‘Matarranya Íntim’, la militancia tozuda de un proyecto cultural que alcanza su décima edición

El festival de artes escénicas viajó desde el barrio valenciano del Cabanyal hasta el medio rural turolense en 2013 y, pese a las dificultades, se ancla un año más en el terruño con el objetivo de ser un gran acontecimiento para...

“La cultura aquí puede ser algo muy grande, un acontecimiento, algo equiparable a un partido de fútbol o al Primavera Sound”. Son las palabras de Jacobo Roger, director artístico del Matarranya Íntim, durante la apertura de este festival de artes escénicas el pasado viernes en la Plaza Nueva del municipio de la Freixneda, en Aragón. Ante más de un centenar de personas, cifra nada despreciable en un pueblo de apenas 500 vecinos, el ciclo que durante nueve años ha conseguido traer una programación profesional y de vanguardia hasta la comarca del Matarraña arrancaba de nuevo con 15 propuestas artísticas repartidas en varios pases a lo largo del fin de semana.

Yendo un poco atrás en el tiempo para entender qué es el Matarranya Íntim; el festival aterrizó en esta comarca —la única íntegramente de habla catalana en la provincia de Teruel— procedente de Valencia gracias a que Jacobo, quien también ha estado al frente de Cabanyal Íntim, había decidido pasar algunas temporadas en el pueblo de Ràfels, donde de hecho se celebró la primera edición. Desde el principio, Matarranya Íntim bebió de la experiencia del Cabanyal Íntim, de manera que si Cabanyal Íntim se había impulsado para reivindicar el barrio frente a la ofensiva de derribo de Rita Barberà, el Matarranya Íntim quiso focalizar el debate en torno a la lucha por una ruralidad con derechos culturales, una especie de grito por exigir el mismo acceso a las artes escénicas que disfruta la gente de las ciudades.

En sus diez ediciones, el festival ha pasado por municipios de cien, doscientos y trescientos habitantes. Sitios, algunos de ellos, que a veces saltan a la prensa estatal porque buscan familias para evitar el cierre del colegio o porque el departamento de Salud no ha cubierto la jubilación del médico titular y los vecinos llevan meses viéndose obligados a desplazarse hasta la capital comarcal para ser atendidos. Esos sitios. Esta vez, gracias a la cultura, dejan de ser noticia por la escasez de servicios básicos propia del medio rural para disfrutar de una variada degustación de lo que se exhibe durante el año en los escenarios de la ciudad de Valencia. “Las señoras que hacen pilates conmigo en Ràfels me piden expresamente que traiga cosas raras, que las normales ya las ven a diario”, explica Jacobo Roger.

La peculiaridad del Matarranya Íntim es el escenario escogido, un pequeño pueblo turolense, y también su formato. Desde el principio, y siguiendo la esencia del Cabanyal Íntim, el festival se desarrolla casi íntegramente dentro de las casas de algunos vecinos, que las ceden durante el fin de semana para que allí se pase alguna de las propuestas escénicas. Esto es algo muy romántico que, a su vez, complica la organización del evento. Ya no solo se trata de programar y de hacer números con la venta de entradas y con las aportaciones de las pequeñas administraciones y empresas locales. También hay que hacer prospección domiciliaria. Según Roger, “la organización se alarga durante medio año porque tenemos que encontrar la complicidad de unos cuantos vecinos dispuestos a cedernos la vivienda”.

Pre-broken. Performance a cargo de Juana Varela. En la lonja del Ayuntamiento de la Freixneda Emma Zafón

Y es aquí donde se multiplica el encanto. Porque en lugar de dirigirte a cualquier sala, con su escenario y sus butacas, en el Matarranya Íntim hay una entrada donde pone que la función será en la cochera de la avenida Virgen de Gracia, número 11. O en el interior del almacén que los agricultores del pueblo utilizan para depositar las olivas hasta que son llevadas al molino. Los habituales del festival han visto obras de teatro en cuartos de baño, espectáculos de danza en áticos y montajes de circo en salas de estar. El festival no se mide solo en cifras porque el número de asistentes que cabe en cada pase es relativamente reducido. No busca la masificación sino el disfrute de los locales y de algún que otro fiel que se deja caer procedente de Valencia, Zaragoza, Barcelona o Pamplona. Aun así, el balance de cada edición es más que satisfactorio. En la de este año y a escasos minutos de la inauguración, las entradas estaban prácticamente agotadas, con más de 1.400 personas interesadas en alguno o varios de los espectáculos

