abril 11, 2021

Reina, esclava o mujer

No se trata del “otro”, es, sobre todo, la Madre que debe ser poseída, reducida y controlada, para que no devore y le sumerja en sus cuevas oscuras o lo mire hasta convertirlo en piedra. Adrienne Rich Seguramente, lo primero que...

No se trata del “otro”, es, sobre todo, la Madre que debe ser poseída, reducida y controlada, para que no devore y le sumerja en sus cuevas oscuras o lo mire hasta convertirlo en piedra.

Adrienne Rich

Seguramente, lo primero que nos viene a la cabeza cuando escuchamos la singular frase “reina, esclava o mujer” es el estribillo de Déjame volver contigo interpretada por la cantante mexicana Dulce, porque estoy convencida que la melodía se ha convertido en un himno de lo que hoy se tiene a “bien” denominar como “canciones de señora dolida”, y que de manera muy acertada usa para titular su crónica la escritora de Temporada de huracanes, Fernanda Melchor, cuyo texto rescata y revive una interesantísima noticia fechada el 7 de abril de 1989 en Veracruz y, que el respectivo título nos deja pensando qué de todo fue la joven madre a la cual se encontró culpable por matar y enterrar a sus hijos, si reina, esclava o mujer.

A lo largo de la historia el papel de la mujer en la sociedad se ha ido cuestionando y modificando desde diversas aristas: la sexualidad, la educación, la política, incluso, la religión, así, hoy día no nos resulta extraño ver que mamá y papá salgan a trabajar y ambos participen en las labores domésticas, o escuchar en las noticias que son más las mujeres que poco a poco han logrado asumir puestos importantes dentro de la burocracia gubernamental de sus respectivos países, además del reconocimiento cada vez mayoritariamente notorio en la ciencia y las artes. Cada vez son más las mujeres que toman las riendas de su vida y que deciden lo que quieren o no hacer con ella. Sin embargo, existe un tema del que parece poco agradable hablar cuando se trata del peor crimen que una mujer puede cometer: el filicidio, la madre que atenta o, en su defecto, acaba con la vida del hijo. Evangelina Tejera forma parte de la lista de nombres de filicidas que conforman la historia de las malas madres, las cuales han sido convertidas, a su vez, en objeto de miedo, de señalamiento social guardado en la posterioridad como leyenda urbana, yendo de boca en boca hasta adquirir valor de mito quedando grabado en la memoria colectiva.

Fernanda Melchor decide hacer una crónica de la trágica nota donde Evangelina es protagonista, lo cual es significativo pues, apelando al corte periodístico e investigativo que presenta el género, la historia de esta mujer (que apenas seis años antes del crimen en 1983 había sido reina de belleza en el carnaval jarocho) recobra su fuerza ya que se afirma como un acontecimiento verídico, fuera de la ficción que supondría pescarla de lo real y llevarla a una novela, no obstante, el caso de Evangelina Tejera es, gracias a la memoria colectiva y a la moral (entendida como un conjunto de costumbres y tradiciones de un pueblo) una leyenda y, por tanto, literaria, ya desde las primeras líneas se advierte el carácter casi místico y mágico que adquirió “pero dos detalles del crimen fueron responsables de transformar en leyenda popular lo que en un principio fue sólo una nota policiaca…”[1] y, aunque para Melchor los motivos son la coronación de Evangelina como reina y el hecho de que la misma haya descuartizado y enterrado los cuerpos de sus hijos en una maceta, nos atrevemos a sumar otro factor: la madre perversa convertida en tabú.


[1] Melchor, Fernanda, “Reina, esclava o mujer”,  en Letras Libres, 2014. p. 1

Escuchamos la palabra tabú con cierto cuidado, el mismo término supone de antemano cierta cautela al momento de descifrar de qué va, qué es lo que se esconde detrás de tal o cual tabú. En Totem y Tabú Sigmund Freud establece que, el origen de tabú proviene del polinesio y, a pesar de las complicaciones derivadas de la traducción, en términos prácticos:

Para nosotros, presenta el tabú dos significaciones opuestas: la de lo sagrado o consagrado y la de lo inquietante, peligroso, prohibido o impuro. En polinesio, lo contrario de tabú es noa, o sea lo ordinario, lo que es accesible a todo el mundo. El concepto de tabú entraña, pues, una idea de reserva y, en efecto, el tabú se manifiesta esencialmente en prohibiciones y restricciones[1].


[1] Freud, Sigmund,  “El tabú y la ambivalencia de los sentimientos” en Tótem y tabú, Alianza editorial, Madrid, 1972, p. 29.

