Mi historia a través de la historia

Mi historia a través de la historia

Tomado de Ethic.es

La historia desfiló ante nuestros ojos. Lo que todos vimos en la tele fueron unas escenas impresionantes a las que yo, personalmente, nunca habría imaginado que asistiría. Había jóvenes bailando, otros brindando, desconocidos que se abrazaban, familias enteras llorando. Fueron momentos en verdad muy conmovedores, porque aquella gente estaba viviendo el final de toda aquella represión y violencia. En aquellos momentos recuperaban la libertad.

Y pronto se derrumbaría también la Unión Soviética gracias a la perestroika, la política de reformas impulsada por Mijaíl Gorbachov. Fue un gran hombre, Gorbachov, quizá uno de los mayores hombres de Estado que haya tenido la URSS. Sentí gran admiración por él porque quiso reformar el mundo con el propósito de evitarle más sufrimiento a la población. Recuerdo perfectamente a su hija y a su mujer, Raísa, una gran persona, ¡además de ser una buenísima filósofa!

Me alegré mucho al ver aquellas escenas de la caída del Muro de Berlín, pues Europa estaba recuperando la tan ansiada serenidad que le faltaba desde hacía demasiados años. En nuestro país, Argentina, no se les prestaba demasiada atención a aquellos hechos, que afectaban a otra parte del mundo. Quitando los primeros días y la sección de noticias internacionales, la historia del Muro no ocupaba los debates televisivos, los cuales estaban más centrados en la política interior. De hecho, unos meses antes hubo elecciones presidenciales, que ganó el candidato del Partido Justicialista, Carlos Menem, líder político ultraliberal, hijo de inmigrantes sirios y originario de La Rioja, una de las provincias más pobres del país. Era un momento en el que hubo que descubrir un nuevo modo de hacer política, construir una política democrática y poner el foco en el concepto de solidaridad, con el objetivo de mejorar la vida de los ciudadanos. Y, en realidad, se hablaba mucho de lo que esta nueva presidencia podría hacer para el pueblo.

«Me alegré mucho al ver aquellas escenas de la caída del Muro de Berlín, pues Europa estaba recuperando la tan ansiada serenidad»

Pero todos los argentinos que, como yo, teníamos familia en Europa, estábamos más atentos a las noticias que llegaban de Alemania. ¡Por fin caía aquel muro, símbolo de la división ideológica del mundo entero! Aunque aquellas imágenes nos pillaran por sorpresa, y aun siendo conscientes de que la caída del Muro de Berlín fue algo repentino, hay que decir que aquel acontecimiento histórico fue posible gracias al esfuerzo de muchas personas a lo largo de los años, gracias a su lucha, a su sufrimiento, incluso al sacrificio de sus vidas. Pero también, y sobre todo, gracias a la oración. No puedo por menos de pensar en el papel que desempeñó Juan Pablo II, a quien yo había conocido un año antes, en 1987, gracias al nuncio apostólico, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebró aquel año en Buenos Aires. Con sus palabras y con su carisma les transmitió a todas aquellas personas la fuerza de juntarse y de luchar por la libertad. En efecto, ya en 1979, con motivo de su primer viaje a Polonia –su patria–, favoreció la maduración de las conciencias de millones de ciudadanos de Europa del Este, que recuperaron la esperanza.

Y así, ese largo proceso condujo a la caída de aquel muro en Alemania. Pero hay muchos muros dispersos por todo el mundo, aunque quizá menos famosos. Allí donde hay un muro, hay un corazón cerrado; allí donde hay un muro, está el sufrimiento del hermano y de la hermana que no pueden pasar; allí donde hay un muro, hay división entre los pueblos, lo que no ayuda al futuro de la humanidad. Y, si estamos divididos, faltan la amistad y la solidaridad. Por el contrario, debemos seguir el ejemplo de Jesús, que nos aunó a todos con su sangre.

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«Allí donde hay un muro, hay división entre los pueblos, lo que no ayuda al futuro de la humanidad»

¡Vientos de cambio llegaban por fin a Europa! Unos días después de la caída del Muro, recuerdo que Juan Pablo II escribió una carta al episcopado alemán en la que, manifestando su vínculo con ese pueblo y dirigiéndose también a todos los católicos del país, garantizaba sus oraciones para que el Señor, con la intercesión de la Virgen María, pudiera materializar «las esperanzas que la humanidad tenía puestas en la justicia, en la libertad y en la paz interna y externa. Haced todo lo posible», escribió, «aunque seáis un pequeño rebaño, por renovar la faz de la tierra en vuestro país, con el poder del Espíritu Santo, junto con todos los hombres de buena voluntad, unidos, sobre todo, a los cristianos evangélicos».

Aquellas palabras no cayeron en saco roto. El pueblo alemán supo sacarles provecho, caminando juntos, en la unidad, para encontrarse como hermanos y hermanas después de la muerte y sufrimiento que habían generado las divisiones. Como ya he mencionado, me conmovieron las imágenes de los ancianos llorando, pero incluso me emocionaron más los abrazos entre miembros de una misma familia, separados por el Muro, que por fin volvían a verse en Berlín Occidental. Viví todo aquello con una especial alegría en el corazón porque en mi familia materna, por el contrario, había habido ciertos episodios de enemistad entre hermanos y primos que me habían hecho sufrir mucho en el pasado. Quizá por esa difícil situación familiar, mamá y yo creábamos fuertes lazos con las otras personas; por ejemplo, con las señoras que venían a ayudarla con las tareas del hogar. Para mí eran como tías.


Este texto es un fragmento de ‘Mi historia a través de la historia’ (HarperCollins, 2024), de Papa Francisco. 

Tomado de Ethic.es