La brecha cultural

“Aquí, en un pueblo, cualquier proyecto cuesta el doble de sacar adelante”, afirmaba el concejal de la Freixneda durante el festival, Rubén Esteve. Él, que actualmente es el único concejal del PSOE en el Ayuntamiento y —más importante que eso— está en la oposición y no en el gobierno local, ha sido el brazo institucional del Matarranya Íntim en la presente edición. Durante los meses previos, Esteve se encargó de ir vecino por vecino hasta conseguir que 13 de ellos cedieran sus casas para que se alojasen los artistas y que otros 11 hicieran lo propio para albergar espectáculos durante los dos días, sábado y domingo. Además, han sido Esteve y otros vecinos del pueblo los que han hecho las veces de guías, de control de accesos, de apertura y cierre de espacios y largo etcétera. Tal ha sido su implicación en el festival que el propio director, Jacobo Roger, lo definía durante la inauguración como un “ángel” que había posibilitado una parte importante de la logística.

Si la cultura es militancia en un entorno urbano, por lo general con más recursos y personal técnico, en el medio rural se convierte directamente en una trinchera. Fuera de foco, el desarrollo del Matarranya Íntim ha sido una constante alegoría de voluntariado incondicional al servicio del pueblo. A todas horas se veían pequeños grupos de gente yendo de un lado a otro, comiendo un bocata rápido para llegar a tiempo a alguna apertura de puertas, guiando, coordinando y resolviendo imprevistos. Todos ellos, todos los que han posibilitado el festival: granjeros, agricultores y profesionales liberales, se han volcado por amor a una ruralidad digna y sin estrecheces y, sin pedir nada a cambio, después del esfuerzo del fin de semana vuelven al día a día de sus granjas, de sus bancales y de sus oficinas. “Es una lucha permanente para traer hasta aquí las propuestas de vanguardia que generalmente solo se disfrutan en las ciudades. Y ver que la gente responde tan bien con obras bastante atrevidas ya hace que todo valga la pena”, concluyó allí Esteve.

A nivel artístico, lo más habitual es que el Matarranya Íntim no repita espectáculos. La programación de cada año es nueva y trata de abarcar un amplio abanico de disciplinas y de formatos. Así, la edición de este año ha contado con ‘Plàstic’, ‘L’elefant curiós’, ‘El flautista de Hammelin’, ‘Pre-broken’ y Andrea Láinez como propuestas para público familiar (o que bien podían seguirse tanto por adultos como por niños). El emblemático Palacio de la Encomienda acogía ‘Odet y las otras’, una reflexión en torno a la regularización de la prostitución, mientras una vivienda particular, Virgen de Gracia, número 38, ofrecía el teatro de objetos ‘Perpetuum mobile’. El almacén de ventar olivas se convertía en el espacio para ‘Gochos’, una propuesta de danza documental y lengua de signos sobre la apertura de fosas en Asturies. En dramaturgia, se ha podido disfrutar de ‘Viva’, una pieza sobre las vejaciones que aguantó El titi durante una actuación en el barrio de Grapa en Castelló, y ‘Joven llama’, que permitía una reflexión sobre la lujuria desde la óptica religiosa.

Uno de los platos fuertes, representado en el Salón cultural del pueblo, ha sido ‘Bannon’, una compleja obra teatral sobre el discurso populista ultraconservador que no tardó en colgar el cartel de sold out. Entre las propuestas musicales, el festival ha ofrecido ‘In-sólito’, de Diego Burián, ‘Quarta simfonia de samfaina’, d’Andreu Subirats i Diego Burián, i ‘A nit negra’. La clausura del festival, el domingo por la noche, ha contado con el espectáculo musical ‘Limbo cabaret’.

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