Su nombre es Faustino Chimalpopoca

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El año es 1863. El lugar: la Cámara de Diputados en la Ciudad de México. Lejos, muy lejos, Benito Juárez se oculta –con la República en el bolsillo– de las tropas francesas. Aquí, en el salón de sesiones, 215 hombres se alistan a constituir la Asamblea de Notables que, en el vértigo de unas semanas, disolverá la República, decretará la monarquía y saldrá a Europa en busca de un príncipe católico dispuesto a redimir a México.

Entre los miembros de la Asamblea se cuentan los villanos usuales: mineros, terratenientes, milicos conservadores. Uno de los integrantes más exaltados es, sin embargo, una sorpresa: el abogado, traductor y profesor nahua Faustino Chimalpopoca, quien, al mismo tiempo que se jura descendiente directo de Moctezuma y Nezahualcóyotl, sueña con vastos imperios europeos. Es tal el entusiasmo de este hombre que no solo firmará el acta monárquica; también apurará una agitada proclama en náhuatl para llamar a los pueblos indígenas a sumarse a la causa imperial y viajará hasta Miramar a ofrecerle el país a Maximiliano. Ya de vuelta en México será un súbdito ejemplar: consentirá al emperador con el mote de tlatoani, servirá convencidamente en su gobierno y se sentará algunas tardes con él para enseñarle algo de náhuatl. Maximiliano y Chimalpopoca en Chapultepec: bonita estampa romántica que Juárez destrozará cuando mande a uno al paredón y al otro a la fuga.

Para conocer más del autor, puedes visitar Nadie escribe como Jesús Gardea.

En toda galería de rarezas mexicanas debe reservarse un espacio para Faustino Chimalpopoca. Nacido en 1802 en el pueblo de indios de Tláhuac, no lejos de la capital, Chimalpopoca atravesó nuestro siglo XIX como protagonista y como fantasma, plural y contradictorio, atado a su circunstancia pero también anacrónico y futuro. Como político bamboleó entre los liberales y los conservadores y fue, entre otras cosas, diputado en el Congreso Constituyente del 57, administrador de los bienes de las parcialidades de Tlatelolco y San Juan Tenochtitlan y presidente de la Junta Protectora de las Clases Menesterosas fundada por Maximiliano. Como académico dictó clases de náhuatl y otomí en el Colegio de San Gregorio y en la Nacional y Pontificia Universidad de México, ocupó un asiento en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y tradujo –no sin imaginación– documentos y códices mesoamericanos. En su tiempo libre imaginó un imperio mexica-habsbúrguico y ensayó una heroica teoría del náhuatl (“la lengua mexicana es superior en la elegancia y finura de frases a la latina y griega”) que depositó en dos obras en apariencia muy modestas pero no exentas, ya se verá, de dinamita: Silabario de idioma mexicano (1849) y Epítome o modo fácil de aprender el idioma náhuatl o lengua mexicana (1869).

El autor indígena unánimemente olvidado y difamado

Empujar a Chimalpopoca hacia una de las orillas del bando conservador y reducirlo a una mera figura colaboracionista sería tan equivocado como dispensar su desventura imperial y pensarlo como un combativo sujeto anticolonial. Plantado a la mitad del XIX, Chimalpopoca es una singularidad que revela no un país dividido en dos bandos sino un inestable, tenso campo de violencias y negociaciones entre individuos y comunidades.

En el México en que Chimalpopoca nace y crece los pueblos indígenas son reconocidos como tales, y conservan, en medio de tanta opresión, ciertos derechos comunitarios. Unos años más tarde el liberalismo barre con esos derechos y privatiza, en nombre de la libertad, las tierras comunales. Chimalpopoca es demasiado agudo como para no anticipar de inmediato que ese nuevo marco liberal no supondrá otra cosa que más despojo y explotación para las comunidades indígenas. Está, por otra parte, lo suficientemente loco para creer que un príncipe europeo podría restituir no solo los derechos corporativos sino una suerte de antiguo orden mesoamericano. En sus tardes menos afiebradas Chimalpopoca se dedica a una labor política más sensata: copia y traduce documentos antiguos para que comunidades indígenas puedan reclamar legalmente la propiedad de sus tierras.

