escena tierna, en gran medida, por la propia naturaleza del momento, tan íntimo y privado. Un momento del que, sin embargo, estamos siendo partícipes cientos y miles de desconocidos distribuidos a lo largo y ancho del globo terráqueo.

Hace años que publicamos parte de nuestra vida en Internet. Dos décadas de frases ingeniosas y desayunos estéticos y sonrisas con filtro. Pero ya no se trata solo de eso. Ya no es solo que veamos otra foto más de la tostada de aguacate de esa chica con la que fuimos a clase hace quince años, ni que publiquemos otra rutina de ejercicio para unos abdominales estupendos, ni que nos esforcemos en otro house tour con la mesa de café perfectamente decorada.

No es solo que consumamos contenido, a veces enriquecedor, a veces completamente trivial: es que hemos convertido la propia vida en contenido. Los momentos más íntimos y genuinos y emocionantes y desgarradores. Las crisis existenciales y las pedidas de mano. El anuncio de un embarazo e incluso el nacimiento de un hijo. Hemos convertido nuestra vida en el contenido que otras personas podrán descartar con un rápido movimiento del pulgar, sin mayores miramientos, sin mayores reticencias, por el sencillo hecho de que no les entretiene lo suficiente.

Susan Sontag escribió que este afán de fotografiar es «la necesidad de confirmar la realidad y dilatar la experiencia». Es decir, de certificar lo vivido. Pero, paradójicamente, al hacerlo rechazamos lo real para transformarlo en un espectáculo. Y hay algo profundamente incómodo y perturbador en ello. Porque cuando entregamos nuestros recuerdos para que sean consumidos, cuando entregamos nuestro duelo y nuestra alegría, en definitiva, nuestra intimidad, nos estamos entregando a nosotros mismos. Estamos transformando la naturaleza de eso que nos configura en algo que otros pueden desechar.

¿Hasta qué punto entendemos los grandes hitos vitales como peldaños hacia los aplausos de completos desconocidos?

Cuando la emoción del momento publicado y expuesto al ojo ajeno se disipa, hay una certeza que coge cuerpo: algunos de los momentos más importantes e irrepetibles de nuestras vidas estarán empañados por una preocupación que nada tenía que ver con el momento en sí, y mucho con el ángulo y la cámara y la iluminación.

Es inevitable preguntarse cómo instrumentalizamos nuestra vida y comercializamos nuestros recuerdos y corrompemos nuestra memoria. Cómo vamos pelando todas las capas de significado personal que pueden tener esas experiencias, grandes y pequeñas, hasta dejarlas reducidas a un bonito y aséptico decorado. Es inevitable plantearse hasta qué punto entendemos los grandes hitos vitales como peldaños hacia los aplausos de completos desconocidos.

Por supuesto que está bien capturar momentos ocasionales y compartirlos, pero peor que no tener pruebas de nuestros momentos más importantes, es darnos cuenta de que llevamos una existencia diseñada para extraños. De que actuamos en los momentos más cruciales de nuestra propia vida.

Uno de los propósitos que más se escuchan en estas fechas es el de dedicarle menos tiempo al móvil, de consumir menos, de estar más presente. Una forma podría ser la de guardar lo verdadero, lo importante, lo íntimo, para uno mismo. Sin edición, ni filtro. Sin pose ni segundas tomas. Sin miedo a que nuestra existencia pase desapercibida y sin público.

Con el propósito amplio y poderoso y embriagador de desear retener nuestra vida un poco menos para poder agotarla un poco más.

Tomado de Ethic.es