abril 18, 2021

Notas sobre la gordofobia

¿Somos una generación de cristal o acaso es que vivimos en una era más crítica con respecto a su propia cultura, sus usos y sus costumbres? Quien suscribe pretende no ofrecer ningún discurso tendenciosamente predeterminado con respecto a dicha pregunta, en...

¿Somos una generación de cristal o acaso es que vivimos en una era más crítica con respecto a su propia cultura, sus usos y sus costumbres? Quien suscribe pretende no ofrecer ningún discurso tendenciosamente predeterminado con respecto a dicha pregunta, en todo caso intento ofrecer un detonante de reflexión que me parece importante, sobre todo en nuestros tiempos, que manifiestan morfologías distintas a las de hace unos treinta años, más o menos.

“Tu papá debe estar igual de gordo que tú, ni ha de poder correr diez metros sin desmayarse, por eso estás así”: aún recuerdo las reprendas de aquel supuesto profesor de educación física, una mañana de hace unos veinticinco años en la escuela secundara a la que asistí, después de llevarnos a correr al cerro y no haber aguantado ni la mitad del camino, por sofocarme. Aquellas hirientes palabras penetraban a profundidad, sobre todo por las constantes alusiones a mi físico, por parte mis compañeros, a tal grado que denunciar al profesor en cuestión, ni siquiera se me presentaba como una opción.

Crecer con sobrepeso, ser el “gordito/a chistoso/a” del salón, implica ser objeto de burlas y por lo tanto, estar inconforme con el propio cuerpo. Nadie nos enseña a lidiar con aquello, de tal forma que cada quien lo supera —o no— a su modo; lo cierto es que se genera un fuerte rechazo hacia sí mismo/a, como si se tuviera un grave defecto que se debe ocultar.

Hace poco se generó una discusión al respecto en una red social, a partir de una imagen que presenta a una chica con un ligerísimo supuesto sobrepeso —apenas una “lonjita”— que la hace sentir insegura, seguida de la imagen de un sujeto que al parecer es su pareja, agarrándole las carnes con cariño y darle un beso, en un aparente gesto de gusto y ternura, queriendo reafirmar su confianza. En la publicación en cuestión se manifestaron diversos puntos de vista, pero el que más llamó mi atención fue el de un “gordofóbico” —autodeclarado—; el sujeto en cuestión insistía en que la imagen se trataba de una peligrosa condescendencia de la pareja, que lo único que provocaba era seguir repitiendo lógicas alimentarias insalubres y con ello la apertura a ciertas enfermedades como la diabetes.

Es curioso que más adelante el personaje manifestó ser “exgordo” y no sólo eso, nos demostró con un par de fotos —al mero estilo del “antes” y el “después”— que sí se puede, que bajar de peso es cosa de echarle ganas. Su pasado adiposo hizo que generara un rechazo casi inmediato por las personas gordas, máxime si se tratara de una potencial pareja. La discusión se tornó tan amplia —y por momentos interesante— que hasta terminó saliendo el argumento neoliberal —y por supuesto el antineoliberal—, la salud pública, la cultura, el rechazo, etc. Lo interesante está en cómo abordamos un fenómeno como la gordura —que no siempre sobrepeso—.

Sin duda parece haber una trivialización de los sufijos “fobia” y “filia” cuando referimos a rechazo o gusto —respectivamente—, aunque no siempre se refiera a un rechazo extremo ni a un gusto exacerbado. Sin embargo es verdad que la imagen contemporánea arrastra una suerte de repulsión a las personas gruesas, a pesar de la supuesta inclusión de las modelos curvys o a los movimientos Body Positivity, ya que es la misma cultura que exige un consumo especial para los/las rollizos/as que se manifiesta en la ropa como “tallas especiales”, a pesar de cada vez reducir más las sencillas tallas —chica, mediana y grande—.

Cuando una supuesta estrategia de inclusión deja entrever sus costuras de marketing, se trata de una espectacularización de lo exótico: modelos, ropa, personajes en los mass media, etc. Mientras el Slim fit no es considerada como una talla especial, la XXL lo es. Esto es un fenómeno bastante interesante en un país que compite por el primer lugar de obesidad contra el vecino país del norte.

Recuerdo, entre mi malestar infantil, desear e imaginar un personaje de acción —una/un superhéroe o un/a galán/a de cine—, talla grande, que demostrara la valía de nosotros los gordos, uno que mostrara que podíamos destacar en el basquetbol, dar una patada alta, hacer un Split o correr una maratón sin necesidad de ocupar un tanque de oxígeno. Pero no, en lugar de ello tenemos estos gorditos exotizados que la hacen de luchadores de Kung-Fu, ninjas, luchadores de MMA o de guardias de seguridad que, a causa de su sobrepeso nunca podrán destacar igual que una persona atlética, pero igual tienen buen corazón y logran vencer las adversidades. ¡Se imaginan un Rambo más robusto!

