Las cosas

Las cosas

“Lo escribiría Francisco Cervantes en su poema Ni orgulloso ni humilde: ‘Dame, Señor, piedad para mí mismo / Y que mi obra te responda’”....Tomado de https://morfemacero.com/

Ta Megala

Para Carmen Castellote

Denken ist Danken. “Pensar es agradecer”. El mantra pietista del siglo XVIII, tomado por Heidegger como divisa intelectual, gana sentido y densidad mientras el tiempo avanza. Todo acto de gratitud contiene un asombro luminoso ante el campo semántico inagotable que llamamos realidad. Hoy muy pocos agradecen porque muy pocos piensan más allá de los cálculos egoístas del interés personal. Agradecer es un acto impersonal que cifra lo sagrado. Y pensar es un acto de asombro ante lo insondable. Un mirar de nuevo lo que sin verse ya se vio. 

La vejez es aprender a ir dejando de ser. Soltar el ego, hipótesis inútil, disolver el yo. No todos lo logran, ni siquiera se lo plantean. Mientras más viejo más libre, mientras más libre más radical, dice una fórmula. Radical es volver a la raíz. Pequeñas verdades que se aprenden con el tiempo, cuando cada vez queda menos tiempo: los otros son otros, los otros son distintos. Camino de obviedades cuya revelación es un esclarecimiento. Los otros son iguales a uno: sufren, tienen miedo, se acongojan. 

Una frase griega sirve de lema a Harold Bloom para sintetizar toda su teoría literaria: “agonística como estética”. El postulado central es la angustia de las influencias como un elemento determinante de la escritura. Debe agonizarse (agón significa esfuerzo máximo) en el empeño de conseguir una voz propia, obtener aquella transformación casi mortal que supone el alcance de la originalidad, de una expresividad nutrida en lo que se ha recibido, con lo que se ha vivido, desde lo que se ha leído.

“Lo vi vivir y lo miré morir. Viví con él y fallecí al mismo tiempo. Amé a aquella su dama multiplicada por los ojos amorosos de su amante y la contemplé tan bella como él la miraba. Hablé con el labrador a quien así convertí en escudero. Monté mi cabalgadura y regresé a mi modesto castillo. Luego volví a salir para correr aventuras indispensables. Supe de razones porque al decirlas yo mismo las escuchaba. Y oí la lección de su loca sabiduría, admiré en su honor el mío y me conduje por la vida guiado de su mano. Me enseñó que hay dos sus maneras de hermosura, la del alma y la del cuerpo, la primera posible en cuerpo feo y repetí para aprenderlo que todo estaba en el entendimiento, la honestidad, el proceder bueno, la liberalidad justa y la crianza correcta. Fui valiente y humilde y fiero. Luego bajé al infierno y después subí al cielo. Ahora soy uno con él, mi propio señor y mi dueño. Mi sueño diurno. Mi imposible sueño”. Oración laica por el Quijote.

Cuatro normas deben seguirse a partir de cierto momento. Son votos, reglas, propósitos budistas. Su sola enunciación es el umbral de su cumplimiento, o cuando menos de la aceptación de su pendiente, un recordatorio del hacer. El hombre de conocimiento le dijo al aprendiz: eres como eres porque te dices a ti mismo que así eres. Quedó implícita la continuación pedagógica: serías distinto si tu decirte a ti mismo cambiara. Las palabras son el comienzo de la acción. Una pre-voluntad. 1) No esperar nada. Vendrá lo que tenga que venir. Este realismo fenomenológico abarca dejar la expectativa sentimental sobre los demás y su conducta, así como la desilusionante ilusión sobre lo real. 2) Adaptarse a las circunstancias. Lo existente es maestro de lo efímero. Lo real, un fluido ininterrumpido en constante movimiento. Por eso advierte el poeta: mira la luna, puede ser última. La sabiduría es un acto de ligereza, de levedad. Soltar el lastre, el peso muerto de la armadura de carácter, la rigidez del lenguaje inerte, de las metáforas muertas, de la repetibilidad. 3) Aceptar la injusticia. Cede y permanecerás intacto, enseña el Tao. Es un paso lateral, de autodominio y superioridad. Hay límites, pero siempre son de un orden mayor. 4) Seguir el dharma. La práctica, aquel tesón del clavo enmohecido que aún viejo y ruin vuelve a ser clavo, según Almafuerte. La perseverancia, el diario hacer. Estos cuatro votos se adecuan a cinco circunstancias que uno debe aceptar: mi naturaleza es envejecer; mi naturaleza es enfermar; mi naturaleza es morir; la naturaleza de todo y de todos es la impermanencia, la no duración; vine al mundo con las manos vacías y así me iré, sólo soy dueño de mis acciones, son el suelo que piso, el sendero que transito, el camino donde voy. La magia de esta sapiencia descansa en la diaria repetición.  

