enero 12, 2022

“Si no me sacas 10, no me desayunas”. De las técnicas de la humillación aplicadas a los niños

(06 DE ENERO, 2022) Por Fabrizio Mejía Madrid.

“Atrás merecen quedar los flojos, perezosos y todos los que viven plácidamente del empeño puesto por otros (…) ni todos somos iguales, ni todos se esmeran por igual”, escribió un conductor de televisión del Grupo Salinas. Un profesor del ITAM: “Un programa de becas incondicional genera riesgo moral”. El director de un diario nacional: “Lo que me molesta es que disfracen de apoyo los programas clientelares”. “Se alienta la mediocridad y el conformismo”, dijo otro en una publicación que se financió durante décadas del dinero público discrecional. 

Ninguna de estas frases resultaría tan ofensiva y cruel si no se supiera que estos humanistas se estaban refiriendo a la beca universal para niños de primaria en la Ciudad de México. A personas de entre 6 y 12 años de edad en el sistema de educación pública. Un apoyo que antes se daba a quienes sacaban 10 de calificación —llamados “talentos”—- y que ahora se hace un derecho universal. En el octavo círculo del Infierno de Dante están los estafadores, los fraudulentos, y los que, siendo conscientes del mal que causan, dicen estar haciéndolo por el bien. Pero, ¿qué ideas hay detrás de estar en contra de un derecho universal? 

Lo que se llamó “meritocracia” tiene como base una mentira peligrosa por frustrante: que las castas y sus desigualdades no están relacionadas con la clase social, el origen geográfico, la pigmentación, el género, sino con el “talento” y el “esfuerzo”. Es una sociedad imaginaria donde todos somos corredores de pista y empezamos en la misma línea de salida; de ahí en adelante, si a unos les salen mejores resultados es porque “vieron una oportunidad” o “le echaron más ganas”. Es una ficción deportiva que preserva la inmovilidad social y justifica las desigualdades de inicio. Es la ideología que permite ver al neoliberalismo como algo justo. La podemos ver con claridad en la consigna de Ronald Reagan en los ochentas: hay que castigar la pobreza y premiar la riqueza. Se le cobran más impuestos a los trabajadores y se les condonan a los ricos con esa idea enloquecida de que el “esfuerzo” viene de la sanción. Lo único que provoca es que se asienten y fosilicen las desigualdades de inicio. Comparte con el relato de la Superación Personal un rasgo distintivo: si te va mal en el mundo, no trates de cambiarlo; cámbiate a ti mismo y lograrás el éxito. La desigualdad, por lo tanto, no recae en el sistema sino que es tu culpa. De ahí que cualquier solución sea individual, cuestionando, no al sistema sino si hay algo mal en nuestro carácter, actitud, y disposición. La meritocracia implica que quienes tienen muchos millones, grados académicos, puestos de dirección son mejores que los que no. O, al menos, tienen más talento o se esforzaron más. Así, el dueño de un casino sería mejor que una enfermera. Esta idea es humillante porque, si consideramos que la riqueza de los multimillonarios es heredada o producto de las relaciones políticas dentro de una élite, estamos llamando a los ricos “trabajadores” y, por lo tanto, “holgazanes” a los que trabajan tres turnos sin poder acumular las mercancías que indican el “éxito”. Se genera, no sólo una angustia por el logro económico sino también por la estima social. Quien no tiene suficiente es llamado “haragán, mantenido, conformista, aprovechado” por más que se esfuerce y quiera vivir conforme las reglas de la competencia. Es esa ideología la que provoca, entre otras depresiones, que se busque “ganar” a costa de los demás, del medio ambiente, de la razón.      

La historia de la ideología meritocrática es curiosa. La acuñó el sociólogo Michael Young en 1958 como un término satírico para la sociedad que dominaría hasta el 2033, año en que provocaría una guerra civil. Desde su origen se vio como un sistema de humillación entre “ganadores” y “perdedores” que perpetuaba las desigualdades entre el privilegio y la desventaja; quien estaba en la cúspide, sentía que lo merecía por ser superior a los que no. Era, como una oligarquía basada en algo medible llamado “éxito”.  Esta pesadilla satírica devino en ideal para las sociedades del neoliberalismo. Hannah Arendt la llamó “una oligarquía indistinguible del privilegio económico”. El profesor de Harvard, Michael Sandel, escribe: “Es una ideología que hace de las clases subordinadas inferiores en todos los aspectos: inteligencia, educación, habilidades”. Pero, para los fanáticos del neoliberalismo, es más: el “perdedor” debe ser castigado y, por lo tanto, enviarlo a que se esfuerce más. 

