abril 19, 2021

La revancha contra el ‘puto mundo’ de Kiko Amat: “Escribo por rencor”

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Literatura

BAJO REGISTRO

Sábado,
13
febrero
2021

01:57

Su última novela es una historia de violencia, odio y ‘skinheads’ entre el extrarradio más salvaje y el Camp Nou

«Esto no es Jamaica, esto es el Llobregat», cantaba Decibelios, aquella banda de punk-ska de los 80. Y es el grito que corean los pelaos de extrarradio tras una pelea de madrugada en Sant Boi (una revancha contra unos soldados que han abusado de una joven y que se salda con ambulancias y patrullas de policía). Ese Llobregat salvaje, con el río cochambroso, el aeropuerto, los puticlubs de carretera y los campings abandonados vuelve a ser el escenario de Kiko Amat en Revancha (Anagrama), una histo

ria de violencia, redención y skinheads.
Los Boixos Nois del Barça son aquí los Lokos, aunque el fútbol es lo de menos, sólo un telón de fondo, el paisaje de la Barcelona más radical de los 90. «

Los

skinheads

eran nuestro mito local de la adolescencia,

ocupaban las páginas de sucesos, todos conocíamos a alguno de los chungos. Esa subcultura de violencia de grada es mi folklore de monstruos, los maleantes que sustituyen al hombre del saco», cuenta Amat en una terraza del Eixample barcelonés, con las torres de la Sagrada Família de fondo. Dejó su Sant Boi natal a los 20 años, pero vuelve a la periferia una y otra vez en su literatura, al estilo descarnado de

Richard Price

o

Hubert Selby.

Los libros son su puñetazo en la mandíbula: «Hay un ansia de desquite. Es axiomático, epigráfico: escribo por rencor. Al contar determinada fealdad o chunguez aparece una belleza insospechada», dice. Y da un trago a su Vichy.
Sin caer en lo

gore, Revancha

duele: navajazos, peleas de bar, palizas de muerte, amputar dedos (ya en la primera escena), quitar un ojo que queda colgado de la órbita ocular… «El libro tiene muchas capas. Pero

la ultraviolencia va pegada la ternura

, aunque te hayan destruido aún queda una posibilidad para el amor. Los personajes no han entrado en una fase auténticamente psicopática, arrastran una tristeza terrible», matiza Amat. Sus malos no lo son del todo, cargan con traumas del pasado grabados a fuego sobre su piel, literalmente. Y su venganza de hoy se forjó siendo niños, adolescentes que no pudieron escoger.
«No hago fenomenología del movimiento

skinhead

. Cuento la historia de unos personajes y

su revancha irracional contra el puto mundo

. No es una novela de venganzas isabelinas. Mis personajes se rebelan contra su destino, su suerte, su barrio, su familia, su bagaje… Lo hacen de una forma instintiva, primaria: van a morder, a pegar dentelladas», señala Amat. Sus dos protagonistas son caras de una misma moneda: César, estrella del rugby adolescente que tras pasar por la cárcel se convierte en un lobo solitario, un sicario bueno que imparte su propia justicia, y Amador, uno de los capitanes de los Lokos,

un skinhead en toda regla aunque sea homosexual

y después del Camp Nou se desfogue en la Metro, un club gay. En la ficción de esos personajes extremos subyace el eco de un caso real: la primera muerte ultra del fútbol hace 30 años, cuando cinco Boixos se enfrentaron a dos Brigadas Azules (los ultras del Espanyol) y mataron a uno de ellos. Pero Amat lo reformula con el motivo más inesperado: los celos de Amador, secretamente enamorado de su líder skin, que le llevan a asestar el navajazo mortal.
Más que ideología neonazi o franquista (sí hay gritos de

Franco, Arriba España o Sieg Heil

), lo

skinhead

aparece como la moda del momento, una tribu urbana con sus códigos de vestimenta, conducta y jerga (un

slang

inventado por el escritor). «

La jerga pasa a la sangre.

Es la consecuencia natural de un grupo, de una pandilla que se comporta como una sociedad secreta», apunta Amat, que ha creado una oralidad propia para los Lokos.
Cuando la directiva del Barça adopta la política de tolerancia 0 y expulsa a los violentos de las gradas, esos

skinheads

cambian de formato: el de la mafia pura.

Y hacen del control de drogas su negocio. Algunos como Kamal, el argelino («tú no sabías que se pudiera ser neonazi y argelino. Viste que sí, aunque sabías que no», escribe), acabarán siendo jefes yihadistas 20 años después. «En los 90 el canal del odio era la violencia de grada de signo neonazi: pertenecer al grupo era un orgullo, da un sentido a lo que eres cuando crees que no eres nada. Luego todos se van para diferentes lados y muchos se pasan al crimen organizado. Cuando has cruzado varios Rubicones de maldad sólo hay un grado de separación», asegura. Y las escenas de violencia que sería más propias de Jamaica acaban ocurriendo en el Llobregat.

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