¿Se vale hacer psicología del creador y su obra?

¿Se vale hacer psicología del creador y su obra?

El laberinto del mundo

José Antonio Lugo

A Héctor Iván González

I. Sainte Beuve

Contemporáneo de Victor Hugo y de Flaubert, se erigió como el primer crítico literario de la modernidad. Basaba su «análisis literario» en la personalidad de los autores, en sus virtudes y defectos. Esta crítica moralina provocó la irritación absoluta, ni más ni menos, de Marcel Proust, el genial autor de A la busqueda del tiempo perdido, quien en su libro, titulado precisamente Contra Sainte-Beuve, arremete contra este tipo de crítica, por considerar que se basa en una psicología superficial que elude lo más importante: el texto literario. Proust señala: hay que analizar el texto, no al autor. 

II. Gradiva 

Con base en la novela del mismo nombre de Wilhem Jensen, Freud escribió El delirio y los sueños en la Gradiva de Jensen. El personaje principal, el arqueólogo Norbert Hanold, se enamora de un bajorelieve que representa a una mujer -quien murió durante la erupción del Vesubio-, al punto de creer, en su fantasía, el delirio del encuentro con ella. Dice Freud: «La afirmación de que los sueños son deseos figurados como cumplidos, subsiste. (…) El primer deseo es haber sido testigo ocular de aquella catástrofe del año 79; el segundo, de índole erótica, es estar presente cuando la amada se acuesta para dormir. El deseo de ser capturado por la amada, de plegarse a ella y sometérsele, posee en verdad un carácter pasivo, masoquista».

A partir de este libro de Freud, surgió la psicocrítica, que no busca el análisis psicológico de la personalidad del autor sino registrar los motivos inconscientes que se reflejan en su obra, tratando de encontrar, de esa manera, una supuesta objetividad. No parece una tarea sencilla. Gérard de Nérval, el gran autor francés, introdujo el inconsciente y la vida onírica en la literatura en su novela Aurelia. Después de escribirla y crear la imagen inmortal de «el sol negro de la melancolía» se suicidó. 

¿Es posible analizar a Nerval desde una interpretación psicoanalítica de su inconsciente o hacer lo mismo con cualquier autor? ¿Estas interpretaciones psicoanalíticas son válidas, le agregan algo a una obra literaria? ¿Son independientes del análisis de texto desde la filología o desde la hermenéutica literaria? ¿Podemos leer obras como Lolita, de Nabokov, o el incesto de Ulrich y Ágathe en El hombre sin atributos de Musil sólo desde la pulsion del deseo? El escritor ruso se mofaba de Freud, al que consideraba un simplificador, toda vez que las motivaciones de un personaje no se pueden constreñir a un solo aspecto del complejo entramado de la psique. 

A contracorriente, un análisis psicólogico de Flaubert para explicar su obra es lo que intentó el filósofo francés Jean Paul Sartre que, por cierto, no era psicólogo ni psicoanalista.

III. El idiota de la familia 

En el primer tomo de su obra El idiota de la familia: Gustave Flaubert desde 1821 hasta 1857, desde el título y el inicio del libro el filósofo busca mostrarnos que Gustave era un idiota. Analizando su cuento infantil Quidquid voulueris, cita a Flaubert: «Estaba pállido como el vestido de la novia, sus gruesos labios, resquebrajados por la fiebre y cubiertos de granos, se movían vivazmente, como alguien que hablara sin parar; sus párpados pestañeaban, y las pupilas giraban lentamente en la órbita de sus ojos, como les pasa a los idiotas». Sartre señala: «Flaubert resucita intencionalmente uno de los embotamientos de su infancia y no vacila en calificarlo con las palabras que le aplicaban a él por entonces ‘como los idiotas'». 

Casi al final de este primer tomo –el segundo no lo escribió nunca, por enfermedad o agotamiento o simplemente, porque fue un fracaso su proyecto de análisis–, Sartre escribe: «Flaubert ‘no tiene ideas’ y es consciente de ello. En otros términos, no tiene los medios para distinguir el pensamiento como actividad sintética y constructiva, del lenguaje, ni en él ni en los demás».

El juez Sartre, con su dedo flamígero, señala: «La conclusión parecerá a la vez sorprendente y rigurosa: Gustave es tonto».

IV. El verbo corroer

Utilizamos este verbo para los metales y para la envidia: «le corroe la envidia».

El Diccionario de la Real academia española nos da dos definiciones de la envidia: «1. Tristeza o pesar del bien ajeno. 2. Emulación, deseo de algo que no se posee».

Todo parece indicar que a Sartre le pesaba «el bien ajeno» de Flaubert y le hubiera gustado tener el talento de Flaubert para crear personajes como Salammbô, Felicidad o Emma Bovary.

Quizá soy demasiado rebuscado y la conclusión es más simple de lo que parece. Sartre escribió 688 páginas –en la edición argentina que tengo– (Editorial Tiempo Contemporáneo, 2a. ed. 1975), para decirnos que Flaubert era un tonto.

Creo que el tonto era él. 

