Más allá del espejo roto

En América Latina seguimos viendo a Estados Unidos como si fuera el futuro que nos negaron. Lo mostramos en las redes: Miami, Nueva York, los rascacielos, los centros comerciales inmensos. Pero casi nadie muestra lo que pasa al doblar la esquina. Las calles donde la gente duerme en carpas bajo puentes, los barrios enteros comidos por la adicción, los hospitales que te arruinan si te atreves a enfermarte.

No digo que EE.UU. sea un infierno. También hay allí gente luchando por algo mejor: madres organizadas contra la violencia, jóvenes exigiendo salud mental, comunidades negras e indígenas defendiendo su tierra. Pero el problema es que muchos de nosotros —sobre todo quienes defienden el “libre mercado” como religión— solo quieren ver la parte bonita. La usan como argumento para decir: “Miren, el capitalismo funciona”. Pero no es el capitalismo el que brilla ahí; es el privilegio. Y ese brillo se sostiene sobre una base podrida.

Lo que ha pasado en Estados Unidos en las últimas décadas no es “progreso”, sino financiarización: una palabra técnica que en el fondo significa que ya no importa tanto producir pan, casas o medicinas, sino mover dinero para que el dinero haga más dinero. Los bancos ganan más con tus deudas que con tus depósitos. Los fondos de inversión compran edificios enteros no para alquilarlos, sino para especular. Las empresas prefieren comprar sus propias acciones que invertir en salarios dignos. Todo se convierte en activo. Hasta tu futuro: tus estudios, tu pensión, tu hipoteca.

Y mientras eso ocurre arriba, abajo la gente se desmorona. No es casualidad que haya tantos “zombies” en las calles —gente perdida en opioides, sin techo, sin red—. No son flojos ni vagos. Son los descartados de un sistema que ya no los necesita, porque su valor no está en su trabajo, sino en su capacidad de endeudarse.

Claro, también hay que ser honestos: el socialismo real tuvo sus propios fracasos, sus silencios, sus errores. Pero eso no justifica seguir repitiendo que el modelo actual es el único posible, ni usar a EE.UU. como vitrina cuando sabemos que su “éxito” está construido sobre guerras, saqueos y una desigualdad que ya no puede ocultarse.

La verdadera libertad no es poder comprar lo que quieras. Es tener techo, comida, salud, educación, y tiempo para vivir sin miedo. Y esa libertad no se construye imitando paraísos falsos, sino enfrentando nuestras propias realidades con coraje y solidaridad.

Así que basta de fingir. Basta de mostrar solo lo que conviene. Si queremos otro mundo, empecemos por mirar el que tenemos con los ojos bien abiertos —sin ilusiones, pero tampoco sin esperanza.

Alejandro Palma
alexpalma23