diciembre 2, 2021

Nomadland, ganadora de unos Oscars 2021 tan históricos como aburridos

La película Nomadland, de la directora china Chloé Zhao, se impone en una gala de los Oscars política y diferente en la que el español Sergio López-Rivera ganó en la categoría de maquillaje por 'La madre del blues' Leer#ExpresionSonoraNoticias Tomado de...

Premios Oscar

Actualizado Lunes,
26
abril
2021

12:47

La película Nomadland, de la directora china Chloé Zhao, se impone en una gala de los Oscars política y diferente en la que el español Sergio López-Rivera ganó en la categoría de maquillaje por ‘La madre del blues’

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Unos Oscar marcados por la pandemia de coronavirus

Los Oscar son ya otra cosa. Si el mundo y hasta los Estados Unidos de Joe Biden lo son, por qué no todo lo demás. Steven Soderbergh, responsable de la ceremonia, prometió una gala concebida como una película. Ni como un programa de televisión ni como un musical rancio ni como un ‘show‘ triste de audiencia menguante. Es decir, la idea es que se pareciera lo menos posible a… una gala de los Oscar. Podía ser una película, ya que que todo esto va de cine, o, puestos a ser imaginativos, un bocadillo de mortadela. Daba igual. La idea, en cualquier caso, era empezar de nuevo y hacerlo de cero. No por casualidad hablamos del director que vio venir todo esto de la pandemia en ‘Contagio‘. Y, la verdad, es que lo consiguió, pero sólo en parte. Original, sí; ágil, en absoluto. Como película, cargante. Sorprendió el puzle técnico y tecnológico alrededor del mundo que conectaba la sede en Los Ángeles con Paris, Londres, Sydney…; aburrió la cascada de discursos largos y solemnes que desconectaban lo previamente conectado. Eso sí, todo muy político.

Bien es cierto que la película imaginada por Soderbergh no era un ‘thriller‘ de final sorprendente. Nomadland, de Chloé Zhao, partía como favorita algo más que sólo indiscutible tras llevarse todos los premios posibles desde su presentación el pasado septiembre en Venecia donde ganó el León de Oro. Y más que cumplir los pronósticos los devoró. Suyos fueron los premios como directora (la segunda que lo consigue tras Katryn Bigelow en 2010), actriz para Frances McDormand y, obviamente, película. Los más grandes y deseados.

Es extraño que una cinta que básicamente levanta testimonio del fracaso de todo esto, de la voracidad animal de un sistema que ha convertido la precariedad en una forma de vida; es raro, decíamos, que un poema melancólico de agónica y extenuante belleza acabe por ganar nada. Adiós a la superioridad estética de la derrota. Recuérdese, se cuenta la historia de un grupo de gente que como Swankie, Bob Wells y Linda May han convertido su vida trashumante en furgoneta de un lado al otro de la inmensa Estados Unidos en, a la vez, una subcultura orgullosa y la prueba más sangrante del colapso de una sociedad víctima de la desigualdad, los salarios cerca de la pobreza y el precio inasumible de la vivienda. Ellos son parte de un ejército creciente de personas mayores (muchas por encima de los 70 años) y trabajadores temporeros que ejemplifican por igual el gran sueño americano y su peor pesadilla. La cinta furiosamente independiente, basada en el reportaje-ensayo de Jessica Bruder, navega entre la fabulación y la realidad con una claridad que asusta. Pero la noche iba de eso, de contradicciones: una gala que no parecía una gala para honrar a una crónica de la más profunda frustración común. Y así.

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Y el resto siguió la pauta. Sobre el papel, todo indicaba que la noche iba para histórica. Aunque no le importara a nadie. Ya saben, la primera gala presencial tras el desastre de todo esto. Pero no sólo eso. Nunca antes los Oscar se habían atrevido a tanto. De entrada, no hay argumento político de la agenda sin tocar: desde la eclosión de las noticias falsas en la cinta de David Fincher Mank(que consiguió dos -fotografía y dirección de producción- de 10) a la reivindicación necesaria de las viejas luchas sociales en tiempos ‘postrumpistas‘ a cargo de Aaron Sorkin en ‘El juicio de los 7 de Chicago’(se fue de vacío), pasando por la inevitable actualidad del racismo firmada por Shaka King en ‘Judas y el mesías negro’ (Oscar al actor de reparto y a la canción), sin olvidar el insulto del machismo en ‘Una joven prometedora’ (el guión fue suyo) o la herida de la inmigración en Minari‘, de Lee Isaac Chung.

