La urna de Freud

La urna de Freud

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Ladrones desconocidos trataron de robar el jarrón griego del siglo IV a. C. decorado con la imagen de Dioniso, dios del vino en esa representación, que guarda las cenizas de Sigmund Freud y su esposa Martha en un crematorio londinense donde también reposan las cenizas de Bram Stoker, autor de Drácula, y las de la cantante Amy Winehouse.

       Hipótesis A: lo intentó un miembro de la secta Padre Freud, necesitado de las cenizas del padre fundador y su esposa (¿cómo separar unas de otras?) para llevar a cabo ritos de comunión con ellas. Tal vez no con el deseo de obtener una cura —el psicoanálisis es parte de esa misma enfermedad que pretende curar— sino para lograr un abrazamiento rotundo de la neurosis personal, para tenerla en explicación.

       El problema es el ego que está invocado para llevar a cabo tal autoexploración de una sola y limitada dimensión de la conciencia: yo. Ese yo lo ha construido la modernidad y no es el estado más amplio, el ámbito más lúcido de la conciencia ni el más moral de la persona. Existen otras zonas de la mente cuando nos omitimos a nosotros mismos. En ellas se mantiene la observación antes que el juicio, la intuición antes que la razón y un comportamiento ético hacia los otros y lo otro: la comprensión.

       Elaborar el patrón explicativo de uno mismo desde la mitografía freudiana, hecha de arbitrarias tragedias edípicas, de pulsiones biológicas y sótanos de la razón, de deseos inconfesables, de transferencias y contratransferencias (el psicoanálisis es una ideología de la sospecha: las cosas ocultan siempre otros contenidos latentes y sólo los iniciados, los mismos sicoanalistas, pueden nombrarlos y darles explicación), sería una acción circular, autorreferencial, mecánica. Inútil, en suma.

       Karl Kraus fue contemporáneo de Freud y su vecino en Viena durante las primeras décadas del siglo pasado. Y detestó sus teorías. Le parecieron equivocadas, parciales, un arbitrario sistema ensayístico que tenía que creerse e instalarse en la conciencia como una entidad autónoma que se apoderará del ego, quien es su protagonista y también su esclavo. Lo único que se quema en el infierno es el yo.

       Hipótesis B: el intento de robo que dañó seriamente el jarrón griego, parte de los 2,000 objetos antiguos que Freud tenía en su casa londinense, respondió al interés de un coleccionista por la pieza, valorada aún más por las ilustres cenizas que guardaba. Esta variante es dudosa por el violento y malogrado intento de robo, que no parecería provenir de profesionales.

       El fetiche del objeto como móvil. Su ilustre propietario, aunque no contara para el robo de la urna, sí contaba, y el coleccionista no quería la posesión de la pieza por ella misma sino para, sin saberlo, poseer el hálito de su dueño original.  

       Hipótesis C: los agresores no tenían idea de lo que hacían. Fue casualidad. Pero para el sistema freudiano la casualidad no existe. Su alcance simbólico no llega a las mezclas alquímicas y orientales de Jung, otro adepto temprano que rompió con Freud, aunque si en la razón de la conciencia actúan razones que se ignoran, profanar la urna del fundador del psicoanálisis debe tener otros significantes y significados: valores simbólicos de los actos fallidos.

       Hipótesis D: la circunstancia de que Bram Stoker reposa en una cripta cercana, porque resulta posible la existencia de un devoto lector del escritor de Drácula decidido a evitar influencias contaminantes en las cenizas del autor de culto. Sería la vecindad de Freud un tóxico para la imaginación soberana del novelista irlandés.

       Entre los desmanes que se le reclaman al psicoanálisis está la apertura de las coladeras de la conciencia y la clausura de la conexión con la supraconciencia, asumida por esa doctrina como una histeria. Algunos se preguntan quién invistió a Freud de la autoridad para iniciar a otros en un develamiento inventado sólo por él. Y ven al psicoanálisis como un sistema ahistórico de pensamiento debido, sobre todo, al trauma infligido por la historia a su fundador, un judío perseguido.

       Hipótesis E: el autor del atentado fue un crítico del epígrafe usado por Freud de la Eneida de Virgilio: Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo [Si no puedo conciliar a los dioses celestiales, moveré a los del infierno (el río Aqueronte)], en La interpretación de los sueños. Alguno que quiso cobrar venganza pues esos dioses infernales invocados habrían dado lugar a la descomposición de la época consagrando el principio del placer como el fin último y la razón de ser de las personas. El materialismo narcisista posmoderno del sujeto que se ahoga en sí mismo estaría originado ahí.   

       El jarrón de Dionisos le fue regalado a Freud por su amiga y alumna, la princesa María Bonaparte, quien en 1938 lo ayudaría a escapar de la Viena nazi hacia Londres junto con su esposa e hija. 

         Las cinco hipótesis del intento de robo contienen una condena, tácita o manifiesta, contra la deificación del yo.

