En el debate público actual, la palabra progreso se repite como un mantra. Se escucha en discursos oficiales, se imprime en planes de gobierno y se usa como argumento para descalificar cualquier política que anteponga la ética al cálculo económico. Pero si miramos con atención, bajo la luz del Humanismo Mexicano y las reflexiones de Antonio Gramsci, surge una pregunta incómoda: ¿Qué estamos sacrificando en nombre del crecimiento?
El “sentido común” como herramienta de poder
Durante décadas se nos ha enseñado que la economía es una ciencia exacta, ajena a la moral. Gramsci advertía que cuando una idea se convierte en “sentido común”, es porque los intereses de la clase dominante han logrado presentarse como naturales. Hoy, ese supuesto sentido común dicta que la disciplina fiscal importa más que la deuda social. Desde una visión humanista, esa es la gran mentira de nuestro tiempo: la verdadera economía no es la que equilibra cifras en un escritorio, sino la que garantiza bienestar en las regiones históricamente olvidadas. Un progreso que no se comparte no es progreso, es acumulación.
Técnica contra dignidad
Se repite con frecuencia que las políticas de bienestar son “costosas” o “ineficientes”. Ese análisis técnico omite un factor esencial: la justicia histórica. Ninguna política es neutra. O mantiene las brechas de desigualdad, o contribuye a cerrarlas. La tecnología, por ejemplo, puede ser una herramienta poderosa, pero si no se acompaña de democratización del conocimiento, solo ampliará la distancia entre quienes concentran el poder y quienes apenas sobreviven.
Hacia una nueva hegemonía humanista
El reto de México no es únicamente crecer, sino redefinir qué significa tener éxito. El Humanismo Mexicano propone un cambio de paradigma: el mercado debe estar al servicio del pueblo, no al revés. Esto implica:
- Valorar lo local sobre lo global, reconociendo los saberes comunitarios que la técnica suele ignorar.
- Invertir en salud y educación, entendiendo que cada peso destinado a ellas fortalece la soberanía.
- Adoptar una ética de la responsabilidad, midiendo los resultados no por el PIB, sino por la reducción de la pobreza multidimensional, especialmente en el sur y en las zonas rurales.
El progreso no es un destino automático ni una consecuencia de la “mano invisible”. Es una construcción política y cultural que exige voluntad. Si dejamos que el tecnicismo vacíe de contenido humano nuestras aspiraciones, corremos el riesgo de tener un país moderno en los papeles, pero fracturado en su esencia. Es momento de que la política recupere su lugar frente a la administración. Es momento de un progreso con rostro humano.
Por Alejandro Palma
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