Textos sin permiso
Henri Brunel
El hombre tiene el destino de la chispa.
Louis Aragon, Elsa
Ryokan, el poeta del siglo XVIII, el San Francisco de Asís del budismo, que sabía hablar a las plantas, los insectos y los pájaros, era conocido en el Japón por su sabiduría y la eficacia de sus kitos (ceremonias para que sea atendido un voto). De todas partes del país acudían a consultarle y a pedirle que intercediera ante los dioses.
Y resultó que una mañana se presentó ante su choza de ramas un honorable monje, muy delgado y reseco por la edad.
—Me honra tu visita, santo monje —dijo Ryokan—. Tu fama de bondad ha llegado hasta aquí. ¿Qué deseas?
—Quisiera un kito —dijo el hombre, acariciándose la barba, corta y blanca.
—Con mucho gusto —dijo Ryokan—, ¿y qué deseas?
—Quisiera que mi vida sea larga…
—¿Qué edad tienes?
—Ochenta años desde la última floración de los cerezos.
—¿Y hasta qué edad tengo que pedir a los dioses que se prolongue tu vida?
—Cien años. Cien años me parece una buena cifra; sí, cien años está bien.
—Estoy asombrado por la modestia de tu petición —dijo Ryokan—. Si has venido de tan lejos para pedirme este kito, ¿por qué contentarte con cien años?
—La verdad es que incesantemente voy prodigando a mi alrededor sabiduría e influencia benéfica —suspiró el visitante—; ¡qué no haría si viviese más! Digamos ciento veinte o ciento treinta; o pongamos una cifra redonda: ciento cincuenta años. ¿Es posible?
—Por supuesto —dijo Ryokan—; entonces decimos ciento cincuenta años. Mis kitos son muy precisos, de modo que te voy a preparar uno para ciento cincuenta años exactamente. Pero ¿lo has pensado bien? Tienes ochenta años: te quedarían por vivir setenta, menos de lo que has vivido; pero bueno, eso es lo que deseas, y tú eres un hombre sabio y poco exigente.
—Espera un momento, ahora que lo dices —interrumpió el octogenario—. Es verdad que setenta años son pocos, porque estos primeros ochenta años se me han pasado como un sueño, y me parece que fue ayer cuando jugaba con mis hermanos y hermanas en el jardín de mis padres.
—La segunda parte de la vida —señaló Ryokan— es como la otra vertiente de la colina, se baja más deprisa de lo que se ha subido.
—¡De acuerdo, me rindo a tus argumentos, sabio Ryokan, hazme un kito para… digamos… trescientos años!
Ryokan se rascó la cabeza y después se quedó inmóvil.
—Bueno, ¿qué estás esperando? —preguntó impaciente el visitante—, ¿mi petición es excesiva? —añadió inquieto.
—No, no, estaba pensando —dijo Ryokan—. En el fondo, ¿por qué pararte en trescientos años? Cuentan que hay tortugas que viven mil años, y las grullas… ¿Por qué solo trescientos?
—¿Mil años? Buenooo… al fin y al cabo…, la perspectiva no carece de alicientes. ¡Tengo tantas buenas acciones que hacer, y podría hacer tanto bien en mil años!
Ryokan estaba inmóvil y parecía perplejo.
—Santo monje —dijo Ryokan—, sopeso tus palabras y me doy cuenta de lo valiosísima que es tu vida; la mejor solución sería que no murieses.
—¿Podrías hacerme un kito que me impidiese morir?
—¡Sí, pero sería muy caro, carísimo, y muy difícil!
—Estoy dispuesto a pagarte lo que haga falta, a practicar los más duros ejercicios. Me has convencido, noble Ryokan: te lo ruego, haré cuanto exijas, pero hazme el kito que me hará inmortal.
A partir de aquel día, Ryokan tuvo en su humilde cabaña de ramas a aquel viejo procedente del norte. Cortaban juntos la madera, iban juntos a buscar el agua al río, dormían en el mismo suelo de tierra apisonada, y rezaban y meditaban durante largas horas. Se comían el bol de arroz o se reían al contemplar el vuelo de un arrendajo torpe. En primavera, Ryokan compuso unos poemas:
Este mundo
no es otra cosa
que flores de cerezo.
Y también:
El ruiseñor
me despierta del sueño,
mi arroz en la mañana.
O bien:
La barca del arroz
se dirige
hacia la luna del tercer día.
Así fueron pasando un invierno, una primavera y un verano.
Una tarde de final de verano, estaban sentados los dos ante la cabaña, contemplando la primera bandada de ocas salvajes, cuando Ryokan dijo:
—Mañana voy a proceder a la ceremonia del kito que te hará inmortal, como habíamos convenido.
—La verdad es que ahora no entiendo —dijo el octogenario soñador acariciándose la barba, ya muy crecida— por qué te pedí aquel kito.
*
Lo finito es lo infinito, y lo infinito es lo finito. El presente es la eternidad.
Tomado de Los más bellos cuentos Zen, José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, España.
Tomado de https://morfemacero.com/



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