octubre 25, 2022

Las COPs se pervierten: el patrocinio de Coca-Cola de la Cumbre de Egipto – Luis Tamayo Pérez

Este mes han ocurrido dos eventos que atañen directamente al futuro de la humanidad.

El primero es muy positivo. Hace pocas semanas fue publicado el libro Earth for All (New Society Publishers, Canadá, 2022), firmado por Sandrine Dixson-Declève, Owen Gaffney, Jayati Ghosh, Jorgen Randers, Johan Rockström y Per Espen Stoknes. El libro fue producido por la organización Earth4All, la cual deriva del Club de Roma –los científicos que, dirigidos por Dennis y Donella Meadows, publicaron en 1972 el profético estudio Limits to Growth—, y es un ensayo contundente y muy bien documentado. En sus páginas demuestra de una manera más que razonable la necesidad de realizar un rápido cambio de modelo económico-político, un “gran salto” hacia la sostenibilidad:

“El modelo [elaborado por los integrantes de Earth4All] muestra que para lograr el gran salto (The Giant Leap) las sociedades tendrían que adoptar medidas inmediatas y sin precedentes a través de cinco cambios interconectados:

  • Terminar con la pobreza mediante una reforma del sistema financiero internacional que saque de esta condición a 3 o 4 mil millones de personas;
  • Abordar la desigualdad flagrante, asegurando que el 10 % más rico no se lleve más del 40 % de los ingresos nacionales;
  • Empoderar a las mujeres para lograr la plena equidad de género en 2050;
  • Transformar el sistema alimentario y proporcionar dietas saludables para las personas y el planeta;
  • Realizar una transición a la energía limpia para alcanzar cero emisiones netas en el 2050 (Earth4All, 2022).

Earth for All es un libro que, así lo espero, revisarán buena parte de los ciudadanos y tomadores de decisiones, lo cual, quizás, nos permita vislumbrar un mejor futuro para todos.

El segundo evento referido al principio es descorazonador, casi vergonzoso: la Cumbre de las partes de las Naciones Unidas (COP 27) —a realizarse en noviembre próximo en Egipto— tendrá como principal patrocinador a una de las empresas más contaminantes de toda la historia de la humanidad: The Coca-Cola Company (en México, Coca-Cola FEMSA).

Tal y como indicamos en un estudio previo (El crimen perfecto. De cómo el Alien corporativo nos ha hecho víctimas y cómplices de la devastación de la tierra, México: Nandela, 2021), en el cártel de las empresas embotelladoras dedicadas a apoderarse del agua del mundo se encuentran Coca-Cola, PepsiCo, Danone y Nestlé, por sólo mencionar a las principales del ramo. Su objetivo, tal y como informó Tony Clarke (2007)[1], es muy simple: imponer la idea de que la única agua potable segura es la que ellos expenden en sus botellas.

Gracias a concesiones obtenidas de gobiernos corruptos, tales corporaciones obtienen gratuita, o muy barata, el agua extraída del subsuelo y, después de embotellarla en las muy contaminantes botellas de PET[2], la venden con rangos de ganancia exorbitantes.

Sabemos bien que el PET (polietileno tereftalato) libera compuestos químicos como el cancerígeno DEHA (dietilhidroxilamina), o el BBP (butilbencilftalato), ambos disruptores hormonales. El Journal of Environmental Monitoring informó que en algunas botellas de PET se encontró antimonio, un metal que es irritante para los ojos, piel y pulmones.

Además, por su porosidad, el plástico puede contaminarse con bacterias si se usa muchas veces. Sabemos también que la venta de agua embotellada es una magnífica inversión. En los Estados Unidos, en promedio, un litro de agua es vendido por las corporaciones embotelladoras a 2 dólares. Si la misma botella se llenase con agua del grifo costaría 0.0005 dólares. Y, además, la diferencia en la calidad del agua entre ellas es prácticamente nula. Asimismo, en los Estados Unidos se gastan 10,000 millones de dólares al año en agua embotellada y se tiran a la basura 22,000 millones de botellas de plástico. En México el problema no es menor: las 90 empresas mexicanas que producen envases de PET producen 738,000 toneladas de envases al año, y el crecimiento de la demanda anual es de 13 %. En México, el consumo de PET alcanza los 7.2 kilogramos por persona al año (una tonelada contiene, aproximadamente, 2,000 botellas de PET de 50 gramos). Y sus residuos representan cerca del 30 % de los residuos sólidos generados mundialmente[3].

Las corporaciones refresqueras, en resumen, cubren el mundo con unas botellas de plástico que contribuyen, de manera muy importante, a la generación de las Gyre (o islas del plástico) existentes en el mar, pues sólo en los Estados Unidos se tiran 22,000 millones de botellas de agua al año[4].

