Neolítico: “No hay arquetipo femenino”, asegura el arqueólogo Jean Guilaine | El amanecer de una sociedad más femenina



En “Femmes d’hier” (Mujeres de ayer), el arqueólogo Jean Guilaine muestra cómo el “arte” del Neolítico permite identificar el papel de las mujeres en las primeras sociedades agrícolas. También explica cómo ha evolucionado la valoración de este papel a lo largo del tiempo.


Estatua mesopotámica de alabastro del IV milenio a.C. (Museo de Bagdad).

En los últimos años, los estudios de género han irrumpido en las estanterías de las secciones de “Arqueología” e “Historia del Arte” de las librerías. Aunque las mujeres han permanecido durante mucho tiempo invisibles en las narraciones prehistóricas, ahora hay una plétora de obras en francés sobre su supuesto lugar y estatus unos cuantos miles de años antes de nuestra era.

El libro, publicado por Odile Jacob esta semana, está previsto que se convierta en una obra de referencia, con su fascinante texto del arqueólogo y profesor emérito del Collège de France Jean Guilaine.

Sorprendentes por su diversidad cultural, los restos excavados en la tierra y el arte rupestre presentado y descrito por Jean Guilaine revelan la forma en que las primeras sociedades agrícolas “veían” a las mujeres. Complementados por los datos de la arqueología funeraria y los estudios genéticos, estos objetos permiten también identificar su papel en este periodo crucial de transición de la prehistoria a la historia.

Las luces residuales del presente

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Una pintura rupestre prehistórica que representa a una familia alrededor de un fuego. Una madre sentada con su hijo, una mujer embarazada de pie, el padre de pie con una lanza, el padre sentado con su arco. Motivos de animales mágicos simpáticos. Todos los elementos en capas separadas.

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Una pintura rupestre prehistórica que representa a una familia alrededor de un fuego. Una madre sentada con su hijo, una mujer embarazada de pie, el padre de pie con una lanza, el padre sentado con su arco. Motivos de animales mágicos simpáticos. Todos los elementos en capas separadas.

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Una pintura rupestre prehistórica que representa a una familia alrededor de un fuego. Una madre sentada con su hijo, una mujer embarazada de pie, el padre de pie con una lanza, el padre sentado con su arco. Motivos de animales mágicos simpáticos. Todos los elementos en capas separadas.

La función de la mujer neolítica como “cultivadora” se ha convertido en un tópico. Esto es probablemente un legado de la época de los cazadores-recolectores (Paleolítico), cuando la recolección de plantas silvestres comestibles era más su responsabilidad. Sin embargo, en el Neolítico, el animal no estaba exclusivamente vinculado a lo masculino, según el profesor Guilaine. El arte rupestre oculta por tanto a pastoras, vaqueras e incluso apicultoras.

“¿O no? La determinación del sexo de los sujetos que realizan determinadas actividades es a veces imprecisa y, en este caso, su identidad femenina está sujeta a la interpretación. En términos más generales, el papel y el lugar de las mujeres neolíticas en los datos iconográficos disponibles está abierto al debate.

Dejaremos el ámbito material para entrar en el ámbito ideal, nos deslizaremos de lo arqueológico a lo antropológico.

La interpretación siempre corre el riesgo de estar sesgada por la proyección de una visión del mundo contemporánea o un esquema intelectual sobre el pasado. En filosofía, por ejemplo, resulta un inadecuado recurso atribuir a Heráclito, Parménides o Sócrates las propias inquietudes y aficiones, como han hecho autores tan importantes como Hegel, Nietzsche o Heidegger.

En el ámbito que nos ocupa, como bien relata Jean Guilaine en Femmes d’hier, las tesis expuestas a lo largo de las décadas sobre la posición o el papel social de las “mujeres prehistóricas” proceden desde hace tiempo de la antropología cultural, la historia de las religiones, el derecho e incluso la literatura, y han generado representaciones mentales que acabaron siendo adoptadas consciente o inconscientemente por los arqueólogos, estos últimos sólo para confirmar tal o cual teoría.

La tesis ginocrática, que sostiene que las mujeres tenían un importante papel en la vida social en la época de la revolución agrícola, se menciona ya en la época de Aristóteles, en el siglo IV a.C. Pero en 1877, el antropólogo estadounidense Lewis Henry Morgan proclamó que la “civilización” había sucedido a la “barbarie” a partir de la aparición de la familia monógama, el establecimiento de los derechos paternos, la herencia transmitida por el padre y la propiedad individual. Una concepción en fase con la doxa patriarcal y falocrática de las sociedades occidentales de finales del siglo XIX y principios del XX.

No hay arquetipo femenino

Las cosas cambiaron significativamente un siglo después, con la propia ola feminista de los años setenta en Estados Unidos, en particular en el campo antropológico. Así, el modelo clásico del “cazador” (masculino), que hace progresar a la sociedad, fue sustituido por el del “recolector” o el “agricultor”: roles que resultaban gratificantes, ya que en muchas poblaciones tradicionales la recolección y la siembra solían aportar más que la caza.

Arte del periodo Neolítico.

De hecho, a lo largo de los milenios han evolucionado culturas, valores y sociedades muy diferentes. Como nos explicaba el arqueólogo británico David Wengrow con motivo de la publicación de su ensayo In the Beginning was… (escrito con el antropólogo estadounidense David Graeber), en todos los continentes, desde el final del Paleolítico hasta las sociedades indígenas contemporáneas, los humanos han imaginado una infinita diversidad de organizaciones sociales. Éstas rara vez eran lineales, a menudo cambiaban según las circunstancias, y a veces incluso eran muy diferentes entre “vecinos”.

Por tanto, no hay arquetipos de “hombre prehistórico” y “mujer prehistórica”. Del mismo modo, los poderes de parentesco no funcionaban según una línea típica, aunque a menudo se observa un vínculo muy fuerte en la filiación matrilineal (basada en la descendencia materna) por el que un niño se afilia al grupo de padres de su genitor. Pero, ¿qué consecuencias se pueden extraer de esta matrilinealidad? Jean Guilaine afirma que no es necesariamente un signo de “poder femenino”.

¿Un señuelo?

Como escribió la antropóloga, etnóloga (y activista feminista) Françoise Héritier -a cuya memoria está dedicada Femmes d’hier-, todo sistema de parentesco es “una manipulación simbólica de la realidad, una lógica de lo social”. Por lo tanto, es probable que en el Neolítico las sociedades pudieran estructurarse según relaciones de género muy variables. “La aparición de varios núcleos autónomos de domesticación de plantas y animales, en diversas zonas ecológicas y entornos culturales, debe haber generado modelos diferentes”, afirma Jean Guilaine.

En cuanto a la conocida tesis de la etnóloga (y gran luchadora de la Resistencia) Germaine Tillion, según la cual el estatus dominante de las mujeres neolíticas no era más que un engaño -la llegada de la agricultura las había colocado de hecho en una posición de sometimiento, incluso de degradación-, Jean Guilaine la sopesa un poco. Sin embargo, da la razón a la autora en dos puntos: una forma de dominación masculina y el desarrollo de la guerra, que sí apareció en aquella época.

Referencia: “Mujeres de ayer”, Jean Guilaine, Odile Jacob, 429 p.

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Tomado de http://Notaantrpologica.com/