Tomado de https://morfemacero.com/

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Ladrones desconocidos trataron de robar el jarrón griego del siglo IV a. C. decorado con la imagen de Dioniso, dios del vino en esa representación, que guarda las cenizas de Sigmund Freud y su esposa Martha en un crematorio londinense donde también reposan las cenizas de Bram Stoker, autor de Drácula, y las de la cantante Amy Winehouse.

       Hipótesis A: lo intentó un miembro de la secta Padre Freud, necesitado de las cenizas del padre fundador y su esposa (¿cómo separar unas de otras?) para llevar a cabo ritos de comunión con ellas. Tal vez no con el deseo de obtener una cura —el psicoanálisis es parte de esa misma enfermedad que pretende curar— sino para lograr un abrazamiento rotundo de la neurosis personal, para tenerla en explicación.

       El problema es el ego que está invocado para llevar a cabo tal autoexploración de una sola y limitada dimensión de la conciencia: yo. Ese yo lo ha construido la modernidad y no es el estado más amplio, el ámbito más lúcido de la conciencia ni el más moral de la persona. Existen otras zonas de la mente cuando nos omitimos a nosotros mismos. En ellas se mantiene la observación antes que el juicio, la intuición antes que la razón y un comportamiento ético hacia los otros y lo otro: la comprensión.

       Elaborar el patrón explicativo de uno mismo desde la mitografía freudiana, hecha de arbitrarias tragedias edípicas, de pulsiones biológicas y sótanos de la razón, de deseos inconfesables, de transferencias y contratransferencias (el psicoanálisis es una ideología de la sospecha: las cosas ocultan siempre otros contenidos latentes y sólo los iniciados, los mismos sicoanalistas, pueden nombrarlos y darles explicación), sería una acción circular, autorreferencial, mecánica. Inútil, en suma.

       Karl Kraus fue contemporáneo de Freud y su vecino en Viena durante las primeras décadas del siglo pasado. Y detestó sus teorías. Le parecieron equivocadas, parciales, un arbitrario sistema ensayístico que tenía que creerse e instalarse en la conciencia como una entidad autónoma que se apoderará del ego, quien es su protagonista y también su esclavo. Lo único que se quema en el infierno es el yo.

       Hipótesis B: el intento de robo que dañó seriamente el jarrón griego, parte de los 2,000 objetos antiguos que Freud tenía en su casa londinense, respondió al interés de un coleccionista por la pieza, valorada aún más por las ilustres cenizas que guardaba. Esta variante es dudosa por el violento y malogrado intento de robo, que no parecería provenir de profesionales.

       El fetiche del objeto como móvil. Su ilustre propietario, aunque no contara para el robo de la urna, sí contaba, y el coleccionista no quería la posesión de la pieza por ella misma sino para, sin saberlo, poseer el hálito de su dueño original.  

       Hipótesis C: los agresores no tenían idea de lo que hacían. Fue casualidad. Pero para el sistema freudiano la casualidad no existe. Su alcance simbólico no llega a las mezclas alquímicas y orientales de Jung, otro adepto temprano que rompió con Freud, aunque si en la razón de la conciencia actúan razones que se ignoran, profanar la urna del fundador del psicoanálisis debe tener otros significantes y significados: valores simbólicos de los actos fallidos.

       Hipótesis D: la circunstancia de que Bram Stoker reposa en una cripta cercana, porque resulta posible la existencia de un devoto lector del escritor de Drácula decidido a evitar influencias contaminantes en las cenizas del autor de culto. Sería la vecindad de Freud un tóxico para la imaginación soberana del novelista irlandés.

       Entre los desmanes que se le reclaman al psicoanálisis está la apertura de las coladeras de la conciencia y la clausura de la conexión con la supraconciencia, asumida por esa doctrina como una histeria. Algunos se preguntan quién invistió a Freud de la autoridad para iniciar a otros en un develamiento inventado sólo por él. Y ven al psicoanálisis como un sistema ahistórico de pensamiento debido, sobre todo, al trauma infligido por la historia a su fundador, un judío perseguido.

       Hipótesis E: el autor del atentado fue un crítico del epígrafe usado por Freud de la Eneida de Virgilio: Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo [Si no puedo conciliar a los dioses celestiales, moveré a los del infierno (el río Aqueronte)], en La interpretación de los sueños. Alguno que quiso cobrar venganza pues esos dioses infernales invocados habrían dado lugar a la descomposición de la época consagrando el principio del placer como el fin último y la razón de ser de las personas. El materialismo narcisista posmoderno del sujeto que se ahoga en sí mismo estaría originado ahí.   

       El jarrón de Dionisos le fue regalado a Freud por su amiga y alumna, la princesa María Bonaparte, quien en 1938 lo ayudaría a escapar de la Viena nazi hacia Londres junto con su esposa e hija. 

         Las cinco hipótesis del intento de robo contienen una condena, tácita o manifiesta, contra la deificación del yo.

Tomado de https://morfemacero.com/