Once consideraciones sobre el morir

Once consideraciones sobre el morir

“La conciencia es un singular cuyo plural se desconoce, una ilusión en una galería de espejos. Bienaventurada es la muerte porque bienaventurada es la vida. A fin de cuentas, todo consiste en salir de una para entrar a la muerte con...Tomado de https://morfemacero.com/

 Fernando Solana Olivares

I. La proximidad con la muerte es ajena para el pensamiento moderno. Considerarla una puerta que se abre es violentar la metáfora esencial que la define como lo contrario: no un cambio de estado sino un irreparable final. Dos actitudes pueden distinguirse ante ella: apartarla del pensamiento para vivir creyéndose libres de su servidumbre o, por el contrario, sentir que se vive con más fuerza e inteligencia acechando a la muerte en cada una de las tantas señales que hace a través de las sensaciones internas de la conciencia y los azares del mundo exterior.

II. La primera postura se encuentra en todas partes: el horror ante la muerte y la negativa a afrontar su inevitabilidad son el credo del individuo contemporáneo. Nadie acostumbra hacer ahora lo que la ética samurai enseñaba hace siglos a sus adeptos: “Morid con el pensamiento cada mañana y ya no temeréis morir”, porque la muerte es la extinción del cuerpo y con el cuerpo está relacionado, como nunca antes en la historia humana, el sentimiento de identidad personal.

III. Algún maestro de la antigüedad afirmó que la filosofía es el registro de los intentos del hombre por relacionarse con la muerte. Aunque pensadores contemporáneos tan irreprochables como Wittgenstein no lo creyeron así: “La muerte no es un evento de la vida: no se vive la muerte”, escribió, como si fuera un hecho que no concierne a la existencia. Pero si esa palabra estuviera ausente del vocabulario humano mucho de su mejor arte no existiría, quizá tampoco sus religiones, porque la muerte enseñó a los hombres el sentido de lo trágico y los obligó a preguntarse por el más allá. Sin embargo, la muerte ya no está en la vida: ahora ocurre en los purgatorios modernos que se llaman hospitales, entre torturas médicas que se consideran inevitables así se sepan inútiles.

IV. La divisa imperial de los años finales del emperador Adriano, contados por Margarite Yourcenar, es Patientia. Paciencia para esperar la muerte y resignarse a sus estragos que avanzan por el cuerpo, reino indefenso; paciencia para esperar la revelación final que la muerte trae consigo. Luminoso, hasta el instante último dueño empecinado de sí mismo, Adriano convoca a su alma, “huésped y compañera”, a morir despierta, con los ojos abiertos. Tal invitación no es una desmesura: vivir con los ojos cerrados, como se hace en nuestros días, es morir en la oscuridad.

V. Zenón, en cambio, el médico alquimista del siglo XVI, oscuro y sombrío, precipita por mano propia el tránsito, con precisión de cirujano abre sus venas y observa la agonía. Esas dos muertes, que no son excluyentes ni contradictorias, son también las de la propia autora que las imaginó. Distintas entre sí nada más en los detalles, las tres son lentas y propias, nadie interviene en ellas para alterarlas o para adormecer la conciencia natural que buscaba Montaigne, el hombre que en Occidente más se pareció a un filósofo taoísta. Julio César deseó morir súbitamente. Yourcenar pidió una cadencia distinta y la obtuvo. En su muerte está la cifra de su vida: pasar de la inteligencia que discrimina a la conciencia que engloba, dirigirse hasta el final en el sentido de las cosas.

VI. Cuando el poeta Eliseo Diego escribe que “La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en todas las casas y que uno no se detiene a ver”, alude a dos características esenciales de una costumbre que suele tener la gente, como diría la milonga borgiana: su condición general —afirmar que la jarra está en todas las casas es una variante poética del conocido silogismo: “Todos los hombres son animales; todos los animales son mortales; por lo tanto, todos los hombres son mortales”—, y la perseverante negativa a reconocer esa condición —la muerte siempre le ocurre a los otros, por eso el hombre común la ignora y el poderoso envía a los demás a ella: la desvía de sí—. Sólo que el poeta acierta: todos nos vamos a morir. ¿No valdría la pena entonces mirar desde ahora la jarra?

VII. Esa fue la tesis central, el pródigo lugar común de un afamado conferencista médico en alguna ocasión: “todos nos vamos a morir”, reiteró una y cien veces, mientras su mujer, sentada en la primera fila del auditorio, se maquilló sin ningún recato durante la exposición magistral, utilizando pinzas, algodones, sustancias y afeites que profusamente sacó de una pequeña maleta puesta sobre su regazo, como si en la generalización del marido ella no quedara incluida. El hombre concluyó su disertación entre aplausos admirativos sin decir lo que parecía evidente: “todos, menos mi esposa, nos vamos a morir”.

VIII. “La realidad no sólo es más fantástica de lo que pensamos, sino también mucho más fantástica de todo lo que podamos imaginar”, escribió el biólogo Haldane, para reiterar la noción poética que establece la existencia de los muchos, incuantificables mundos que están en éste, donde lo invisible se manifiesta en lo visible, así nuestra ceguera cultural materialista se empeñe en ignorarlo. Los símbolos más simples reiteran que la pérdida de la individualidad que designamos como muerte no es una extinción sino una metamorfosis: aquí cayó el telón porque en otro lugar se levanta, donde se cerró una puerta en algún sitio se abrió. Es como el sol, cuyo ocaso acá es un orto al otro lado. Dos requisitos hay en esto: comprender los símbolos y aceptar que existe un más allá.

IX. La muerte es triste, la muerte es necesaria. Sin ella, el tiempo se volvería insoportable. Pero la muerte es insoportable porque nuestra cultura racionalista ha negado que morir signifique una reintegración en la conciencia cósmica, ya que considera inverificable tanto la existencia de dicha conciencia como la posibilidad de la vida después de la muerte. La confianza occidental en la razón, tan prominente desde fines del siglo XVII hasta ahora, destruyó la confianza religiosa en la revelación, que conducía hacia la muerte y consolaba de ella dándole un sentido, así fuera devocional.

X. Antes la vida era una preparación para la muerte y cuatro fines debían cumplirse en cualquier existencia cabal: el placer físico, la familia, la ley moral y la liberación, es decir, el bien morir. Hoy predomina sobre todos los otros fines el primero, que se entiende como la única forma aceptable de la felicidad: es el éxito, la ideología más falsa en circulación. A pesar de ello, nuestra cultura mediática predica la violencia y la destrucción sistemáticas, sus héroes son flagrantes homicidas y sus complacencias nihilistas exaltan la sangre y el horror. Hoy la muerte es electrónica y conduce la programación.

XI. Ladislau Boros, un teólogo católico, afirma que la muerte no es una separación sencilla del cuerpo y el alma, sino un proceso de transformación integral que afecta también el interior del alma. De ahí que el apego al yo sea su obstáculo central: quien muere resistiéndose a la muerte puede convertirse en un ánima en pena, en un fantasma desgraciado. La conciencia es un singular cuyo plural se desconoce, una ilusión en una galería de espejos. Bienaventurada es la muerte porque bienaventurada es la vida. A fin de cuentas, todo consiste en salir de una para entrar a la otra con los ojos abiertos. 

Tomado de https://morfemacero.com/