febrero 28, 2021

Por qué ver Canción sin nombre

En el mundillo de los amantes del cine —cinéfilos, autodenominados algunos— suelen proferirse expresiones cuasi imperativas en torno a la obligación o necesidad de haber visto o tener que ver una película —recordemos el canal del cineasta y comediante Roberto Andrade...

En el mundillo de los amantes del cine —cinéfilos, autodenominados algunos— suelen proferirse expresiones cuasi imperativas en torno a la obligación o necesidad de haber visto o tener que ver una película —recordemos el canal del cineasta y comediante Roberto Andrade “Tío Rober”, No mames que no la has visto— y es bajo esa misma premisa que surge esta especie de sección, en la que me interesa, bajo un lenguaje por momentos coloquial, pero sobre todo muy poco técnico, sugerir algunas películas contemporáneas que considero que, si te gusta el cine, debes de ver.

Es probable que en este momento estés pensando por qué habrías de leer una recomendación sobre cine, habiendo montones en la web y montones de youtubers que recomiendan filmes, además en un formato audiovisual. Para ello, como un mal vendedor te diría que no tiene nada de especial y que, efectivamente, hay mejores reseñas si buscas algo más técnico y mejores reseñas si buscas algo más ligero y entretenido, pero a mi favor he de mencionarte que la particularidad que hallarás en mi espacio es que se trata estrictamente de cine latinoamericano, de norte a sur y de extremo a extremo.

Y es que, quien escribe estas humildes líneas, considera casi un crimen que el cine latinoamericano sea el menos consumido en América Latina. Sí, que un colombiano no conozca el cine costarricense y que un mexicano no conozca el cine uruguayo —sin mencionar que un mexicano no conoce el cine mexicano—, por decir algo. Debo aclarar que esto no es culpa de los públicos, sino de la distribución y la proyección. Nuestro cine guarda en sus narrativas una riqueza inédita que no está lejos de conducirnos por la reflexión, y por qué no, por la transformación de nuestra realidad; en él se captan desde los problemas más cotidianos, hasta el retrato de las innumerables naciones originarias que aún conservamos en nuestros territorios.

Además de lo anterior, prometo esforzarme en no enjaretarte textos tediosos, largos y técnicos —olvídate de la paleta de colores y de la saturación de la luz, o del encuadre al estilo Fellini—, sino que buscaré la brevedad, la frescura y sobre todo una redacción amable, en cuanto que muchos buscamos alejarnos de las charlas pomposas de los incontables “expertos en cine”, que encuentras en cada piedra que levantas en las redes sociales.

Si eres lector o lectora de El Faro Norte, quizá antes te hayas topado con algún artículo mío —y si no, no te perdiste de nada—, sin embargo, te sugiero que pienses que aquellos artículos misceláneos —respecto de diversos temas y divagaciones en tono un tono filosófico, político y cultural, entre otros— como reflexiones que se cuecen aparte de esta sección. Incluso ya debes de haber notado la relajación narrativa en lo que llevamos de este texto, y es que me interesa romper la cuarta pared en este apartado editorial —¿se puede hablar de cuarta pared en este formato?—, para generar una sensación de diálogo entre amigos; sí, como platica de borrachera en la que quedan fuera todas las posibles pretensiones de superioridad y sabiduría —“mamaduría”, pues, se dice en las redes sociales—.

Ahora sí, piensa unas tijeras con las que cortamos el listón imaginario que inaugura esta sección. En esta ocasión te quiero recomendar Canción sin nombre, es una película peruana del 2019 y dirigida por Melina León. No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas de que la directora se inspiró en el cine del gran maestro del cine boliviano: Jorge Sanjinés —director de culto que en algún momento te presentaré con mayor detenimiento y formalidad, créeme, lo vale—, dado que la historia gira en torno a la figura de Georgina Condori, una música andina que vive dela venta de papas.