Y, más política, la diversidad se impuso como algo más que el eslogan de una justa aspiración de años anteriores para convertirse en hecho. Por primera vez en la historia eran dos las mujeres nominadas a dirección (Zhao y Emerald Fennell, las dos con premio); por primera vez en la historia, dos los directores de origen asiático (Zhao otra vez y Chung); por primera vez en la historia, nueve los actores y actrices que no responden a la pedestre caracterización de caucásico, y por primera vez en la misma historia siempre blanca de antes, cinco los negros que optaban a premio de interpretación. Al final, los premios mayores de la actuación los ganaron los blancos. Que no se diga. Eso sí, McDormand en el papel de blanca pobre y Anthony Hopkins, por ‘El padre’, en el de hombre con Alzheimer. Blancos, pero dañados. A su modo, también histórico.

Y así, rendido a la historia, transcurrió todo. Hasta el español tuvo su momento de gloria debidamente histórico. El santanderino Sergio López-Rivera conseguía el Oscar en la categoría de maquillaje por su trabajo junto a Mia Neal y Jamika Wilsony en ‘La madre del Blues’. Se convertía así en el segundo. Antes que él, David Martí y Montse Ribé lo consiguieron en 2006 por ‘El laberinto del fauno’. La suya es una labor en el rostro de Viola Davis tan naturalista como rota, y tan alejada del glamour como cerca de la verdad. Dice que se inspiró en la precariedad vivida por su abuela en tiempos de guerra para componer su trabajo. Dice eso y que su esfuerzo consistió en poner en valor asuntos tales como el sudor, la carne flácida, la genialidad, la originalidad y la más simple fealdad. Magistral y justo por tanto el premio.

Anthony Hopkins en pantalla el recibir el Oscar.
Anthony Hopkins en pantalla el recibir el Oscar.AP

Que el primero de los Oscar entregados tras el brillante y prometedor paseo de Regina King al escenario fuera para el guión firmado por Emerald Fennell en ‘Una joven prometedora‘ fue toda una declaración de principios. Es la primera en conseguir algo así. Y eso por una ópera prima convertida en explicación brutal y nada común de eso tan brutal y desgraciadamente común llamado cultura de la violación. A su lado, o justo después, Daniel Kaluuya se llevó el de actor de reparto por su trabajo en ‘Judas y el mesías negro’. Esta vez la brutalidad es cosa del racismo. Dos películas, dos pedradas, dos premios para el recuerdo. De nuevo, y por más de un motivo, históricos.

Y más. Youn Yuh-jung, actriz habitual en el cine de Hong Sang-soo, se llevó lo que era suyo por su exhibición de ironía en ‘Minari‘ a despecho de la eternamente nominada (van ocho) Glenn Close y su vibrante ‘perreo‘ en directo. Si el discurso de la coreana fue lo mejor, el baile de la americana fue lo aún más mejor. Las dos únicas anomalías en una gala eminentemente plana. Los premios mayores a actor y actriz, ya mencionados, rompieron ligeramente la tendencia a hacer historia. Se premió un poco lo de siempre. Aunque no tanto. MacDormand y Hopkins repetían con Oscar. Para la primera fue su tercer premio tras los conseguidos por ‘Fargo‘ y ‘Tres anuncios en las afueras’ y para el británico el segundo tras el logrado por ‘El silencio de los corderos‘ a 30 años de su estreno. De paso, se convierte en el actor de más edad, 83 años, en lograr tanto. Otra vez: histórico.

En el apartado de Oscar callados, esos esenciales que no figuran en lo alto del palmarés, todo según lo previsto: ‘Otra ronda’, de Thomas Vinterberg, fue la mejor película internacional, y ‘Soul‘, de Pete Docter, el largometraje animado marca Pixar que también se hizo con la música. Lástima que ‘El agente topo’, el documental de la chilena Maite Alberdi y de producción española, cediera su sitio a la torpe extravagancia de ‘Lo que el pulpo me enseñó‘, de Pippa Ehrlich y James Reed. Y tampoco conviene olvidarse, por aquello de no dejar esquina sin barrer, de ‘Sound of metal’ y sus Oscar a montaje y sonido.

Así las cosas, Netflix se volvió a quedar sin el premio que tanto ansía. Ni con ‘Roma‘, de Alfonso Cuarón, ni con ‘El irlandés‘, de Martin Scorsese, ni ahora con ‘Mank‘, de David Fincher. Ni en el año de la pandemia que fue suyo por derecho propio y por confinamiento ajeno lo ha logrado. No fue, contra lo que parecía, la noche de las plataformas. Y así las cosas, quedó ‘Nomadland‘. Quedó el regreso a las galas sin zoom. Y quedó (o malquedó) Soderbergh; un Soderbergh que se las arregló para hacerlo bien y muy mal a la vez. Todo, eso sí, debidamente histórico.

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