Bajo esta definición de tabú que propone Freud, no resulta difícil entender que desde siempre han existido los tabús y el origen del que manan se remonta a una cuestión simple: el miedo. El miedo es el ingrediente principal para que surja un tabú puesto que, ¿por qué otra razón se prohibiría algo? En efecto, cuando algo parece salirse del cauce de la normalidad, cuando un objeto cualquiera que sea comienza a manifestarse como peligroso porque se revierte contra su naturaleza es necesario restringirlo, ocultarlo, ponerlo fuera de todo alcance y dotándolo de un valor casi religioso y maligno, entonces el hombre actúa convirtiendo un objeto en tabú cuando teme que de él emanen fuerzas demoníacas[1]. La maternidad se ha naturalizado tanto que cuesta trabajo ver y aceptar la otra cara de la moneda: la de las mujeres que no resultan ser buenas, abnegadas ni protectoras madres que la sociedad, en gran medida alimentada por una ideología en extremo religiosa, ha construido e idealizado bajo la imagen por excelencia maternal, la virgen María, la gente olvida por completo que las madres perversas han existido desde siempre, mismas que por memoria selectiva sólo ha quedo recordarlas bajo el velo de una leyenda, de un mito urbano o, incluso, llevadas a un grado máximo donde se convierten en un tabú al que es mejor no buscarle raíz ni profundizar en la verdadera historia.


[1] En Tótem y tabú Freud cita esta frase para decir que es necesario ahondar más en el origen del tabú llegando a la conclusión de que, el tabú encuentra en los instintos más primitivos su origen, cuyo nacimiento es “el temor a la acción de fuerzas demoníacas”. Freud, Sigmund, Op. Cit. p. 37.

La figura de la madre perversa expone perfectamente los puntos anteriores. Por un lado, la colectividad de la que formaba parte Evangelina llevó la historia del crimen por un recorrido donde el imaginario mitológico no tardó en convertirla en una especie de Llorona y, por otro lado, la que fuera reina del carnaval veracruzano pasó a formar parte del lado oscuro y maléfico formador del tabú de la madre perversa. A su vez, la raíz de estos dos cuestionamientos es la sociedad, pues es ella la que decide y crea o, bien, recrea los hechos históricos conforme a lo que más le convenga. A continuación, hablaremos, en primer lugar, sobre la importancia de la memoria colectiva como un factor decisivo para configurar un caso verídico en leyenda urbana y, en segundo lugar, veremos cómo de este proceso selectivo y figurativo se llega, finalmente, al tabú, en este caso y para fines de este artículo, el tabú de la perversión materna.

En Los abusos de la memoria, Tzvetan Todorov advierte una consideración respecto de lo que se rescata en la memoria, “se impone una primera distinción: la que hay entre la recuperación del pasado y su utilización subsiguiente”[1], de aquí que la memoria sea pues, selectiva, es decir, se recuerda lo que se quiere porque de alguna forma es lo que más importa o lo que más impacto tiene y, por ende, lo mismo pasa con lo que se olvida sin caer en una contradicción, dado que, se requieren de ambos procesos (recordar y olvidar) para que exista la memoria selectiva, así, lo que se hace con ella se desconoce, pues dependerá de diversos factores que se encuentren en el momento de su rescate y de los beneficios que pueda traer, además de las condiciones sociales y políticas de cada lugar. En vista de esto, una comunidad decide cómo se denuncia un acontecimiento.


[1] Todorov, Tzvetan,  Los abusos de la memoria, Paidós, Barcelona, España, 2000, p. 16.

En una ciudad cuyos habitantes desdeñan el archivo y la palabra escrita, es entendible que el crimen de Evangelina Tejera perdure en forma de fábula (“¡Evangelina, ven!”, exclaman las madres neurasténicas) o de chascarrillo (“Es que quería abrir un Jardín de Niños”), y que, como toda leyenda, la de la reina del carnaval asesina está sometida a una memoria colectiva que apela al olvido y a la vaguedad como mecanismo de defensa[1].


[1] Melchor, Fernanda,  Op. Cit. p. 1.

Es evidente que el punto de donde se desprende la creación del mito˗leyenda de Evangelina es su coronación como reina de belleza. Las reinas de belleza representan toda una iconografía social, ya que, son ellas el estandarte del estereotipo de mujer al que los demás deberían aspirar a ser, en su caso tener, o al menos admirar como algo perfecto e intocable, casi irreal. Este es el primer estado de Evangelina, mismo que sirve de arranque para que fábula se gestara. Desde los “rumores” que encajaban a la bella rubia como hija de un matrimonio fallido (pero bien acomodado), elemento relevante para la adquisición de la corona del carnaval jarocho, hasta su posible relación con altos mandos que concurrían a fiestas donde, desde luego, la droga y el alcohol no podían faltar, conformaron la serie de antecedentes que la gente sin duda retomaría cuando la bomba estallara, cuando se tratara de encontrar causas para el comportamiento filicida de Evangelina, la reina que se había transformado en Medea seis años después.

Al paso de los años y con el cambio de siglo, la historia de Evangelina Tejera se desdibujará en el imaginario porteño. Se convierte en una leyenda urbana, uno de esos rumores que se cuentan en voz baja durante las reuniones de señoras; un mito en el que las fechas y los nombres se desvanecen para dar protagonismo a la fatalidad del destino[1]      


[1] Melchor, Fernanda, Op. Cit, p. 9.

