julio 11, 2021

Sean Penn la vuelve a liar (van dos) y Ari Folman deslumbra

El actor y director confirma que su relación con Cannes sigue sin remontar. A su lado, Ari Folman recrea y actualiza el universo de Ana Frank en un inteligente y muy delicado cuento animado sin edad Leer#ExpresionSonoraNoticias Tomado de http://estaticos.elmundo.es/elmundo/rss/cultura...

Actualizado Domingo,
11
julio
2021

02:52

El actor y director confirma que su relación con Cannes sigue sin remontar. A su lado, Ari Folman recrea y actualiza el universo de Ana Frank en un inteligente y muy delicado cuento animado sin edad

Sean Penn y Dylan Frances Penn, en la presentación de 'Flag Day'.
Sean Penn y Dylan Frances Penn, en la presentación de ‘Flag Day’.Vianney Le CaerInvision/AP

Gustav Mahler, además de dejarnos una decena de sinfonías, nos legó la costumbre de escuchar en silencio hasta el final cada pieza en la sala de conciertos. Por su culpa, al que se le escapa un aplauso entre movimientos recibe la rápida y desdeñosa admonición del que sabe. De Sean Penn, actor entregado al límite y director amante de ese mismo vértigo, también hemos heredado una forma de asistir a las salas, a las de cine. Por lo menos, en Cannes. Desde el estreno en la Croisette hace cinco años de su penúltimo trabajo, todo cambió. La dirección del festival reordenó el programa de proyecciones hasta convertirlo en un muy entretenido Tetrix y todo para evitar que ninguna crítica negativa emborrone la sesión de gala. Cuando el plantel de ‘Diré tu nombre’ (Javier Bardem incluido) subía por la alfombra roja, más que una celebración aquello parecía un funeral. Ya todo el mundo tenía conocimiento del desastre titánico de puro ‘mahleriano’.

Por todo ello, a la natural curiosidad por el nuevo trabajo de un director con películas en su haber tan notables como ‘Extraño vínculo de sangre’ o ‘El juramento’ se le sumaba el sábado el morbo de saber qué nuevos cambios en la programación llegarían de la mano de ‘Flag day’ (Día de la bandera). Y vista la película, quizá a partir del año que viene las producciones de Penn y su familia dispongan de una sección para ellos sólos cuya proyección coincida con una cena gratis regada con los vinos provenzales más exclusivos para los críticos. Algo habrá que inventar porque lo cierto es que la ha vuelto a hacer. Sin alcanzar las cumbres del despropósito de su trabajo anterior, tampoco ahora acierta a nada más que coleccionar lugares comunes tan pomposos como mal hilados en un drama familiar tan inverosímil como, también ahora, titánico. Todo aparece o muy subrayado o muy fuera de madre. O las dos cosas.

Para situarnos, la película dice estar basada en la historia real de una periodista. Se cuenta la relación entre un padre (el propio Penn, Sean) embaucador, bastante creativo y muy embustero, y su hija (la propia Penn, Dylan). Lo que sigue en una historia entre la redención, la fiebre y el perdón. Se trata de narrar la conciliación entre aquella felicidad idealizada por la niña que veía un héroe en su progenitor y la certeza de la mujer ya adulta que sabe que el que creía indestructible es en realidad una auténtica catástrofe.

A un lado lo cansino, perezoso y hasta reaccionario que resulta el relato siempre repetido de la bondad intrínseca y pura del que en la vida de verdad no es más que un abusador irresponsable, la película adolece de casi todos los vicios del cine sensorialmente ‘malickiano‘ (por Terrence Malick). Quiere el director detenerse en la emoción del instante y para ello insiste en todo tipo de recursos en su tiempo novedosos ahora ya agotados: las secuencias medio veladas, los ‘clips’ musicales incrustados en la narración cada poco, la repetición insistente de cuatro imágenes administradas como fetiches y, cómo no, la mano que recorre un campo de trigo al atardecer (esto último debería prohibirse ya).

Sin duda es de mérito ese empleo de película de 16 mm y de viejos objetivos para obtener de la pantalla resplandores nuevos. O, mejor, viejos que se antojan completamente de estreno. De forma muy aislada, Penn nos recuerda la vibración e intensidad del director que fue en los 90 o, incluso, en 2007 con la belleza de gusto épico que demostraba en ‘Hacia rutas salvajes’. El problema es el cliché; ese esfuerzo reiterado de confundir autenticidad y complejidad, que es lo que se busca, con malabarismo y grito. Se grita muchísimo. El resultado es decepcionante o coherente según cómo se mire. Decepciona esa sustitución del amaneramiento por el gesto, y resulta de una lógica aplastante su empeño en que Mahler pase a la historia de los modales a demostrar en un espectáculo, sea musical o cinematográfico, como un aprendiz. Por cierto, ¿cuándo dejarán aplaudir entre movimientos?

EL HOLOCAUSTO CONTADO A LOS NIÑOS

Fuera de competición, Ari Folman sorprendió con ‘Where is Anne Frank’ (Dónde está Ana Frank) su nuevo trabajo de animación. Y lo hizo para bien. Incluso para muy bien. Digamos que, como Penn, tampoco el director judío se despegó de la línea de su última película. El responsable de la irrefutable y muy copiada ‘Vals con Bashir’ (2008) y de la alambicada provocación extraída del siempre genial Stanislaw Lem ‘El congreso’ (2013) cambia ahora el objetivo de su trabajo y lleva la animación al que se supone (mal supuesto) que es su mundo: el de la infancia. O casi.

Ahora se trata de tomar ‘El diario de Ana Frank’ y, antes que sólo adaptarlo, reconvertirlo en una fábula que nos interpela y abofetea incluso desde el más evidente presente. El mecanismo ideado es hacer protagonista de la película no a la propia Ana Frank sino a la amiga imaginaria a la que dirigió el libro ya clásico. La película navega entre el pasado y el presente y con los dos discute. A lo que ocurrió allá en Europa en plena guerra mundial no le exige nada más que la necesidad imperecedera del recuerdo. El pasado es el presente. Y a la Europa de la pospandemia le recrimina no haber entendido nada de lo que de verdad nos legó la adolescente a la que se han dedicado calles, museos y teatros. Algo parecido al Holocausto lo viven hoy en el corazón de nuestra civilización buena parte de los refugiados a los que despreciamos, repatriamos o condenamos a campos de internamiento. El presente es el pasado.

Y sobre lo dicho en el párrafo anterior, Folman despliega una animación tan imaginativa como delicada, tan emotiva en la composición como innovadora en el trazo. Y, sobre todo, inteligente. Habíamos dicho que era un cuento para niños y, en realidad, es un cuento para cualquier niño independientemente de la edad.

Por último, la sección oficial se cerró con el último trabajo de Juho Kuosmanen. ‘Compartment No. 6’ (Compartimento nº 6) es básicamente un viaje en tren. Pero muy largo y al ártico ruso. Con todo lo que eso implica en todos los niveles. En el más evidente, se trata de un trayecto en línea recta y muy frío. Mucho. Y en el otro, en el evidentemente metafórico, se viaja hacia un lugar remoto que, en realidad, está muy hundido en lo más profundo del pecho.

El director de la soberbia y muy triste ‘El día más feliz en la vida de Olli Mäki‘ (2016) compone de este modo una película tan solvente y absorbente como obsesiva que coloca a sus protagonistas (Seidi Haarla y Yuriy Borisov) ante la necesidad de uno de esos ejercicios interpretativos intensos hasta la exasperación. Casi suicida.

De otro modo, y como ya se ha dicho, un día digno de Mahler.

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