agosto 13, 2021

La riqueza envenenada bajo la tierra de Guerrero

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El comisario Elí Sobrevilla lleva un colgante con su anillo de bodas y el cascabel de una serpiente a la que mató por superstición en mayo de este año, durante una temporada que define como “tiempos difíciles”. Para entender qué significa esa expresión en boca de un habitante de Xochipala hay que saber que la comunidad está en la sierra del Estado de Guerrero, justo en la entrada de una de las principales carreteras de la heroína de México, y que el humor popular llegó a rebautizarla como Xochibala.

Que hace unos años se publicó un vídeo en Facebook donde se veía a Isaac Navarrete, el jefe del Cartel de la Sierra, uno de los grupos criminales de la región, dirigiendo una reunión en la comisaría como si se tratara del alcalde. Los lugareños presentes en esa reunión —más de una decena, según testimonios— fueron secuestrados. Dos siguen desaparecidos. Y también hay que saber que, en la mañana del 4 de octubre de 2017, unos hombres armados llegaron en furgonetas a las fiestas patronales del pueblo y mataron a dos personas. San Francisco de Asís no tuvo quien lo celebrara durante los siguientes años.

“Lo que sufrimos fue una guerra por la ruta de la amapola porque aquí no había nada”, dice el comisario Sobrevilla. Históricamente, la comunidad se ha dedicado a la agricultura, la ganadería, la construcción, la recolección de chapulines y a migrar a Estados Unidos. Ahora, asegura, “se viene una por el oro”.

Es una mañana de junio de 2021 y la millonaria maquinaria de Equinox Gold, la multinacional canadiense que explota las tierras comunales de Xochipala, está parada en la cima del cerro de Guadalupe. El viento y la lluvia golpean la estructura de lámina en la que una decena de pobladores pasará la noche para hacer su turno en un paro que va a cumplir un mes. Es el segundo plantón de los habitantes desde que, en 2019, los 155 comuneros del pueblo firmaron un convenio de arrendamiento con la multinacional para que pudiera extraer oro de estas cincuenta hectáreas, que parecen mordidas por las fauces de un monstruo mitológico.

En el camino de dos horas desde el zócalo de la comunidad hasta la mina a cielo abierto, la mayor parte por terracería, los vehículos se cruzan con el agua color ocre que baja por una ladera cubierta de más de mil plantas a las que la tradición atribuye propiedades medicinales, los muros a medio construir en la zona de desagüe de la mina y los túneles con números y “X” pintadas en rojo que siguen el rastro brillante del oro. Jaime Bello, el comisariado de los bienes comunales de Xochipala, dice que el viento ha cambiado con la destrucción de los cerros y que las sequías son más largas. Cuando mira la deforestación, se lamenta de que las tierras nunca se recuperarán.

Vía | El País

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