Lo anterior pone por manifiesto una parte crucial por la que la historia de Evangelina pasó a manos del dominio público hasta convertirse en ese hecho que la memoria y el olvido colectivo colocó como el ejemplo máximo de una mala madre y, lo que, es más, de una mala mujer. “Casi podría decirse que la mujer es tabú en su totalidad”[1] afirma Freud porque de ella se desprenden en buena medida los temores del hombre que hay que convertir en objeto tabú. Estos temores van desde el miedo a la sangre y sus diversas revelaciones del cuerpo femenino como la menstruación, el parto y la virginidad hasta el trato y la convivencia con la mujer, pues representa un ablandamiento del carácter masculino el inmiscuirse a profundidad con el ser y el quehacer  de ellas. Por consiguiente, la mujer que se convierte en madre, que significa, en primera instancia, una expectativa familiar y social de ser una “buena madre”, la que proteja y cuide de sus hijos a toda costa, la que corra peligro con tal de que no le pase nada a los suyos, sin embargo, el conflicto aparece cuando la madre se convierte en ese peligro andante.


[1] Freud, Sigmund, “El tabú de la virginidad”, en Ensayos sobre sexualidad, Globus Comunicación, España, sin año, p. 197.

En “La domesticación de la maternidad”, Adrienne Rich dice que “El concepto «negativo» u «oscuro» de la Gran Madre aparecía ya desde el principio, inseparable desde su aspecto benigno y dador de vida. Y al igual que la muerte, la violencia, la matanza y el poder destructivo estaban siempre allí, como el otro lado del perfil de la Madre, potencialmente maligno”[1], con lo que vemos que no tendría nada de nuevo ni de sorprendente el caso de Evangelina, pero a la memoria colectiva y a la costumbre le cuesta voltear la vista hacia ese lado de la maternidad que despierta horror, dado que, representa un peligro para los demás; la madre dadora de vida es la misma que la quita, es creadora y destructora, porque así como la memoria no se opone al olvido, se olvida que si algo tiene un lado bueno, por ende, tendrá un lado maléfico.  


[1] Rich, Adrienne, “La domesticación de la maternidad”, en Nacemos de la mujer, la maternidad como experiencia e institución, Traficantes de sueños, Madrid, 2019, p. 174.

Lo mismo pasó con Evangelina a quien las primeras investigaciones y crónicas periodísticas califican de mentirosa y le achacan problemas mentales como consecuencia de su situación sentimental y de la estrecha relación que, según la fuente de datos de los chismes de la gente, mantenía desde hacía bastante tiempo con las drogas: “La joven, se decía, solía frecuentar los altos círculos del desmadre porteño conformados por los Juniors […]. En ese domicilio, señalan los chismorreos, se dedicaría a celebrar fiestas en las que vendía drogas a sus adinerados amigos”[1]. Era mejor creer la versión de los reporteros de nota roja que ofrecían a la gente el retrato una mujer loca, mitómana, traficante de droga y ex˗reina de belleza, a la cual el derecho positivista que juzga en función de las facultades mentales de un individuo, no le pareció nada difícil encontrar culpable bajo todos estos señalamientos, antes que apelar a la versión brindada por la propia Evangelina, “casi un año después de la detención de Evangelina ˗el 7 de marzo de 1990˗, el juez Rodríguez Moreno reconoce la incapacidad mental de la acusada y dispone la reclusión de la inculpada en el Psiquiátrico de Orizaba”[2]. Tres años bastan para la recuperación mental de Evangelina. A su salida en 1993 es detenida para retomar el juicio por homicidio calificado de sus hijos. La sociedad no había olvidado la deuda con la justicia que Evangelina tenía pendiente. Evangelina es transformada por esa misma sociedad en una leyenda como la madre asesina con la que, a su vez, se crea un temor y este temor la convierte, finalmente, en un tabú de la maternidad, un ejemplo de madre perversa que produce el temor a que se develen sus fuerzas malignas más profundas, como consecuencia, la historia de Evangelina gana un poder mágico, casi fantástico, mismo que la coloca entre los límites de la realidad y la ficción. Los años y la furia popular habían condenado a Evangelina a un castigo mayor que la prisión: “la antigua reina de carnaval condenada por homicidio, Evangelina Tejera, ha sido obligada a convertirse en un espectro”[3] sin tener nunca en cuenta las declaraciones de la inculpada, “Yo no maté a mis hijos». «Solo los sepulté al morir”[4].


[1] Melchor, Fernanda, Op. Cit. p. 3.

[2] Melchor, Fernanda, Op. Cit. p. 8.

[3] Melchor, Fernanda, Op. Cit. p. 12.

[4]Melchor, Fernanda, Op. Cit. p. 2.

BIBLIOGRAFÍA

FREUD, Sigmund, “El tabú y la ambivalencia de los sentimientos” en Tótem y tabú, Alianza editorial, Madrid, 1972.

FREUD, Sigmund, “El tabú de la virginidad”, en Ensayos sobre sexualidad, Globus Comunicación, España, sin año.

MELCHOR, Fernanda, “Reina, esclava o mujer”, en Letras Libres, 2014.

RICH, Adrienne, “La domesticación de la maternidad”, en Nacemos de la mujer, la maternidad como experiencia e institución, Traficantes de sueños, Madrid, 2019

TODOROV, Tzvetan, Los abusos de la memoria, Paidós, Barcelona, España, 2000.

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