No sólo es el plástico

Pero Coca-Cola no sólo daña a la Tierra con sus plásticos, también es una corporación que lleva decenios depredando los acuíferos de buena parte del mundo. Tal y como informó Gonzalo Flores Mondragón en su estudio Coca-Cola FEMSA contra México y América Latina (2009), el 60 % de todas las concesiones de agua del país para el envasado de agua, hielo, cervezas y jugos fue para las cinco grandes trasnacionales que operan en México: Coca-Cola FEMSA, PepsiCo, Modelo, Danone y Nestlé, las cuales, con engaños, se apropian del agua de las comunidades campesinas de nuestro país:

El crecimiento económico de FEMSA [Coca Cola] depende fundamentalmente de la apropiación ilícita de agua que hace sobre los recursos hidrológicos de México, con el apoyo y complicidad del gobierno federal […] El crecimiento que ha experimentado esta empresa se debe, en realidad, a una política diseñada y aplicada desde el gobierno federal, que le permite disfrutar de una serie de privilegios y prebendas para acceder a recursos económicos necesarios para su proceso de producción, como el agua, sin pagar su costo real o, incluso, sin asumir las externalidades ambientales que su actividad genera[5].

En concordancia con lo anterior, el Dr. Octavio Rosaslanda Ramos, profesor-investigador de la Facultad de Economía de la UNAM y miembro del Grupo ETC, indicó que “durante el gobierno de Vicente Fox [antes director de Coca-Cola México] se le concedió a Coca-Cola uso casi irrestricto del recurso”[6]. Y ese trato inequitativo ha ocasionado no sólo la expansión de tal empresa en toda la nación (en algunas comunidades mexicanas es mucho más fácil conseguir uno de sus refrescos azucarados que agua potable en el grifo), sino la explotación desmesurada, por parte de esa y otras refresqueras, de las principales cuencas hídricas de México. Finalmente, si a esto añadimos que en una muy buena parte del país las concesiones de los pozos de agua se entregan de manera muy poco transparente y, sobre todo, sin basarse en estudios serios y bien fundamentados acerca del nivel de los acuíferos en los que se establecen, podemos darnos cuenta de que, respecto al líquido vital, México flota en una bomba de tiempo. Y muchas otras naciones del orbe también[7].

Presa La Boca en Nuevo León prácticamente seca

Epílogo

No sobra señalar, finalmente, que las corporaciones refresqueras —Coca-Cola incluida— son indirectamente responsables de la enfermedad y la obesidad mundial, pues las enormes cantidades de azúcar que depositan en sus productos —claves para la adictividad de sus refrescos— ocasionan que sus consumidores enfermen de diabetes, hipertensión y problemas cardiovasculares. México es el segundo país con mayor obesidad del mundo y el primer consumidor de bebidas azucaradas. Esa correlación ha sido referida en múltiples ocasiones por las autoridades de salud.

En resumen, en México y el mundo, la corporación trasnacional que ahora patrocina la principal cumbre de la ONU encargada de proteger a la humanidad de los efectos del cambio ambiental global es aquella que se ha apropiado de los acuíferos de la Tierra. Tal corporación, asimismo, compra gobiernos y paga cantidades ridículas por sus concesiones —dejando sin agua a campesinos y comunidades enteras—, contamina el agua con azúcar, enfermando a sus consumidores, la envasa en contaminantes botellitas de plástico y, finalmente, la revende a esos mismos pueblos a precios exorbitantes.

Al hacerse patrocinadora principal de la COP 27, Coca-Cola pretende engañarnos a todos y hacerse pasar como una “empresa ambientalmente responsable” (greenwhashing), cuando todos sabemos que no ha sido nunca así. Al hacerlo, además, protege sus intereses y planes de negocio, pues nadie critica a sus patrocinadores. Sabemos bien que en un evento es el patrocinador el que dicta la agenda.

En consecuencia, no podemos sino darnos cuenta de que no podremos esperar mucho de la COP de Egipto… mientras tanto, silenciosa y ominosamente, el Gran Colapso Civilizatorio se aproxima.

Cuernavaca, Morelos, 23 de octubre de 2022.


[1] Clarke, T. (2007). Inside the Bottle: An Expose of the Bottled Water Industry. Canadá: Canadian Centre for Policy Alternatives.

[2] CUAED, UNAM, 2020: http://cuaed.unam.mx/espanol_media/comprension_de_textos/txt_argumentativo/objetos/lectura_1.pdf

[3] Barlow, 2001.

[4] CUAED, UNAM, 2020, Op. Cit.

[5] Flores Mondragón, G. (2009). Coca-Cola FEMSA contra México y América Latina, pp. 12 y 36.

[6] Entrevistado en el documental Oro azul. La guerra del agua: https://www.youtube.com/watch?v=Sp_WOc5aiGo

[7] Valga recordar lo que pasa en Colombia, donde, una quinta parte de su territorio (22 millones de hectáreas, de las cuales una parte es de áreas naturales protegidas) está concesionada a empresas mineras que han ocasionado que la mayor parte de los ríos del país estén contaminados con cianuro, arsénico y mercurio. Cuando el pueblo colombiano se opuso al establecimiento de una explotación minera en un área natural protegida, la corte constitucional de Colombia sentenció en febrero de 2016 protegiendo los páramos (Expediente D-10864. Sentencia C-035/16 a cargo de la O.P. Gloria Stella Ortiz Delgado, de la Corte Constitucional de Colombia). En respuesta, los inversores de la Tobie Mining and Energy de Estados Unidos presentaron una demanda contra el gobierno de Colombia ante la ONU, apelando a las leyes internacionales de comercio, por un monto leonino de 16,500 millones de dólares.

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Last modified: 25 octubre, 2022Tomado de https://lalupa.mx/