“Groenlandia es un sitio ideal para iniciar el experimento. Tiene una baja población (65,000 habitantes) y una soberanía limitada. Su administración local es débil y no posee ni ejércitos ni élites fuertes. Mefisto y sus poderosos lacayos la quieren”....Tomado de https://morfemacero.com/

TA MEGALA

Fernando Solana Olivares

O un viaje hacia la autodisolución. Como en el cuento de Edgar Allan Poe, “La carta robada”, que se esconde a plena vista y así pasa desapercibida, la segunda presidencia de Trump mostró desde antes de iniciarse cuáles eran sus intereses amenazando precisamente con lo que haría. Hasta hoy lo ha cumplido.   

       Además de gravitar alrededor de un narcisista maligno miembro de una plutocracia fascista sin disfraces ni ocultamientos, caracterizado por un ego patológico y una semántica sicótica que emplea engaños, mentiras y afirmaciones falsas propias de una dimensión paralela donde la verdad común no existe, más cercana a la delirante corte de la Reina de Corazones de Alicia y su trastorno de la realidad que a una política determinada por el principio de realidad, la peligrosa decadencia del imperio estadounidense y su incontenible beligerancia parecen llevar al mundo a una tercera guerra mundial. 

       (Antes la historia se presentaba una vez como tragedia y otra como comedia, según dijo sabidamente Carlos Marx. Pero la condición de estos días quedó anticipada en la literatura fantástica de Lewis Carroll, que al surgir se creyó una historia infantil, una novela de iniciación o de sátira y parodia, cuando insospechadamente correspondía a un género político-distópico por venir. “Ya te lo dije varias veces, entonces es verdad”, afirma la voluble Reina de Corazones, o bien ordena: “Primero la sentencia y después el juicio”; o como Humpty Dumpty en A través del espejo, quien afirma que cuando usa una palabra él la obliga a que signifique exactamente lo que quiere pues el verdadero sentido del lenguaje es saber quién manda, una mera cuestión de poder, adelantando conductas propias del presidente estadounidense que construye su enloquecida verdad mediante incoherentes monólogos y acusa esquizamente a cualquiera de cualquier cosa sin probar nunca sus afirmaciones.)

       Así, destructor intencionado del orden mundial basado en las reglas impuestas por los mismos Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial —aunque fueran desiguales en su aplicación e incumplidas a menudo por ellos—, practicante gansteril de la fuerza como causa y justificación moral, Trump encarna el final de Occidente y la ilustración racional que por siglos lo determinó. Es el heraldo de tiempos que han llegado a su término, representa una ruptura y no una transición. No alcanza a ser un Anticristo, pero su ominosa frivolidad (“El mal siempre es banal”: Hannah Arendt) semeja al payaso anunciante de aquel patético fin del mundo imaginado por Kierkegaard, con una diferencia esencial: Trump no provoca risas sino pavor.

       En esta demencia “normalizada” que Trump padece por su megalomanía aguda (“Creo que Dios está muy orgulloso del trabajo que he realizado. Estamos protegiendo a mucha gente que está siendo asesinada: cristianos, judíos, y a mucha gente que está siendo protegida por mí, que no lo estaría con otro tipo de presidente”, declaró hace tres días al elogiar el primer año de gobierno de su segundo periodo), las causas detrás del anuncio de la anexión de Groenlandia parecen evidentes: desde un trofeo para entrar a la historia y singularizarse como el presidente que más ha expandido el territorio estadounidense de una sola vez, hasta la posición geoestratégica clave que la isla ocupa y su gran riqueza en recursos naturales (petróleo, gas, metales de tierras raras entre los que se encuentran 25 de los 34 minerales considerados críticos para la tecnología actual, recursos pesqueros y rutas de navegación, todo ello de alto valor económico), cada vez más explotables ante el deshielo causado por el calentamiento global. 

       Esta idea fija, que según analistas responde a una lógica empresarial antes que política, la cual ambiciona la posesión y la propiedad de un “activo valioso del que se ocupan mal y que hay que adquirir a cualquier precio”, en palabras de Trump, parece resultar suficiente para explicar la más nueva intentona de apropiación imperial corsaria. Considerando a Europa debilitada ante el “Nuevo globalismo” de Estados Unidos —apoyado en una pugnaz reinterpretación de la Doctrina Monroe, en la conversión de Estados Unidos en superpotencia energética que fija las reglas del mercado de hidrocarburos, y en su consolidación como potencia ártica—, Trump exige el apropiamiento de Groenlandia bajo amenaza de anexión militar.

       Sin embargo, otras razones parecen sostener dicha obsesión. “La verdad está en las grietas”, escribe Alejandro Estrella González en un excelente y documentado artículo publicado en Revista Común (https:/ /revistacomun.com/), “La Ilustración Oscura y la anexión de Groenlandia”. Detrás de la pertenencia de esa isla descubierta para Occidente por el vikingo Erik el Rojo está el movimiento neorreaccionario, dos de cuyos principales teóricos son un bloguero-filósofo proveniente de la tecnología digital, Curtis Yarvin, y el sociólogo Nick Land, quien en 2012 sistematizó el proyecto ideológico Dark Enlightenment, la Ilustración Oscura, en un opúsculo de 70 páginas.

       Una afirmación del multimillonario Peter Thiel, otro personaje principal de este proceso, es el mantra que define a los neorreaccionarios: “La libertad no es compatible con la libertad”. Land ha escrito que la democracia es la degeneración misma y que se ha expandido a un Estado parasitario que devora a la sociedad. Su propósito es reemplazar al Estado, explica Rafael Noboa en Brecha Uruguay, por un régimen organizado como una empresa, a la medida de los magnates digitales, los barones tecnológicos provenientes de Silicon Valley. Este reemplazo sólo formalizaría el poder autocrático que ya existe en Occidente y daría lugar a una clase dominante, una nueva aristocracia de los que más tienen convertida en propietaria del país, la que elegiría a un consejo de administración el cual a su vez nombraría a un CEO equivalente a un monarca.

       En un planeta ideal, escribe Noboa citando a Land, con Estados administrados como empresas, “la población carece de derechos políticos, aunque el príncipe, que compite con otros Estados, debe preocuparse por la excelencia y eficacia de sus súbditos o residentes. Si un residente o cliente se interesa en política estaría mostrando una inclinación semicriminal”. Land afirma que todo lo que Occidente ha hecho en la modernidad democrática debe desecharse y cambiar, salvo la innovación científica y los modelos de negocios. “Y esto sólo puede ocurrir si se produce un cataclismo existencial de civilización”. 

       A este empeño se le llama “aceleracionismo”, táctica similar a aquella leninista para exacerbar las contradicciones sociales del capitalismo. Y en ello hay un síndrome buscado para llegar al Armagedón, a una guerra civilizatoria colapsante que dé lugar a una nueva etapa histórica. A Tecnoestados feudales post humanos, eugenésicos, con científicos racistas y masas ignorantes y desposeídas confinadas en campos de concentración digitales bajo el yugo de poderes autocráticos ilimitados.

      Groenlandia es un sitio ideal para iniciar el experimento. Tiene una baja población (65,000 habitantes) y una soberanía limitada. Su administración local es débil y no posee ni ejército ni élites fuertes. Mefisto y sus poderosos lacayos la quieren.

Tomado de https://morfemacero.com/