Estar en la tradición, volver a donde alguna vez estuvimos, vivir en ella y desde ella. Una sociedad es “tradicional”, dice el barón Julius Evola en sus orientaciones existenciales para estos días turbulentos, terminales, para esta nuestra época en disolución, cuando está regida por principios que trascienden aquello que es tan solo humano e individual, cuando cada dominio propio es formado y ordenado desde lo alto y hacia lo alto. Son muy pocos quienes hoy se amparan en esa identidad o constancia esenciales. Sucede, en cambio, lo contrario. “El desierto crece. ¡Ay de aquel que esconde el desierto en sí mismo!”. La advertencia de Nietzsche es una profecía autocumplida. El nihilismo significa la tierra yerma de cada cual. 

Quienes resisten, los que están de pie entre las ruinas, hablan de otras cosas. De una ecología sagrada, por ejemplo. Siguiendo la idea de la ecología profunda del filósofo noruego Arne Naess, pensadores euroasiáticos como Duguina entienden la necesidad de construir una filosofía ecológica más allá del contexto capitalista y la ecología superficial del liberalismo que ve la naturaleza como un “recurso” y se asigna como tarea primordial extraer el máximo beneficio de sus bienes finitos. Conservarla (“ecología sustentable”, le llaman) sólo es necesario para que produzca más “recursos”. El antropocentrismo y el enfoque capitalista destruyen el mundo como un todo integral. “La ecología sólida nos llama a ir más allá del antropocentrismo moderno hacia el desarrollo de una sabiduría de la coexistencia mutua de la humanidad y el cosmos”, escribe Alain de Benoist. Este reconocimiento de una “trascendencia inmanente” asume a la naturaleza como un socio ahora y un origen siempre y no como un adversario o menos como un objeto. Lo han sabido siempre los pueblos primigenios. 

El inferus privador de la modernidad es un mundo al revés. Antes del Renacimiento, la autoría de la obra no era prioritaria. Una de las primeras firmas conocidas en Occidente está en Chartres. Es aquella pieza labrada que tímidamente dice: “Esta piedra la hizo Juan”. Hasta la hipertrofia del yo sucedida desde la Ilustración, en el arte importaba el proceso y no la personalización del resultado. La escritura, un arte alquímico, se cumplía en su mero hacer. El aprendiz no existía por sí mismo sino en tanto se entregaba a esa sustancia siempre transpersonal, así se crea propia. No es el yo quien escribe —el que alcanza la expresión y va más allá de la alusión, aquello que ilumina zonas del ser antes desconocidas— sino la escritura a través no de quien se cree artífice siendo solamente mediador. No es la persona (término cuyo significado inicial era “máscara”) quien actúa sino lo sagrado en ella (“una inteligencia impersonal, vasta, misteriosa”, “esa huella de lo absoluto”, según define Frithjof Schuon). Así, la lengua habla a través de y no gracias a. ¿Por qué entonces la ansiedad, la compulsión por el reconocimiento? ¿La búsqueda mafiosa de los premios? ¿Y la frustración al no tenerlos? Dos tipos de escritores, de artistas hay: quienes saben que la propia tarea creativa, un don ajeno que viene de otro lugar, es la retribución en sí misma, el alcance y el mérito obtenidos; o bien quienes instrumentan su realización. Para los primeros la capacidad creativa es orgánica, para los segundos es un artificio, una mera mecanicidad.

Según decía Ludwig Wittgenstein, en el cuento “Los tres staretzi” de León Tolstoi se ilustran los problemas filosóficos en toda su profundidad. El obispo de Árcangel, navegando hacia el monasterio de Solovski, supo de tres ermitaños que vivían aislados en una pequeña isla. Decidió hacerles una visita pastoral y encontró a tres renunciantes ya viejos que lo esperaban tomados de la mano. Preguntó por sus prácticas piadosas y sus oraciones. Nuestra oración es esta, le dijeron: “Tú eres tres, nosotros somos tres. Concédenos tu gracia”. El arzobispo pasó toda la tarde con ellos enseñándoles el padrenuestro. Al caer la noche se despidió y volvió en la barca que lo había llevado al islote. Pensaba en la dicha de los humildes ermitaños al aprender la plegaria correcta cuando en la oscuridad advirtió que los tres corrían sobre el mar hacia él tomados de la mano. Habían olvidado ya el padrenuestro y le pedían que se los enseñara otra vez. El arzobispo se persignó y dijo, inclinándose ante ellos: “Vuestra oración llegará igualmente al Señor, santos staretzi. No soy yo quien debe enseñaros. ¡Rogad por nosotros, pobres pecadores!”. Los ermitaños permanecieron un instante inmóviles, después se alejaron sobre el mar. “Y hasta el alba —concluye el cuento— se vio un gran resplandor del lado por donde habían desaparecido”.

Lo escribiría Francisco Cervantes en su poema Ni orgulloso ni humilde: “Dame, Señor, piedad para mí mismo / Y que mi obra te responda”.

Sólo decir por decir. Las palabras flotan… Pasa el tiempo, huye la vida, dice el poeta. Yo digo igual… El lugar en el que soy posible ¿es aquí?.. Las gotas de lluvia caen por la tarde. Son mansas, constantes… Anoche vi un camino místico. La luna llena iluminaba un sendero. Encima de ella brillaban, uno sobre otro, en conjunción perfecta, Marte y Urano. Quise seguirlo, no lo hice.

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