Muerto en la Ciudad de México en 1877, unos años después de haber vuelto de su exilio parisino, Chimalpopoca corre con una dispareja suerte póstuma. Casi unánimemente olvidado, es mentado solo de vez en vez y casi siempre para infamarlo. Véase: Ángel María Garibay lo acusa de haber provocado un “caos en la investigación antigua” con sus “fantásticas traducciones”; Miguel León Portilla no lo estima gran cosa y prefiere ignorar sus versiones, y José Emilio Pacheco equivoca su nombre la vez que lo recuerda. De unos años para acá, sin embargo, un puñado de historiadores (Andrés Lira, Erika Pani, Kelly S. McDonough, Argelia Segovia, Baruc Martínez Díaz) ha empezado a rescatar la figura de Chimalpopoca, no para erigirlo como un aguerrido héroe decolonial sino para pensarlo como un conflictuado intelectual nahua que buscó mediar entre el Estado y las comunidades indígenas en tiempos de pesadillas liberales y conservadoras. Ahora toca el turno a Heriberto Yépez (Tijuana, 1974), quien en Faustino Chimalpopoca: la vanguardia clandestina (2022) –publicado por editorial Matadero– aventura la reivindicación más valiente y arrojada: la de Chimalpopoca como poeta –y más todavía: como extraordinario poeta (proto)vanguardista.

Tras las huellas del reinventor de la poesía nahua

La tesis de este libro es categórica y tiene algo de la locura de su personaje: Chimalpopoca –afirma Yépez– fue, por debajo de todas las cosas, un poeta secreto y su poesía, hasta ahora traspapelada, fue insólita en el panorama mexicano del XIX, emparentada solo con lo que otro puñado de alucinados (Simón Rodríguez, Walt Whitman, Rimbaud, Lautréamont) escribía lejos y precursora de las vanguardias y posmodernidades de los siglos ulteriores. Para probar este escándalo, Yépez realiza tres sólidas operaciones. La primera es arqueológica: desempolva los dos tomos que Chimalpopoca publicó en vida, el Silabario y el Epítome, y descubre entre sus páginas, disfrazados de ejercicios didácticos para aprender el náhuatl, unos trozos de escritura que él decide identificar como poesía. La segunda es analítica: estudia de cerca esos “poemas” y halla en todos ellos una poética radical que, entre otras cosas, va y viene del español al náhuatl, mezcla géneros y registros, reinventa la poesía nahua, se ríe de la “alta cultura” y explota el sentido para escapar del marco de legibilidad de su época. La tercera es, finalmente, editorial: una vez resignificados como poesía, Yépez expone los diecinueve “poemas” de Chimalpopoca ante los ojos del lector.

Este es uno de ellos:

LECCIÓN IV. EJERCICIO PRIMERO

¿Mujer?

¿Mujeres?

¿Muchacho?

¿Muchachos?

¿Caballero?

¿Caballeros?

¿Señora?

¿Señoras?

El hombre que vino.

Los hombres que se fueron.

Cuando escribí luego me fui.

El soldado.

Los soldados.

Venado.

Venada.

El hijo, niño, varón.

La hija, niña.

Este es otro:

TLANONOTZALIZTLI

En dónde estoy?

Aquí estoy.

Dónde estás tú?

Aquí estoy?

Dónde estuviste ayer?

Allá en México.

Con quién estuviste?

Con el Señor.

Y el Señor en qué parte de México se halla?

Allá en el palacio.

No sabes si vendrá su merced por este rumbo?

Creo que no.

Dónde anda tu hermano mayor?

Paseando por las calles.

Y tu hermano menor?

Está estudiando.

