Nadie escribe como Jesús Gardea

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La primera vez que leí a Jesús Gardea quise escribir como Jesús Gardea. Sería 1998 o 1999. En una publicación del Fondo de Cultura Económica –la Gaceta, debió haber sido– apareció un cuento de Gardea –“La carpa”, de eso estoy seguro– y una rara invitación a continuarlo para participar en un concurso. Recuerdo haber leído y releído el relato, azorado por su ritmo, por el orden de sus frases, por el desorden de las palabras dentro de las frases. Recuerdo haber intentado una y otra vez reproducir esa prosa, esos tropiezos, esas rarezas. Recuerdo la frustración y los fracasos. Ahora, tantos fracasos después, podría decirle a aquel joven que ni siquiera se esfuerce: nadie escribe como Gardea.

Para conocer más del autor, te recomendamos: La respuesta Yuri.

Tantas veces se ha repetido que Gardea es un escritor secreto que a estas alturas el secreto tendría que haberse gastado por completo –y sin embargo algo queda del secreto–. Nacido en Delicias, Chihuahua, en 1939, y muerto precozmente en la Ciudad de México en 2000, Gardea es, sigue siendo, un escritor marginal, más mentado que leído, voluntariamente extraviado en el pliegue de la literatura mexicana que él mismo produjo. De las once novelas que publicó en las últimas dos décadas del siglo pasado ninguna habrá encontrado más de un millar de lectores y ninguna se encuentra hoy fácilmente en librerías. Con algo más de suerte –no mucha– corrieron sus cuentos, aparecidos en seis libros, antologados aquí y allá, recogidos parcialmente por el Fondo de Cultura Económica en 1999 y al fin reunidos, ahora, en este tomo editado por la UNAM y Sexto Piso y prologado por Iván Gardea y Emiliano Monge. No es este un tomo cualquiera: 616 páginas, 74 relatos, los incontables vaivenes del chihuahuense. Ya puede anticiparse: algo de luz caerá sobre estos cuentos pero pronto se fundirán los focos y otra vez volverá a espesarse el secreto Gardea.

Gardea y la renuncia a la inercia narrativa

Hablar de Gardea es hablar, antes que nada, de su insólita prosa. Léase cualquiera de estos relatos y ya se verá de inmediato que algo no funciona ahí o funciona de otro modo. Véase: la puntuación bailotea de manera extraña, los predicados se anticipan neciamente a los sujetos, los verbos aparecen y desaparecen a su antojo, los diálogos están armados con una lengua que nadie habla y cada frase se estrella –como un planeta aparte– contra la frase que sigue. Además: es lento el ritmo, son obsesivas las descripciones y es choqueante el encuentro de tanta aridez y tanta poesía. Ya otros han dicho que andar por esta prosa es un suplicio. A mí las más de las veces el recorrido me parece, si no una fiesta, sí un acontecimiento. Sobre todo esto: como Gardea renuncia en todo momento a dejarse llevar por la inercia, es imposible anticipar su siguiente movimiento, el adjetivo o la imagen que viene, y el mundo va apareciendo asombrosamente ante nosotros, sorpresa tras sorpresa, casi siempre colmado de luz y comas y silencio.

Uno dice “la prosa de Gardea” pero tal vez tendría que decir: las prosas de Gardea. Ahora que al fin podemos leer de principio a fin estos relatos queda claro que esta escritura, lejos de acomodarse en un estilo, muda y serpentea y se enrarece libro a libro. No solo es que la escritura de Gardea se bata contra el sentido y la sintaxis; es que también se bate contra sí misma y se va tajando en el camino. Es curioso: al mismo tiempo que la narrativa mexicana hace crack y buena parte de los narradores se dedican a diluir sus prosas para facilitarles la tarea a los potenciales traductores, Gardea se entretiene densificando cada página, hasta asegurarse de que todas ellas sean del todo intraducibles.

