La mesura del alacrán

La mesura del alacrán

Colaboraciones

Una lectura del libro Saharasia de Nallely Guadalupe Tello Méndez

Jessica Santiago Guzmán

Se ha señalado que todo desierto fue, hace miles de años, un mar o un bosque rebosante de vida; se han encontrado fósiles y demás pruebas de que, en un tiempo muy muy lejano, ese aparente vacío estuvo poblado de agua. Hoy, con la premisa de estos desiertos que alguna vez fueron vida, asistimos al llamado de la poesía, porque ¿de qué otra manera nos explicamos nuestra existencia si no es por la palabra que llama y regenera y rememora? 

La imagen primera que me regala la lectura de este libro es, precisamente, la de un hogar que se desmorona, y hago hincapié en lo reflexivo del verbo: no es que el paso del tiempo haga estragos, más bien yo que soy mi casa —como dijo aquella undécima musa—, yo me desmorono. ¿Y qué ha sido antes nuestro pecho vacío si no un jardín donde se sembró el árbol más grande? ¿Qué es nuestro pecho vacío hoy día, si no las cenizas aún tibias de ese follaje? Y entonces me ha ganado, entonces este inicio me ha enraizado para el libro entero porque estos versos ya me han propuesto cómo leerlo.

La escritora argentina Alicia Genovese ha mencionado que hay poesía que juega con registros de un tono leve, mientras que hay otra que se acerca a lo grave y una más que roza lo opaco. En el caso de los poemas de Saharasia se lee cierta gravedad, opuesta a lo leve, y que es nombrada así “porque busca ir hacia abajo, cavar, desenterrar, seguir el mismo sentido que la fuerza de gravedad”. Es decir, en los poemas de este libro leemos un registro de arañas y alacranes, de ponzoña, mucha quietud y sigilo. Se lee también cierta crudeza, pero crudeza que ilumina, ese desasosiego con el que nos identificamos y que nos llena la amígdala. Como aquel de la p. 29 que inicia: “Ante el dolor, repito / los cuentos de infancia…” 

Me gusta pensar que soy una lectora que se lleva los versos de este libro de paseo, al trabajo, a la calle, al insomnio. Porto los poemas como objetos que se articulan con mi experiencia. Y es que la poesía que integra/proviene/mana de este libro, nos convoca también, de manera velada, a indagar en nuestro particular desierto, a preguntarnos dónde se ubica nuestra soledad más cruda. Mientras el primer golpe emocional que este libro nos da nos sitúa en el desierto que hemos visto, muy pronto se nos presenta cierto hastío, un cansancio de los días que nos hace arrastrar los pies: “Mi estufa es un despeñadero/ voy hacia ella sin voluntad…”, nos dice el sujeto del poema. Y así, surgen los poemas cortos como breve flama que poco a poco, mientras la atizamos con la mirada de nuestra lectura, se vuelve llamarada. Como dice en el poema de la p. 17: “¿Dónde está la espalda? ¿En qué lugar mi enemigo? Saharasia. / ¿Dónde empiezo a revocar mi desierto?”

Desde su primer libro, la poesía que Nallely Guadalupe Tello Méndez obsequia a quienes nos aventuramos en sus páginas, nos construye un hogar con delgados bloques de adobe. Cada poema juega a ser haikú, en la mínima presencia de poemas con seis, cinco o siete versos hay una manifestación final, una sentencia, que nos muestra el paisaje: hay una primavera, mar, pasto donde yace nuestro cuerpo. En el poema de la p. 43, “De tanto pisar flores”, termina: “No serán mis pasos los que aplasten la primavera”, mostrando brevemente una edificación que, aunque va en ascenso, regresa a la tierra de forma irremediable. 

La relación que la autora establece con las palabras es tan cordial que es muy fácil adoptar el duelo de la pequeña niña frente al tío muerto, la angustia de cuando se le habla a mamá para que vuelva, o la espera en la que nos sumimos “en el árbol más grande de esta casa”, mientras papá no vuelve.

Presenciar la llegada de un libro de poesía a este discurrir de días aciagos es una locura. Imaginar que aquí afuera existen seres para quienes se escribe, lo es aún más. Pero hoy agradecemos a Almácigo Ediciones la insistencia, la rebeldía y la locura que animan la concepción y manufactura de estos bellos objetos. Y cada uno de los poemas de Sharasia, por contrastante que parezca, llega como anuncio de cigarra, un canto que trae la lluvia.

1 Alicia Genovese en “IV. Lo leve, lo grave y lo opaco…”, en Leer poesía. Lo leve, lo grave y lo opaco. Argentina, FCE, 2011, p. 60.

