#Opinión: ¿Quiénes defienden al INE?

Si se nos dijera que un jefe de Estado está peleado con el órgano autónomo encargado de celebrar y legitimar las elecciones de su país, pensaríamos lo peor, pero para el caso particular de México vale la pena elaborar y matizar.

Foto: Especial

Por Miguel Martín Felipe Valencia

RegeneraciónMx, 22 de enero de 2022.- Hemos visto un inédito y sorprendente estira y afloja entre AMLO y la dirigencia del INE (Instituto Nacional Electoral), encabezada por Lorenzo Córdova y Ciro Murayama. Si en alguna parte del mundo, y sobre todo bajo la narrativa “libertaria” que prevalece en los medios corporativos, se nos dijera que un jefe de Estado está peleado con el órgano autónomo encargado de celebrar y legitimar las elecciones de su país, pensaríamos lo peor, pero para el caso particular de México vale la pena elaborar y matizar.

El IFE (Instituto Federal Electoral) nace en 1990, no tanto como signo de una sana vida democrática, sino como un paliativo. Recordemos que, en 1988, se cortó de tajo el proceso histórico que el país llevaba y que desembocaría en tener el primer gobierno de izquierda y además distinto a la hegemonía priista. Sin embargo, el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas era algo impensable tomando en cuenta esa inercia neoliberal que no se debía romper, y para lo cual era clave tener en México a un tecnócrata, ya que nuestro país debía renovar su condición de patio trasero con un nuevo orden político-económico. El fraude fue la vía adecuada para el proyecto y ya conocemos el resto de la historia con Salinas.

Si bien el IFE fue concebido desde un principio como un proyecto ciudadano en el que incluso estuvieron involucrados personajes de la talla de Carlos Monsiváis, el primer presidente del Instituto fue Fernando Gutiérrez Barrios, uno de los llamados “dinosaurios” priistas, vínculo entre la llamada “familia revolucionaria” y los nuevos políticos formados en universidades extranjeras, pero que tampoco se debe olvidar su papel como titular de la extinta Dirección Federal de Seguridad durante el sexenio de Díaz Ordaz, por lo que se le señala como uno de los principales artífices de la matanza del 2 de octubre del 68.

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Otros personajes que ahora muestran su verdadera cara sin tapujos, participan en elevados foros o publican textos en contra del gobierno actual, son José Woldenberg y Luis Carlos Ugalde. El primero fue quien presidía el IFE cuando Vicente Fox ascendió al poder en 2000 con la falsa consigna de enterrar el legado de autoritarismo y corrupción del PRI. El segundo, de más triste memoria, no solo legitimó el turbio triunfo de Felipe Calderón en 2006, sino que incluso fue repudiado por el ahora infame expresidente por no salir a anunciar su triunfo en las primeras horas, por lo que presentó su renuncia en diciembre de 2007, a sabiendas de que Calderón lo quería destituir a manera de venganza, dejándole una frase que recoge Olga Wornat en su libro Felipe, el oscuro: «Me voy, aquí tienes mi renuncia. Mira, Felipe, nunca te olvides de que estas allí sentado gracias a mí».

En 2007 el IFE vuelve a tapar el pozo después del niño ahogado, con una reforma electoral que regula los tiempos de exposición, contenidos de spots y la conducta en periodo electoral para partidos y candidatos en los medios corporativos; un hueco en la regulación que fue bien capitalizado por el conglomerado mediático hegemónico para la guerra sucia que AMLO sufrió en la campaña de 2006.

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Con este breve recorrido podemos ver constatar que la combatividad que muestran Córdova y Murayama no es nada nuevo, sino que simplemente siguen una tradición perenne en el Instituto: un notorio apego al poder hegemónico encarnado por el PRI y el PAN, que incluso se ha visto manifestado en momentos puntuales.

Actualmente hay una campaña en la que personajes antipáticos y francos promotores del odio dicen defender al INE. Pero si Gilberto Lozano, Gabriel Quadri, Mariana Gómez del Campo y demás impresentables pretenden erigirse en paladines de la democracia, dicha campaña no puede tener un genuino talante ciudadano.

Urge reestructurar este Instituto de noble fin, pero que desde un principio ha estado tomado por aquellos que jamás pensarán en el pueblo. Es lo que se requiere para que la vida democrática del país evolucione de manera genuina.

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