julio 12, 2021

Todd Haynes recupera intactas las infinitas voces y profecías de Lou Reed

El documental 'The Velvet Undergroung' comprime más de 600 horas de material de archivo de la banda auspiciada por Andy Warhol en la Nueva York de los años 60 y 70. "Las imágenes de la época siguen siendo rabiosamente actuales y...

Actualizado Viernes,
9
julio
2021

01:58

El documental ‘The Velvet Undergroung’ comprime más de 600 horas de material de archivo de la banda auspiciada por Andy Warhol en la Nueva York de los años 60 y 70. “Las imágenes de la época siguen siendo rabiosamente actuales y sexys”, afirma el director

Todd Haynes en la presentación de 'The Velvet Underground'.
Todd Haynes en la presentación de ‘The Velvet Underground’.Sebastien NogierEFE

No está claro si lo que salió a la venta en 1967 bajo el título de The Velvet Underground & Nico era simplemente un disco de rock o una profecía destinada a establecer un nuevo programa de vida, obra y pensamiento. El director Todd Haynes está convencido de lo segundo y su brillante demostración se exhibió con todos los honores fuera de la competición en el Festival de Cannes. Su título deja pocas opciones a la duda. The Velvet Underground, así se llama, funciona si se quiere como una delicada onomatopeya, como una aliteración más de imagen que de sonido, que no sólo captura la historia de un grupo y su tiempo y su ciudad sino que, a su manera, resucita a los tres en su sentido más profundo. Por apurar la imagen, la película juega a las sinestesias cruzadas: la imagen suena, cada una de las notas y los textos adquieren la textura del amarillo sobre una serigrafía de Warhol. Y así.

Dice el director que lo más complicado fue “conseguir la presencia de Lou Reed a partir del material de archivo”. “Quería”, continúa, “que él estuviera dentro de la propia película”. Y lo consigue, sin duda. Fue en el periodo más confinado de la pandemia cuando Haynes recibió el encargo y el material de poner en orden más de 600 horas de imágenes de archivo tomadas de la viuda de Reed, Laurie Anderson, del Museo de Arte Moderno y de la Biblioteca Pública de Nueva York.

La pantalla se fractura en dos en una especie de diorama. Las entrevistas con los miembros vivos de la banda y con infinidad de testigos de entonces se colocan frente al espejo de un pasado que, de repente, se antoja la profecía de un tiempo perfecto; un tiempo iluminado con luces estroboscópicas que bien podría ser el futuro mismo recombinado con los pecios de un naufragio de otra época. Es el pasado que se mira en el reflejo del porvenir. Es el presente idealizado y envenenado por todo lo que pudo llegar a ser. Es puro deseo convertido en simple memoria.

En su aspecto más discursivo, la película pone en el sitio que debe la historia del grupo nacido en Nueva York bajo los auspicios de Andy Warhol. Queda claro que todo cambió en los años en que la banda formada por Lou Reed y John Cale estuvo midiéndose con la poesía de Allen Ginsberg, la narrativa de William S. Burroughs o el cine de Jonas Mekas. Pero el documental no busca ni la nostalgia ni la reivindicación ni la hagiografía, simplemente se deja llevar. Lo que importa es la transformación misma de la mirada desde lo más hondo de cada una de las contradicciones que la habitan. Puesto si en algo incide la propuesta de Haynes es la capacidad para la paradoja de todo lo rigurosamente nuevo: se trata de una música tan definitiva de su tiempo como ferozmente atemporal, tan literaria como melódica, tan arraigada en el arte inmarcesible de galería como indistinguible del paradigma de metrópolis viva que fue Nueva York.

Las imágenes de la época siguen siendo rabiosamente actuales y sexys. Hay algo mágico, o sólo extraño, cuando el entrevistado mira hacia el otro lado de la pantalla y la referencia es tan concreta que parece que tanto él como el propio espectador estuvieran ahí”, comenta el director en lo que acaba por ser una buena definición de su película.

Aunque se trata del primer documental que rueda Haynes no es la primera vez que se interesa por la música. Su filmografía de hecho siempre ha estado ahí. Velvet Goldmine, de 1998, recuperaba para la pantalla los brillos del glam rock. Y por allí aparecían émulos de el Ziggy Stardust de David Bowie (encarnado por Jonathan Rhys-Meyer) o de Iggy Pop o el propio Lou Reed. Cuando en 2007, rodara I’m not There, inspirada en la vida de Bob Dylan, ya todo quedó claro.

Cuenta Haynes que su propósito no es desvelar nada nuevo ni siquiera hurgar en la infinidad de heridas que la banda dejó a su paso. Toda ella fue herida. “No es una película de cotilleos sobre sexo, drogas y rock’n’roll… Y sin duda esa película se podría hacer y sería muy divertida“, dice para acto seguido poner como lema y guía de su trabajo “la profundidad e integridad artística”. La profecía, cabría añadir.

Lo cierto es que cualquier obra de arte tiene mucho de profecía por aquello que decía el mismo Heidegger sobre la tensión en la que se resuelve la obra de arte entre dos conceptos: la tierra y el mundo. El primero oculta de la misma manera que lo hace el atrabiliario conjunto de lugares comunes que ordenan una mirada pasiva, mercantilizada, quizá moribunda. El segundo, como el lugar preciso en el que el verdadero entendimiento sucede, quiere espacios nuevos; desea mirar, escuchar, sentir las cosas por primera vez y dotarlas de sentido. Crear, en definitiva, es un ejercicio de desvelamiento, de significado, de lucha, de choque de contrarios: el mundo que se impone al ejercicio de ocultamiento de la tierra. Se trata de mirar las cosas por primera vez. Y eso hizo la Velvet y eso demuestra Haynes en la película sobre la Velvet. Brillante.

EL OSLO DE TRIER

Por lo demás, la sección a competición tuvo su momento estelar en la película del noruego Joachim TrierThe Worst Person in the World (La peor persona del mundo). El director regresa a su ciudad, que no es Nueva York sino Oslo. Si en 2011 Trier sorprendió con Oslo, 31 de agosto, una radiografía desesperada, autodestructiva y profundamente negra de la propia negritud, ahora vuelve a las andadas. De nuevo, el espeso aroma de la melancolía, otra vez la derrota como sentido. Suena nórdico y, lo que son las cosa, lo es.

Bien es cierto que esta vez hay cambios. Ahora, la mirada la ofrece una mujer (brillante la actriz Renate Reinsve) y el contrapunto para que no cunda el mareo en la sala son unos sanos sentidos del humor y del ritmo. Estructurada en 12 capítulos con prólogo y epílogo, la cinta repasa la vida en la treintena de su protagonista a la que sólo le guía la sensación de pérdida. Lo que sigue es un inteligente repaso por asuntos tales como la pareja, la maternidad, el compromiso y el absurdo de todo esto en tiempos donde cualquier sustantivo abstracto admite el prefijo post o pos: posfeminismo, posmetoo, pospandemia, pospos…

Ligera pese a su gravedad, optimista en su desesperación, gozosa aunque duele. Quizá también ésta sea una profecía. Y que dios nos pille confesados.

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