diciembre 4, 2021

Capítulo IV de En los brazos de Venus Hoy llegó la noticia de mi muerte y lloré, me lloré mucho. Me vi dentro de un ataúd rodeado de flores y sollozos. Era julio, llovía. El ambiente estaba húmedo por las lágrimas,...

Fotografía: maggyona

Capítulo IV de En los brazos de Venus

Hoy llegó la noticia de mi muerte y lloré, me lloré mucho. Me vi dentro de un ataúd rodeado de flores y sollozos. Era julio, llovía. El ambiente estaba húmedo por las lágrimas, el café y el perfume de la canela y los crisantemos. Recordé los mejores momentos de mi vida y sonreí por última vez. Pensé en mis alegrías y mis pesares, en las victorias y las derrotas, formas caprichosas de algunos triunfos. Sentí la dicha de haber pisado este mundo y la paz de no pertenecer a él. 

El eclipse eterno se hizo presente. La noche perpetua había llegado. Tuve la certeza de que desde ese momento vagaría suspendido en el interior de unos cuantos. Como un fuego que nunca se apaga, una lámpara cuyo aceite no se agota. La llama de mi ser permanecería encendida, la miel de mi esencia endulzaría algunos labios.  

Supe también que en ocasiones regresaría sólo para volver a irme, porque de vez en cuando mi nombre sería invocado y entonces ahí me hallaría. No tendré conciencia de ello, ni podré ver, tampoco escucharé lo que se dice, pero estaré presente. Estaré junto con ellos sin estar unido.  Los muertos seguimos presentes en las palabras de los vivos y en los objetos que nos pertenecieron. En las canciones que cantamos y en los versos inspirados en los amores pasajeros, en aquellos que perecieron a pesar de la promesa de la eternidad.

Volveré en noviembre con mi mejor amigo, en el tiempo de los altares y las ofrendas. En el pan y el licor, el papel picado, las calaveras de azúcar y las flores amarillas. Nuestros amigos, separados ya, nos evocarán en medio de risas y copas de vino. Platicarán las mismas anécdotas a las mismas personas y sentirán tristeza por nuestra ausencia física, sin embargo, de alguna manera sabrán que estamos ahí. En octubre mi padre y yo caminaremos sin ser vistos bajo el claro de las lunas de otoño, aquellas que tanto le gustaban y que iluminaron su partida. Seremos recordados por los nuestros, por aquellos en quienes habitamos de una forma material. Regresaré con cada lluvia de julio y en agosto, en el día de mi nacimiento.

Hoy llegó la noticia de mi muerte y me sentí abrumado por un instante. El soliloquio de la vida se convirtió en silencio. Mi corazón se transformó en una flor marchita. Mi cuerpo, el frasco vacío de un perfume. Cerré los brazos y el miedo se desvaneció. El tiempo y sus titubeos dejaron de existir. Mis párpados se cerraron para siempre. A partir de este momento flotaré sin rumbo, de boca en boca, de libro en libro. Me posaré en la sombra hasta ser llamado de nuevo, hasta que el olvido me desvanezca.

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