Ya compraste la manta de algodón?

Aun no la compro.

Hasta cuándo la comprarás?

Puede ser mañana.

Por qué no ahora?

Porque no tengo dinero.

Por qué no trabajas para tenerlo?

Porque no hay en qué trabajar;

en razón de que los estrangeros todo lo hacen.

Dónde se halla tu amada madre?

Allá en casa de la gran señora.

Qué es lo que está haciendo?

Está cosiendo.

Qué es lo que está cosiendo?

Una capa.

Sabes contar?

Sí, señor, sé.

Cuenta, pues.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco

seis, siete, ocho,

nueve, diez, once,

doce, trece,

catorce, quince, dieciséis,

diecisiete, dieciocho, diecinueve,

veinte.

Está bueno.

Sabes saludar á los señores?

Sí, señor, sé.

Saluda, pues.

Señor, cómo ha amanecido ud.?

Cómo ha pasado su merced la noche que ha enviado Dios?

Así, pues, os conserve.

Cómo ha amanecido la gran señora?

El Soberano Dios os auxilie con su misericordia.

Qué otra cosa sabes?

Ya nada.

Por qué?

Porque soy un grande animal.

Así sea.

Volver a Chimalpopoca es sacudir el subsuelo de la poesía mexicana

Como en otros ensayos de Yépez, algunos argumentos aquí son cuestionables, el análisis es algo grueso y la prosa tropieza más de una vez. También como en casi todo Yépez, hay ideas – varias de gran potencia– y el trabajo crítico, además de demoler, produce: polémicas, archivos, sujetos. Al final, apenas si importa si uno coincide o no con la lectura que Yépez hace de Chimalpopoca. Importa que Yépez ha traído a Chimalpopoca de entre los muertos –así como antes contribuyó a traer a Ulises Carrión de regreso– y que lo ha leído –que lo ha inventado– como poeta. Da lo mismo si usted no está de acuerdo: el poeta Chimalpopoca ya está aquí, contemporáneo e inapagable, listo para que millones lo ignoren pero también para que algunos lo lean y otros pocos lo exalten como antes unos salvajes exaltaron a, digamos, Cesárea Tinajera. Su (re)aparición no transforma de golpe el paisaje de la poesía mexicana –como dice por allí Yépez–, pero vaya que nutre y sacude su subsuelo.

Al cerrar este libro, uno puede visitar directamente al bueno de Chimalpopoca. Es sencillo: el Epítome está disponible, íntegro, en Google Books. El viaje es alucinante. Uno anda, fascinado, por los párrafos con los que Chimalpopoca quiere explicar el vocabulario y la fonética y la gramática del náhuatl y de pronto se topa uno, doblemente fascinado, con esas listas de pronombres y sustantivos, con esos ejercicios gramaticales, con esas lúdicas marcas de tinta, que Yépez ha leído ya para siempre como poesía. Incluso si uno se resiste a leerlos como poemas, está claro que son artefactos extraños –cosas, minerales– que desbordan el propósito didáctico del libro y que se fugan, encendidos y ligeros, hacia un sensorio distinto. Incluso si uno se niega a pensarlos como anticipos de la vanguardia, es verdad que lucen todavía hoy nuevos y que detonan en los lectores asociaciones que no son de aquel tiempo. Si me preguntan, yo leo a Chimalpopoca y creo entrever entre sus palabras, no lejos del paraguas y la máquina de coser surrealistas, destellos de, qué sé yo, Beckett, Jarry, Fabre, Jelinek, Markson, Sol LeWitt, Efrén Hernández. Lucrecia Martel y de algo que vi ayer en la televisión. Usted advertirá otros espectros. Es como si Yépez hubiera delirado a un poeta que nos había delirado ya a nosotros.

Heriberto Yépez
Faustino Chimalpopoca: la vanguardia clandestina
Ciudad de México, Matadero, 2022, 107 pp.


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Tomado de https://gatopardo.com/