Un desafortunado día, Georgina escucha en la radio, que suena por los altavoces del mercado, sobre una clínica que ofrece un supuesto apoyo para que las mujeres embarazadas vayan a dar a luz, algo así como servicio a la comunidad. No obstante, esto no significa nada bueno para nuestra protagonista, dado que en un cerrar y abrir de ojos, y después de haber parido, su bebé desaparece y misteriosamente todo lo que tenía que ver con dicha clínica. La cantante, de origen indígena, no encuentra apoyo ni siquiera en las autoridades.

Y es por esto que mencioné antes la relación con Sanjinés —no sólo para farolear y hacerme el interesante—, puesto que en su película Sangre de cóndor (1969), muestra la violencia hacia los cuerpos de las mujeres, por parte de los aparentes cuerpos de paz norteamericanos, quienes intervenían en los cuerpos de la comunidad indígena, para esterilizarles y frenar su presencia en las minas, para con ello tener acceso libre para explotarlas (además de ser una película, fue una denuncia que contribuyó a la expulsión de estos nefastos grupos en Bolivia, gracias a la presión pública).

Las garantías de los pueblos indígenas alrededor del mundo son mínimas, bien podría decirse que es el grupo mayormente oprimido, al haber quedado fuera en primera instancia, por su idioma originario, y de no tener formación para la lectura y la escritura. Canción sin nombre no es una película simple, narrativamente teje otras situaciones que la hacen una historia compleja que entreteje la situación política del Conflicto Armado Interno en el Perú de los ochentas y la problemática del robo de niños, tan fuerte por aquella época, (por cierto, curiosamente muy al estilo de Roma (2018), la pareja de Georgina, la deja para ir a pelear al lado de los supuestos terroristas, aunque en este caso la violencia no sea contra el Estado, la comunidad se ve afectada por los ataques de estos grupos subversivos).

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En medio de la ola de violencia, en un Estado casi sin ley, la condición de Georgina es el reflejo de los indígenas a quienes no se les escucha, aun cuando se planten frente a las autoridades competentes. Desesperada, nuestra protagonista va a las oficinas de un diario esperando ser escuchada, es así que al fin encuentra unos oídos nobles y empáticos. El joven periodista Pedro Campos se solidariza, emprendiendo la búsqueda por aquél fenómeno tan presente pero tan silenciado por las autoridades: el robo de niños, principalmente la búsqueda del hijo de Georgina.

Por si fuera poco el periodista limeño que decidió apoyar a Georgina, lidia también con una revolución a nivel emocional, pues encuentra el amor con un joven actor de teatro, originario de Cuba, quien al parecer lo lleva a explorar aquella parte de sí mismo, que se hallaba en reposo. Y esto no es un dato menor, ya que encima el tratamiento para la homosexualidad, en aquellos años, suponía otra forma de opresión también muy violenta, sumada a los conflictos que nuestros personajes ya enfrentaban. Es así que, sin decir más, la película se desarrolla en esa búsqueda de justicia y de dignidad, hasta el punto de la rabia como espect-actores.

Sin duda Canción sin nombre se trata de una película bastante recomendable y además de fácil acceso —se encuentra en Netflix—. En ella es posible encontrar una gran riqueza narrativa, de manera que se logran entretejer varios temas, sin que se pierda importancia en alguno. Es verdaderamente desgarradora la situación de Georgina y sobre todo sabiendo que aquellos acontecimientos no son salidos de la fantasía, el compromiso y el corazón de Pedro y un Perú lastimado por la corrupción y la violencia. Infortunadamente nuestra sección dará cuenta en la mayor parte de sus reseñas, de una Latinoamérica bastante golpeada, que nos refleja un dolor que nos debemos permitir sentir, para no dejar que ninguno de esos sucesos se repitan.

En esta sección creemos que el cine puede cambiar al mundo, si consigue un reflejo estético de nuestra (in)humanidad.

¡Hacia un Cinema liberación!

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