Tomado de https://morfemacero.com/

Colaboraciones

Una lectura del libro Saharasia de Nallely Guadalupe Tello Méndez

Jessica Santiago Guzmán

Se ha señalado que todo desierto fue, hace miles de años, un mar o un bosque rebosante de vida; se han encontrado fósiles y demás pruebas de que, en un tiempo muy muy lejano, ese aparente vacío estuvo poblado de agua. Hoy, con la premisa de estos desiertos que alguna vez fueron vida, asistimos al llamado de la poesía, porque ¿de qué otra manera nos explicamos nuestra existencia si no es por la palabra que llama y regenera y rememora? 

La imagen primera que me regala la lectura de este libro es, precisamente, la de un hogar que se desmorona, y hago hincapié en lo reflexivo del verbo: no es que el paso del tiempo haga estragos, más bien yo que soy mi casa —como dijo aquella undécima musa—, yo me desmorono. ¿Y qué ha sido antes nuestro pecho vacío si no un jardín donde se sembró el árbol más grande? ¿Qué es nuestro pecho vacío hoy día, si no las cenizas aún tibias de ese follaje? Y entonces me ha ganado, entonces este inicio me ha enraizado para el libro entero porque estos versos ya me han propuesto cómo leerlo.

La escritora argentina Alicia Genovese ha mencionado que hay poesía que juega con registros de un tono leve, mientras que hay otra que se acerca a lo grave y una más que roza lo opaco. En el caso de los poemas de Saharasia se lee cierta gravedad, opuesta a lo leve, y que es nombrada así “porque busca ir hacia abajo, cavar, desenterrar, seguir el mismo sentido que la fuerza de gravedad”. Es decir, en los poemas de este libro leemos un registro de arañas y alacranes, de ponzoña, mucha quietud y sigilo. Se lee también cierta crudeza, pero crudeza que ilumina, ese desasosiego con el que nos identificamos y que nos llena la amígdala. Como aquel de la p. 29 que inicia: “Ante el dolor, repito / los cuentos de infancia…” 

Me gusta pensar que soy una lectora que se lleva los versos de este libro de paseo, al trabajo, a la calle, al insomnio. Porto los poemas como objetos que se articulan con mi experiencia. Y es que la poesía que integra/proviene/mana de este libro, nos convoca también, de manera velada, a indagar en nuestro particular desierto, a preguntarnos dónde se ubica nuestra soledad más cruda. Mientras el primer golpe emocional que este libro nos da nos sitúa en el desierto que hemos visto, muy pronto se nos presenta cierto hastío, un cansancio de los días que nos hace arrastrar los pies: “Mi estufa es un despeñadero/ voy hacia ella sin voluntad…”, nos dice el sujeto del poema. Y así, surgen los poemas cortos como breve flama que poco a poco, mientras la atizamos con la mirada de nuestra lectura, se vuelve llamarada. Como dice en el poema de la p. 17: “¿Dónde está la espalda? ¿En qué lugar mi enemigo? Saharasia. / ¿Dónde empiezo a revocar mi desierto?”

Desde su primer libro, la poesía que Nallely Guadalupe Tello Méndez obsequia a quienes nos aventuramos en sus páginas, nos construye un hogar con delgados bloques de adobe. Cada poema juega a ser haikú, en la mínima presencia de poemas con seis, cinco o siete versos hay una manifestación final, una sentencia, que nos muestra el paisaje: hay una primavera, mar, pasto donde yace nuestro cuerpo. En el poema de la p. 43, “De tanto pisar flores”, termina: “No serán mis pasos los que aplasten la primavera”, mostrando brevemente una edificación que, aunque va en ascenso, regresa a la tierra de forma irremediable. 

La relación que la autora establece con las palabras es tan cordial que es muy fácil adoptar el duelo de la pequeña niña frente al tío muerto, la angustia de cuando se le habla a mamá para que vuelva, o la espera en la que nos sumimos “en el árbol más grande de esta casa”, mientras papá no vuelve.

Presenciar la llegada de un libro de poesía a este discurrir de días aciagos es una locura. Imaginar que aquí afuera existen seres para quienes se escribe, lo es aún más. Pero hoy agradecemos a Almácigo Ediciones la insistencia, la rebeldía y la locura que animan la concepción y manufactura de estos bellos objetos. Y cada uno de los poemas de Sharasia, por contrastante que parezca, llega como anuncio de cigarra, un canto que trae la lluvia.

1 Alicia Genovese en “IV. Lo leve, lo grave y lo opaco…”, en Leer poesía. Lo leve, lo grave y lo opaco. Argentina, FCE, 2011, p. 60.

Tomado de https://morfemacero.com/