¿Puede la vida viajar entre planetas? Esto es lo que se propone el ser humano cuando mira hacia Marte, conquistar la última frontera y hacer realidad los viajes interplanetarios. ¿Pero realmente seríamos el primer ser vivo en lograr esa hazaña? Existe una hipótesis llamada litopanspermia que plantea que la vida microbiana podría desplazarse a través del espacio dentro de fragmentos de roca expulsados por los impactos de asteroides. Si bien no sabemos si esto ha ocurrido alguna vez, un nuevo estudio aporta evidencia que ciertos microorganismos serían capaces de sobrevivir un viaje interplanetario.
Investigadores de la Universidad Johns Hopkins sometieron a una bacteria famosa por su resistencia extrema a una de las fases más violentas de este proceso. Se trata de Deinococcus radiodurans, un microorganismo hallado en el desierto de Chile que es conocido por soportar radiación intensa, desecación y otras condiciones extremas que serían letales para la mayoría de las formas de vida sobre la Tierra. Precisamente por ello fue elegido como modelo para explorar si la vida microbiana podría resistir el violento instante en que una roca es expulsada de un planeta tras el impacto de un meteorito.
Un taxi espacial
Cuando un asteroide golpea la superficie de un planeta, genera presiones gigantescas y ondas de choque capaces de expulsar fragmentos de roca directo al espacio. De hecho, sabemos que algunos meteoritos encontrados en la Tierra provienen de Marte, lo que demuestra que este tipo de transferencia de material entre planetas es posible. La pregunta es si algún organismo microscópico podría sobrevivir ese proceso.
Los científicos saben que algunos microbios pueden resistir las condiciones extremas del espacio (radiación, frío y vacío), pero era menos claro si podían sobrevivir al impacto inicial que los lanzaría fuera del planeta. Esta etapa implica presiones extaordinarias que duran apenas unos microsegundos.
Simulaciones previas sugieren que las rocas expulsadas desde Marte experimentarían presiones menores a unos 5 gigapascales (GPa). Para tener una referencia, esa presión es decenas de miles de veces mayor que la presión atmosférica en la superficie de la Tierra.
Para recrear estas condiciones, los investigadores diseñaron un experimento de impacto altamente controlado. Cultivos de D. radiodurans fueron colocados entre dos membranas dentro de una pequeña estructura metálica. Posteriormente, un proyectil impulsado por un dispositivo similar a un cañón experimental golpeó el sistema, generando presiones comparables a las que ocurrirían durante la expulsión de rocas en un impacto planetario. Después del impacto, los científicos recuperaron las células y analizaron su estructura, su respuesta genética, y claro, si lograron sobrevivir.
Tomado de https://es.wired.com/



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