Tomado de https://morfemacero.com/

El laberinto del mundo

José Antonio Lugo

A Héctor Iván González

I. Sainte Beuve

Contemporáneo de Victor Hugo y de Flaubert, se erigió como el primer crítico literario de la modernidad. Basaba su «análisis literario» en la personalidad de los autores, en sus virtudes y defectos. Esta crítica moralina provocó la irritación absoluta, ni más ni menos, de Marcel Proust, el genial autor de A la busqueda del tiempo perdido, quien en su libro, titulado precisamente Contra Sainte-Beuve, arremete contra este tipo de crítica, por considerar que se basa en una psicología superficial que elude lo más importante: el texto literario. Proust señala: hay que analizar el texto, no al autor. 

II. Gradiva 

Con base en la novela del mismo nombre de Wilhem Jensen, Freud escribió El delirio y los sueños en la Gradiva de Jensen. El personaje principal, el arqueólogo Norbert Hanold, se enamora de un bajorelieve que representa a una mujer -quien murió durante la erupción del Vesubio-, al punto de creer, en su fantasía, el delirio del encuentro con ella. Dice Freud: «La afirmación de que los sueños son deseos figurados como cumplidos, subsiste. (…) El primer deseo es haber sido testigo ocular de aquella catástrofe del año 79; el segundo, de índole erótica, es estar presente cuando la amada se acuesta para dormir. El deseo de ser capturado por la amada, de plegarse a ella y sometérsele, posee en verdad un carácter pasivo, masoquista».

A partir de este libro de Freud, surgió la psicocrítica, que no busca el análisis psicológico de la personalidad del autor sino registrar los motivos inconscientes que se reflejan en su obra, tratando de encontrar, de esa manera, una supuesta objetividad. No parece una tarea sencilla. Gérard de Nérval, el gran autor francés, introdujo el inconsciente y la vida onírica en la literatura en su novela Aurelia. Después de escribirla y crear la imagen inmortal de «el sol negro de la melancolía» se suicidó. 

¿Es posible analizar a Nerval desde una interpretación psicoanalítica de su inconsciente o hacer lo mismo con cualquier autor? ¿Estas interpretaciones psicoanalíticas son válidas, le agregan algo a una obra literaria? ¿Son independientes del análisis de texto desde la filología o desde la hermenéutica literaria? ¿Podemos leer obras como Lolita, de Nabokov, o el incesto de Ulrich y Ágathe en El hombre sin atributos de Musil sólo desde la pulsion del deseo? El escritor ruso se mofaba de Freud, al que consideraba un simplificador, toda vez que las motivaciones de un personaje no se pueden constreñir a un solo aspecto del complejo entramado de la psique. 

A contracorriente, un análisis psicólogico de Flaubert para explicar su obra es lo que intentó el filósofo francés Jean Paul Sartre que, por cierto, no era psicólogo ni psicoanalista.

III. El idiota de la familia 

En el primer tomo de su obra El idiota de la familia: Gustave Flaubert desde 1821 hasta 1857, desde el título y el inicio del libro el filósofo busca mostrarnos que Gustave era un idiota. Analizando su cuento infantil Quidquid voulueris, cita a Flaubert: «Estaba pállido como el vestido de la novia, sus gruesos labios, resquebrajados por la fiebre y cubiertos de granos, se movían vivazmente, como alguien que hablara sin parar; sus párpados pestañeaban, y las pupilas giraban lentamente en la órbita de sus ojos, como les pasa a los idiotas». Sartre señala: «Flaubert resucita intencionalmente uno de los embotamientos de su infancia y no vacila en calificarlo con las palabras que le aplicaban a él por entonces ‘como los idiotas’». 

Casi al final de este primer tomo –el segundo no lo escribió nunca, por enfermedad o agotamiento o simplemente, porque fue un fracaso su proyecto de análisis–, Sartre escribe: «Flaubert ‘no tiene ideas’ y es consciente de ello. En otros términos, no tiene los medios para distinguir el pensamiento como actividad sintética y constructiva, del lenguaje, ni en él ni en los demás».

El juez Sartre, con su dedo flamígero, señala: «La conclusión parecerá a la vez sorprendente y rigurosa: Gustave es tonto».

IV. El verbo corroer

Utilizamos este verbo para los metales y para la envidia: «le corroe la envidia».

El Diccionario de la Real academia española nos da dos definiciones de la envidia: «1. Tristeza o pesar del bien ajeno. 2. Emulación, deseo de algo que no se posee».

Todo parece indicar que a Sartre le pesaba «el bien ajeno» de Flaubert y le hubiera gustado tener el talento de Flaubert para crear personajes como Salammbô, Felicidad o Emma Bovary.

Quizá soy demasiado rebuscado y la conclusión es más simple de lo que parece. Sartre escribió 688 páginas –en la edición argentina que tengo– (Editorial Tiempo Contemporáneo, 2a. ed. 1975), para decirnos que Flaubert era un tonto.

Creo que el tonto era él. 

Tomado de https://morfemacero.com/