Por ejemplo:

Mediodía. El sol se hunde, se ensucia en el agua del canal. Corre lentamente el agua. No tiene fin. Con los ojos la sigo hasta el fondo de la la luz, en el llano. La luz, una polvareda. No conozco sino estas soledades. Esta corteza seca. Oigo chicharras lejanas. Debajo mío llevo sombra. Oigo también mis propios pasos y los de los otros. Me abruma la claridad del cielo. Su infierno blanco. A mi lado, nada rompe el silencio del agua. Hace rato que siento sed y ganas de tumbarme. Quisiera cerrar los ojos y abrirlos cuando ya hubiera caído la tarde. (“Puente de sombra”)

O también:

De los que prometieron venir a recibirle, quién. Ninguno, en el aire de la mañana, hasta donde él alcanzaba a ver. Llegar diez minutos después de la hora convenida no le parecía demasiado tarde. No tanto como para que, impacientes, los otros hubieran decidido irse. Miró de nuevo al camino; allí, la sombra, el sobrante de nadie: laminados fantasmas a la zaga, demorándose, yendo, oscuro el paso, tras sus dueños. (“El guía”)

Los primeros dos libros de relatos de Gardea, Los viernes de Lautaro (1979) y Septiembre y otros días (1980), son espléndidos y están repletos de cuentos maestros (“Aquellos Bamba”, “Como el mundo”, “Las primaveras”, “Acuérdense del silencio”, “Un viajero en la Florida”), de ningún modo convencionales pero aún no tan demandantes como los que vendrán después. Una cosa notable ocurre en esos dos libros: Gardea se arma su propia, singular tradición tejiendo y destejiendo una serie de influencias canónicas (Rulfo, Borges, Kafka, Quiroga, García Márquez). Mejor todavía: en vez de apoltronarse en esa tradición, la horada hasta abrir en ella un boquete. Lo que vemos en los siguientes dos libros de relatos (De alba sombría, 1985, y Las luces del mundo, 1986) es el salto de Gardea por ese agujero: cuentos exploratorios, casi ingrávidos, rara vez logrados, entre otras cosas porque ninguno de ellos parece querer lograrse. Gardea toca fondo, finalmente, en sus últimas dos colecciones de cuentos (Difícil de atrapar, 1995, y, sobre todo, Donde el gimnasta, 1999), y el fondo es otra vez pasmoso. Todo ahí es extraño y absurdo y todo está descompuesto y dislocado. Aquellas influencias sobreviven solo como retazos y es punzante el silencio.

Estirar el tiempo para observar de qué están hechos los instantes

Es difícil saber si Gardea detestaba las tramas o si, por el contrario, las apreciaba tanto que en todas partes veía una buena historia. Es verdad que en estos relatos no ocurre mucho, y que en algunos apenas si pasa nada, pero también es cierto que lo poco que sucede aquí y allá tiene potencia y es más que suficiente para justificar tanta prosa. Un hombre se pierde en un pueblo siniestro. Otro conduce hacia una fiesta a la que quizás no deba ir. Un cabo y un alcalde se enfrentan, trágicamente, a un grupo de invasores. Dos hermanas caminan, sin apuro, hacia una estación de tren y dos tipos teclean, no sabemos qué, en una pequeña oficina. Más que la acción, lo que importa aquí es lo que ocurre entre las acciones: el modo en que la luz pega sobre los personajes, la pausa que antecede al diálogo, las cosas, la distancia entre las cosas y los personajes. En los mejores pasajes es como si Gardea, miniaturista, extendiera el tiempo no para narrar el instante sino para ver de qué están hechos los instantes.

Se repite también con frecuencia que Gardea es un “escritor del desierto” y quién sabe si lo sea. Uno lee estos cuentos y pronto descubre que el desierto aparece mucho menos que los paisajes urbanos y pueblerinos. Más que literatura del desierto, es la suya una literatura desértica marcada por todo aquello que no tiene: ni cochambre novelesca ni marcadores temporales ni intención sociológica ni discurso político. En ese páramo que Gardea inventa las pocas cosas que sí existen tienen peso y las acciones (también pocas: caminar, esperar, callar) cobran una dimensión un tanto mítica. El espacio de Gardea es singular y es todas partes.

Otra cosa que nada más no puede hallarse en estos relatos: el lector de tantas otras obras. Gardea no escribe para el lector –cansado, embotado, estándar– que la mayoría de los libros persigue. Tampoco escribe para consentir, entretener o aleccionar a nadie. El lector que estos cuentos especulan es un lector mejor que nosotros. O más bien: el lector que estos cuentos desean es ese buen lector que solo a veces somos –atento, presente, tan dispuesto a aburrirse como a embelesarse con una escritura otra.

Jesús Gardea
Cuentos completos
Prefacio de Iván Gardea, prólogo de Emiliano Monge
México, Sexto Piso-UNAM, 2023, 616 pp.


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Tomado de https://gatopardo.com/