Esta ideología tiene dos pies. Uno es la tecnocracia, es decir, la apropiación que hicieron los académicos y los expertos de los asuntos públicos. El otro, es lo que una sociedad entiende por justicia y éxito. De la primera pata del monstruo autoritario de la técnica viene la idea de que lo medible es neutral, los números son objetivos. Además de jamás preguntarse qué es lo que miden y por qué eso y no otro, cierran la experiencia escolar, laboral, deportiva, al simple cuadro de honor. Es una ideología que piensa a las sociedades como escaleras en las que se sube individualmente con esfuerzo y talento. Subir, en este esquema, es acumular mercancías y propiedades, cambiándolas por las novedades cada cierto tiempo, y llegar al post-doctorado y coleccionar títulos en las paredes. De ahí las metáforas de los cangrejos que se jalan unos a otros para tratar de salir de una cubeta. Que todo problema social se convirtiera en individual hizo que se preocuparan por la actitud de los cangrejos y no por qué vivían dentro de una cubeta tratando de salir. ¿Salir a dónde? La idea de la escalera se opone a otro tipo de metáforas sociales como, por ejemplo, los caminos. En una escalera, para saber quién está en la cúspide, es necesario atribuirle un número, una cantidad para evaluarla. Pero los que pasamos demasiados años en las escuelas, sabemos que lo que indica una calificación no es lo que aprendiste sino tu habilidad para contestar un examen. El sistema escolar premia a quienes saben pasar un control, no a quienes tienen los demás tipos de inteligencia: lingüística, artística, emocional, interpersonal, espacial, social, corporal, etcétera. Si nos pensáramos como caminos, la calificación dejaría de tener la sacralidad de la meta para reconocer la importancia de las experiencias. 

La otra pata del monstruo meritocrático es que la justicia no está relacionada con la equidad, sino con la movilidad. No es, pues, un remedio contra la injusticia, sino una justificación de la misma. Quien sube, gana y quien baja, pierde, como en el juego de las serpientes y escaleras. Los dados están cargados para quienes heredaron un apellido, una localización geográfica, un capital cultural. Un estudiante que no desayuna, tiene que transportarse en la madrugada para llegar a su escuela, no tiene libros en casa, ni tutores académicos pagados por sus padres, y padres que tengan tiempo para dedicarles al estudio, será inscrito en una carrera para alcanzar lo que otro ya tiene andado. Todo para lograr un número que sólo quiere decir saber pasar un examen. Ligar ese número al dinero y, de ahí, al valor como persona social, es perpetuar la humillación.

Pero, más allá de eso, tendríamos que discutir como sociedad el asunto del azar. Tener una habilidad o un talento es un asunto de suerte, no del ahínco, desvelo y voluntad. El azar no es justo. La equidad es política precisamente porque reconoce que el éxito no es resultado de la disposición “natural”, sino de factores sociales. Lo que valoramos como meritorio, el dinero, no depende sino de la suerte de haber nacido con riqueza o, en una sociedad como la estadunidense, que premia los puntos de pelotas encestadas: saber jugar basquetbol. El precio que una sociedad está dispuesta a pagarle a un dueño de un casino y no a la enfermera, debería plantearle a los “ganadores” un problema moral: si el éxito no es mío, habría que compartirlo con quien lo posibilitó, es decir, la sociedad que me premia. Ahí entra la política para resignificar lo que debe ser justo.

La politización en nombre de los niños, sean los enfermos de cáncer o los que juegan en los patios públicos, debiera hacernos reflexionar sobre la crueldad. Decir que los niños que no sacan dieces no merecen desayunar o que son “clientes” electorales o que representan “riesgo moral”, es llevar los términos al sin sentido de una comparación que no sirve más que para descalificar una política pública. Una “clientela” electoral es un grupo al que se le dan recursos discrecionalmente, como fue el caso, por ejemplo, de las revistas y diarios que hoy ponen el alarido en el cielo. Cuando un derecho es universal, desaparece la dádiva precisamente porque se puede demandar su cumplimiento; no depende de la voluntad del político en turno. En el otro exceso discursivo, el del “riesgo moral”, es un término que viene de las aseguradoras: si tienes seguro del coche, supuestamente eres más descuidado. Decir que contar con un apoyo para estudiar la primaria es fomentar el descuido, es una técnica de humillación. En todo caso, el “riesgo moral” por antonomasia es del sistema financiero. Los bancos, las calificadoras, las bolsas de valores se decían en 2008 “demasiado grandes para fallar”. Y, sí, el “riesgo moral” de los especuladores es que están seguros de que siempre los rescataremos los contribuyentes. Decir eso de los niños es, por lo menos, ruin. Es castigarlos por jugar en una sociedad que no les permite reclamar que los dados están cargados en su contra.    


Fabrizio Mejía Madrid (Ciudad de México, 1968). Es un escritor y analista político. Ha sido colaborador de La Jornada, Proceso,​ Gatopardo y El País, entre otros. 

Tomado de https://elchamuco.com.mx/

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