Y es que esa gordofobia se va construyendo en dos direcciones: la lipofobia —miedo a engordar, sobre todo si uno fue gordo otrora— y la gordofobia hacia los/las demás, que en sentido estricto no es la mayor de las veces fobia, sino desprecio. Aunque éste podría parecer un tema burdo, es preciso notar que puede ser la antesala a un severo orden alimenticio, a un Trastorno Dismórfico Corporal (TDC) y un montón de padecimientos en los que las personas se aíslan para llegar, en el peor de los casos, al suicidio y la autoflagelación, por no cumplir el prototipo del abdomen plano o del Six pack.

El desprecio de los demás se internaliza y se vuelve un autoflagelo —como si toda gordura fuese producto de la sobrealimentación—, por lo que no aprendemos a convivir con matices, sino a elaborar discursos límite: la gordofilia —por seguir la vía lingüística en turno— que tiene un rostro de autoaceptación o la gordofobia bastante facistoide. Ni el rechazo, ni la complacencia como extremos nos permitirán desarrollar una consciencia crítica que nos permita vernos más allá de ciertos prejuicios generados por el mismo sistema necroestético que nos vende el problema y después nos vende más cara la solución.

Para poner un ejemplo muy a la mano y efectivo podemos pensar en un programa de Dicovery Home & Healt: “Kilos mortales”, donde exhiben personas al borde de la muerte, dada su obesidad mórbida. Ni siquiera es preciso poner tanta atención para advertir la dieta de un estadounidense promedio —no es que comamos más, necesariamente, sino que los productos que comemos contienen cada vez más azucares, sales, grasas y harinas—, el refresco tamaño jumbo siempre estará incluido, junto con alimentos procesados que se crearon para ser tan deliciosos, que no se pueda parar de consumirlos, llevándonos así a un hedonismo —superficialmente dicho— peligroso, que ha puesto a aquellas personas en esa situación.

Entre rollos de carne, flacidez, sufrimiento y lamentos, se desarrolla un paisaje televisivo que descaradamente, busca desmarcar a los medios como productores del malestar en los cuerpos —seguido curiosamente, de un programa sobre cómo vestirse y otro sobre cómo maquillarse—; seguramente el gurú de la esbeltez —el médico especializado en salvar las vidas de las/los gordos— no ofrece un servicio económico, accesible a la generalidad del público; tampoco se dejan de ver en la barra de comerciales los mismos productos que llevaron a aquellas personas a enfrentar la muerte, en todo caso encontraremos anunciadas algunas tabletas milagro para adelgazar o aparatos para ejercitarse sin hacer ejercicio.

Evidentemente el asunto del Fat pride no debe tomarse a la ligera en cuanto a descuidar las posibilidades de la calidad de vida —megarexia—, vista desde un punto crítico; la contracara: el rechazo, es bastante nocivo, debido a él muchas personas terminan aislándose. Si es cierto que la generación actual nos está abriendo los ojos ante un sinnúmero de fenómenos que no hemos trabajado en otros tiempos, es importante cuestionarnos el camino que hemos tomado todos estos años, no olvidando que, por supuesto, el estado actual del mundo, de los cuerpos y de las consciencias, no es otro que el reflejo de lo que construimos las generaciones anteriores.

Es momento de cuestionar nuestras pedagogías y nuestros discursos, sobre todo cuando son bienintencionados, ya que esa ha sido la fuente de la que brotan diversas violencias. Es posible que aquel profesor que me aterrorizó en la secundaria, haciéndome sentir más inseguro con mi persona, hubiese podido utilizar otra táctica para motivarme a transformar mi cuerpo; es posible que podamos apagar un minuto los reflectores y concientizarnos más por nuestra salud, que por cómo nos vemos; y es posible que dejemos de estigmatizar la gordura como mera consecuencia de la glotonería —y pensar en la glotonería, si es el caso, como consecuencia de un padecimiento mayor— y pensamos en su desarrollo desde distintos matices —las afecciones hormonales y las enfermedades—.

Pero es sobre todo posible que dejemos de sentirnos jueces de las y los demás, asumiendo que nadie se debería de encontrar en una posición de superioridad. Cambiaremos cuando nos preocupe más la salud de las personas que cómo se ven. Creo que la generación actual no es de cristal —la última parte de los milenials y algunos centenials—, así como creo que los fundamentos —boomers— pueden ser relevantes. Si no buscamos una justa medida entre los extremos, nos seguiremos aproximando a dialécticas infértiles que siempre nos distanciarán, en todo caso los importante será aprender a escucharnos y construir(nos) desde las diferencias.

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